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martes, 3 de octubre de 2017

Placeres solitarios

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La saliva me cae por la barbilla mientras esbozo una sonrisa de euforia. Noto la humedad llegar hasta mi cuello, y a partir de ahí, unirse a los latidos de mi corazón revolucionado.

Ante mí, la gente pasa a toda velocidad, como en un circuito de fórmula uno. El humo borbota en el ambiente cada vez más denso y constantemente regenerado por las caladas de los cigarros liados.

Alguien se detiene ante mí y me dice algo. Sólo me quedo con el hedor a ron viejo de su voz. Otra persona se sienta violentamente en el sofá, junto a mí, entre carcajadas. Me imagino hundiéndome en el almohadón, directo al infierno, y que esas carcajadas son las risas del diablo. Diablo, buen amigo, dame una dosis más… a fuego lento.

Comienzo a desternillarme de risa. Es muy gracioso, hilarante; pero vosotros no lo entendéis. Mi compañero del sofá también se ríe, pero solo él sabe por qué. La música da un respiro entre canción y canción, lo cual me permite escuchar mejor la voz de mi acompañante. Creo que es una chica. Me giro para comprobarlo. Sí, es una chica, bonita chica, vestida únicamente con una falda negra y unos botines grises.

Sin pensarlo mucho, me inclinó hacia ella y comienzo a lamerle los pezones. Estoy salivando tanto que pronto sus pechos están inundados, hasta el punto que me ahogo en mi propia saliva. Levanto la cabeza y la miro a los ojos. Soy incapaz de atinar la forma de sus cuencas ovaladas; no las veo, y si lo hago, se me figuran agujeros negros que me devoran el alma. Cierro los párpados y me dejo arrastrar hasta la puerta de sus labios. Saben a alcohol, a marihuana y a saliva que no me pertenece. Incluso, su lengua juguetona me evoca el aroma del sexo femenino, húmedo y lubricado. La mía no es la primera concavidad que visita esta noche.

Aunque la chica besa con maestría, me canso rápidamente de sus besos insípidos. Necesito adrenalina, emociones, vacilación, espanto; algo que me ponga cachondo de verdad. Nada de cuerpitos cálidos tan vacíos de amor como de razón.

Me alzo del sofá donde he permanecido las últimas horas de la noche. Ni siquiera me despido de mi fugaz amante. Me encamino hacia el mueble bar sorteando a la gente que baila y se zarandea como péndulos atemporales. Al final, llego al mueble. Huelo, saboreo y engullo todas las botellas de licor, pero ningún sabor me resulta exquisito; mucho menos vivificante.

Me vuelvo hacia la pista de baile. Veo sombras y luces que danzan al son de un sonido funestamente irritante, como las campanas de un entierro. Perfiles de jóvenes amándose, tocándose, bebiéndose a sorbos entre carcajadas. Rock and roll al gusto de la marea. Pero las olas no me abrazan, no me acarician, ni siquiera las siento.

Comienzo a buscar entre la gente un aroma, un humo, un cigarrillo odorífero. Lo encuentro al final. Arranco una calada, aspiro, fumo y retengo. Lo siento dentro de mí expandiéndose en torno a mi alma. Pero no es suficiente, mucho menos emocionante. Sigo vacío, solo, desamparado e insensible, extraviado en placeres solitarios.

Empiezo a temblar de miedo. Tal vez haya perdido cualquier gusto por la vida y esté condenado al aburrimiento eterno. Solo se me ocurre una forma de descubrirlo.

Me dirijo con presteza al lavabo. El mármol pálido brilla amenazante. Pronto, unto su superficie con polvo de estrellas; nieve, azúcar, sal. Cuando el canuto está listo, lo coloco en mi nariz y aspiro con fuerza. Echo la cabeza hacia atrás, los ojos se me abren como platos y siento una enorme explosión en el interior de mi cuerpo. ¡Boom! ¡Boom! Y luego… de nuevo… vacío.

Me siento perdido, ni el alcohol ni la marihuana ni la cocaína; tampoco las mujeres. No siento placer por la vida, ni ímpetu para hacer o actuar. El tedio se abalanza sobre mí, acompañado de la indiferencia.

No lo soporto más. Abandono el recinto báquico y me extravío en la madrugada. Llueve ligeramente. Pienso que las gotas de agua me llenarán de vida al rozar mi rostro, pero las siento como un escupitajo.

Sigo capitaneando la espesura de la noche. Quiero que la oscuridad me succione, me convierta en una sombra, me haga desaparecer de un mundo que ha perdido cualquier tipo de interés para mí. Si muriese ahora, nadie me recordaría. Ni siquiera sentiría dolor por la muerte.

En ese instante, llego a un amplio soportal. Su interior está resguardado de la lluvia y el frío. Al fondo, vislumbro la figura de un vagabundo cobijado dentro del recinto. Está tendido en el suelo, dormido bajo un montón de cartones viejos.

Entonces, sonrío. Quizá haya encontrado al fin el placer por la vida.

Me pierdo en el interior del soportal y me acerco sigilosamente al vagabundo. Cuando llego a su altura, le observo como una madre mira a su hijo: con un intenso cariño. Estoy deseoso de ampararlo.

Amago una sonrisa y mi rostro se llena de crueldad.

Me abalanzo sobre el vagabundo como un lobo, como un cazador, como un loco que ha perdido la razón. Le propino un fuerte puñetazo mientras él se debate desde el suelo. Pero mi peso le ha inmovilizado y no tiene fuerzas para responder. Acerco las manos a su yugular, cierro los dedos alrededor de su cuello y aprieto… y aprieto con pasión, con lujuria, con descontrol.

Siento las sacudidas del orgasmo revolverme las entrañas. Se me pone dura y empiezo a sudar. Mi respiración se acelera. La de mi víctima desaparece poco a poco mientras yo me acerco al clímax. Tan agónico, tan exquisito.

Poco después, el vagabundo deja de forcejear. Cae lánguido, inerte, muerto. Yo sonrío, complacido y gozoso. He encontrado un nuevo placer en la vida, mucho más satisfactorio que el sexo, el rock and roll o las drogas.

Ahora, ya entiendo cómo se forman los asesinos.

Iraultza Askerria

jueves, 6 de noviembre de 2014

Placeres solitarios

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La saliva me cae por la barbilla mientras esbozo una sonrisa de euforia. Noto la humedad llegar hasta mi cuello, y a partir de ahí, unirse a los latidos de mi corazón revolucionado.


Ante mí, la gente pasa a toda velocidad, como en un circuito de fórmula uno. El humo borbota en el ambiente cada vez más denso y constantemente regenerado por las caladas de los cigarros liados.


Alguien se detiene ante mí y me dice algo. Sólo me quedo con el hedor a ron viejo de su voz. Otra persona se sienta violentamente en el sofá, junto a mí, entre carcajadas. Me imagino hundiéndome en el almohadón, directo al infierno, y que esas carcajadas son las risas del diablo. Diablo, buen amigo, dame una dosis más… a fuego lento.


Comienzo a desternillarme de risa. Es muy gracioso, hilarante; pero vosotros no lo entendéis. Mi compañero del sofá también se ríe, pero sólo él sabe por qué. La música da un respiro entre canción y canción; lo cual me permite escuchar mejor la voz de mi acompañante. Creo que es una chica. Me giro para comprobarlo. Sí, es una chica, bonita chica, vestida únicamente con una falda negra y unos botines grises.


Sin pensarlo mucho, me inclinó hacia ella y comienzo a lamerle los pezones. Estoy salivando tanto que pronto sus pechos están inundados; hasta el punto que me ahogo en mi propia saliva. Levanto la cabeza y la miro a los ojos. Soy incapaz de atinar la forma de sus cuencas ovaladas; no las veo, y si lo hago, se me figuran agujeros negros que me devoran el alma. Cierro los párpados y me dejo arrastrar hasta la puerta de sus labios. Saben a alcohol, a marihuana y a saliva que no me pertenece. Incluso, su lengua juguetona me evoca el aroma del sexo femenino, húmedo y lubricado. La mía no es la primera concavidad que visita esta noche.


Aunque la chica besa con maestría, me canso rápidamente de sus besos insípidos. Necesito adrenalina, emociones, vacilación, espanto; algo que me ponga cachondo de verdad. Nada de cuerpitos cálidos tan vacíos de amor como de razón.


Me alzo del sofá donde he permanecido las últimas horas de la noche. Ni siquiera me despido de mi fugaz amante. Me encamino hacia el mueble bar sorteando a la gente que baila y se zarandea como péndulos atemporales. Al final, llego al mueble. Huelo, saboreo y engullo todas las botellas de licor, pero ningún sabor me resulta exquisito; mucho menos vivificante.


Me vuelvo hacia la pista de baile. Veo sombras y luces que danzan al son de un sonido funestamente irritante, como las campanas de un entierro. Perfiles de jóvenes amándose, tocándose, bebiéndose a sorbos entre carcajadas. Rock and roll al gusto de la marea. Pero las olas no me abrazan, no me acarician, ni siquiera las siento.


Comienzo a buscar entre la gente un aroma, un humo, un cigarrillo odorífero. Lo encuentro al final. Arranco una calada, aspiro, fumo y retengo. Lo siento dentro de mí expandiéndose en torno a mi alma. Pero no es suficiente, mucho menos emocionante. Sigo vacío, solo, desamparado e insensible, extraviado en placeres solitarios.


Empiezo a temblar de miedo. Tal vez haya perdido cualquier gusto por la vida y esté condenado al aburrimiento eterno. Sólo se me ocurre una forma de descubrirlo.


Me dirijo con presteza al lavabo. El mármol pálido brilla amenazante. Pronto, unto su superficie con polvo de estrellas; nieve, azúcar, sal. Cuando el canuto está listo, lo coloco en mi nariz y aspiro con fuerza. Echo la cabeza hacia atrás, los ojos se me abren como platos y siento una enorme explosión en el interior de mi cuerpo. ¡Boom! ¡Boom! Y luego… de nuevo… vacío.


Me siento perdido, ni el alcohol ni la marihuana ni la cocaína; tampoco las mujeres. No siento placer por la vida, ni ímpetu para hacer o actuar. El tedio se abalanza sobre mí, acompañado de la indiferencia.


No lo soporto más. Abandono el recinto báquico y me extravío en la madrugada. Llueve ligeramente. Pienso que las gotas de agua me llenarán de vida al rozar mi rostro, pero las siento como un escupitajo.


Sigo capitaneando la espesura de la noche. Quiero que la oscuridad me succione, me convierta en una sombra, me haga desaparecer de un mundo que ha perdido cualquier tipo de interés para mí. Si muriese ahora, nadie me recordaría. Ni siquiera sentiría dolor por la muerte.


En ese instante, llego a un amplio soportal. Su interior está resguardado de la lluvia y el frío. Al fondo, vislumbro la figura de un vagabundo cobijado dentro del recinto. Está tendido en el suelo, dormido bajo un montón de cartones viejos.


Entonces, sonrío. Quizá haya encontrado al fin el placer por la vida.


Me pierdo en el interior del soportal y me acerco sigilosamente al vagabundo. Cuando llego a su altura, le observo como una madre mira a su hijo: con un intenso cariño. Estoy deseoso de ampararlo.


Amago una sonrisa y mi rostro se llena de crueldad.


Me abalanzo sobre el vagabundo como un lobo, como un cazador, como un loco que ha perdido la razón. Le propino un fuerte puñetazo mientras él se debate desde el suelo. Pero mi peso le ha inmovilizado y no tiene fuerzas para responder. Acerco las manos a su yugular, cierro los dedos alrededor de su cuello y aprieto… y aprieto con pasión, con lujuria, con descontrol.


Siento las sacudidas del orgasmo revolverme las entrañas. Se me pone dura y empiezo a sudar. Mi respiración se acelera. La de mi víctima desaparece poco a poco mientras yo me acerco al clímax. Tan agónico, tan exquisito.


Poco después, el vagabundo deja de forcejear. Cae lánguido, inerte, muerto. Yo sonrío, complacido y gozoso. He encontrado un nuevo placer en la vida, mucho más satisfactorio que el sexo, el rock and roll o las drogas.


Ahora, ya entiendo cómo se forman los asesinos.


Iraultza Askerria



jueves, 10 de julio de 2014

El bosque

Muir Woods National Monument - Héctor García

Circulando por aquella despoblada carretera, a varios kilómetros de la ciudad, la única huella de vida que podía encontrarse era la selva impenetrable y repelente que flanqueaba la autopista. Los árboles robustos, cual guardianes protegidos gracias al compacto apoyo de sus hermanos vegetales, resultaban gigantescas y apagadas antorchas clavadas en la tierra, cuyas cimas se zarandeaban como las llamas de una hoguera, bailando con resplandores pardos y verduscos. Los matorrales, barullos ilimitados de delgadas ramas, espinas rotas y raíces embarradas, tenían como corona la hojarasca que descendía de los árboles mayores, obteniendo un aspecto de ficticia solemnidad. Ya las flores sólo eran una ilusión pisoteada por el desapego y la tosquedad de los arbustos: nimias y polícromas gotas de vida extraviadas en un torbellino de agitaciones desinteresadas.


Así pues, el bosque ancestral, la selva inexplorada, aquella maraña de verdor casto perdía el atractivo que solía anteceder a las florestas tropicales y a las arboledas solitarias y románticas. El bosque era algo incivilizado, una muestra frecuente para la naturaleza, pero infrecuente para el ser humano.


Aquel bosque, al fin y a la postre, erigía una de las pocas barreras que la mujer y el hombre aún no había traspasado.




Extracto de Sexo, drogas y violencia , de Iraultza Askerria


jueves, 5 de junio de 2014

Una idea excitante


Kumbia Queers - Montecruz Foto A nadie en toda la estancia le importaba la audición del guitarrista, con excepción de a Eva, la cual se había hecho con la idea de acostarse con él, una idea que se acrecentaba con cada mirada. No le quitaba el ojo de encima, y no se lo quitaría mientras el cuerpo del hombre no estuviese impregnado de su mortal sangre.


No sabía exactamente qué cualidad física le atraía tanto de aquel músico, tal vez sus membrudos brazos que no dejaban de tañer la guitarra, o quizá, ese fulgor expresivo que descollaba de sus pupilas. Ignoraba por qué poseía unas ganas inmensas de hacer el amor con él sabiendo que podía juguetear sin embarazo con cualquier camarero del local. Siendo pariente de quien era, Eva podía consumar todos sus caprichos, llevando a la cama a alguno de los empleados o, si lo quisiese, a todos ellos. Sin embargo, se sentía cautivada por la presencia del guitarrista.


Nadie le aseguraba que lograría acostarse con aquel hombre, y esa posibilidad de fracaso la excitaba. Quería flirtear con él sentada en la barra del bar, sintiendo la intriga y la ilusión, las punzadas de astucia y los intentos de galanteo. Tenía que seducirlo, algo que le causaba un morbo orgásmico, un éxtasis excepcional.



Extracto de Sexo, drogas y violencia , de Iraultza Askerria


martes, 29 de abril de 2014

Sin aliento



Calla! - Shivenis Los brazos proseguían oprimiendo la garganta de la mujer con una malevolencia mecánica.


Escuchó los jadeos sordos de aquella infeliz, una combinación de mortal resuello y tos repentina. Los ojos comenzaban a postrarse ante las tinieblas mientras las piernas se tornaban dóciles ante las secretas caricias de la muerte. Al final, incluso la sangre que manaba bajo su cuello se hizo más pesada y viscosa, más lenta; achicadas como estaban las venas y las arterias.


Tras unos minutos de intensa agonía, la mujer se quedó completamente inmóvil, con los ojos desorbitados y los labios entreabiertos, con un gesto de horror en el rostro que jamás se borraría.



Extracto de Sexo, drogas y violencia , de Iraultza Askerria



martes, 1 de abril de 2014

Un cadáver sonriente


El entrañable cadaver - Ferran Jordà Soltó un gemido cuando reconoció el rostro del hombre que yacía en mitad del bosque, cubierto de sangre seca y con una bala incrustada en el abdomen. Las escasas hojas que intentaban vanamente cubrir el fiambre mostraban unos ojos abiertos de par en par, colmados de lujuria y sadismo.


El cadáver de aquel asesino metódico y sagaz parecía un espíritu endiablado sin compañía. De los párpados abiertos se derramaba una chispa de felicidad, reforzada por la sonrisa imborrable de una boca insensible. Parecía que su rostro se deleitaba con la muerte, incluso con su propia muerte. Pero ya no podría deleitarse con nada.


Después de haber hecho el amor con una hermosa mujer y después de haber asesinado a una hermosa mujer, su noche se había terminado.


Para siempre.



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martes, 4 de marzo de 2014

La sugerencia ignorada



Simetrías asimétricas - Chema Concellón Le había sugerido a Judas que almacenase los bidones de carburante en el ático del bar, donde el nauseabundo olor no importunase a nadie; pero éste había hecho caso omiso del consejo, como si sus palabras le entrasen por un oído y le saliesen por otro. Quizá, para que le quedasen las cosas claras, debía coger un cuchillo y extirparle una oreja.


Ya lo pensaría más tarde.



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jueves, 2 de enero de 2014

El asesino cobarde

The Eye of Eliza - Augusto Serna Jesús observaba ahogado como Eva se ahogaba en lágrimas. Sentía la congoja ubicarse entre los recovecos de sus arterias, inflándolas de impotencia. Quería acercarse a ella, rodearle la espalda y ofrecerle un hombro donde apoyarse, pero Jesús siempre se había antojado un hombre sin escrúpulos, imperturbable, sin corazón y con una eminente fuerza de raciocinio. Las pocas veces en las que se sentía humano, un sensible humano, era cuando Eva se oponía a su alma inexorable, ya fuese con gritos o con lágrimas. Sin embargo, el mismo valor que empleaba para asesinar a sus enemigos se disolvía ante el trato sensible y tierno que deseaba inculcarle a la mujer.


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martes, 26 de noviembre de 2013

El acecho

Al acecho - Malia León Respirando el aire con dificultad, recuperó la templanza de su cordura, de su frialdad y de su solicitud. Tras internarse en el bosque, se detuvo frente a un matorral cuyo ramaje le permitía contemplar el porche del edificio. Ahí, frente a la entrada del local, había tres robustos individuos que charlaban desinteresadamente. Vislumbró a la derecha del edificio un cobertizo destinado a acoger los múltiples vehículos de los clientes. Asimismo, aparcado en un lateral de la carretera, había un ostentoso automóvil, propiedad de Jesús, que permanecería estacionado en aquel lugar toda la noche. Tras respirar hondo, examinar cuidadosamente el exterior del bar de Judas, y distribuir las ideas de su mente en una biblioteca clara y propia, Herodes decidió volver a su vehículo.

Y entonces, al volverse, le vio.


Le habían descubierto.




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martes, 20 de agosto de 2013

El motor


Jimmy - Hamed Saber El motor ronroneaba como un gato en celo, con gruñidos suaves y pasajeros provistos de un silbido inherente de satisfacción; mientras las ruedas giraban con delicadeza romántica sobre el asfalto enjoyado que ceñía una senda misteriosa, íntima y virgen.

Tras mirar el reloj de su muñeca, el conductor pisó el acelerador violentamente. Al instante, el motor comenzó a toser de agonía, al tiempo que los neumáticos se arrastraban cual fustigados galgos sobre una calzada repleta de baches y piedras sueltas.

Pronto, los árboles se mostraron coléricos ante la contaminante y ruidosa velocidad del intruso automóvil. Las estrellas se apagaron para dificultar la circulación de aquella sangrante máquina de gasóleo. Las hojas verdes y resplandecientes se agitaron emitiendo un aullido fantasmagórico, como un lobo enfrascado en una demencia psicopática; y la oscuridad se agolpó frente a la cristalina luna del automóvil, cegándolo.

El conductor frenó, súbitamente.

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martes, 2 de julio de 2013

Ambrosía



Working the Lines & Angles - Dragon Online

Se lanzó sobre ella como una tigresa se lanza sobre su inofensiva presa. Con rabia pasional, le arrancó a mordiscos los botones de la blusa blanca. Deslizó los labios por el desnudo vientre de su amante y besó el margen de la minifalda negra. Introdujo la traviesa lengua bajo la prenda, mientras Magdalen cerraba los ojos en un lamento de éxtasis. Eva comenzó un ascenso hasta los pechos de la mujer, donde sus dientes resbalaron por las hermosas montañas de tierna carne, en cuya elevada cima se erigía un estandarte de rica ambrosía.

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viernes, 14 de junio de 2013

Masturbación




Respiró hondo, con los ojos cerrados. En su imaginación, el cuerpo de Eva se delineó sin prendas, sin tapujos que ocultasen el pudor de sus encantos femeninos. La piel se mostraba límpida y sedosa, sin arrugas, sin lunares, sin impurezas.


La imaginó tendida sobre el lecho, sobre un cómodo y hermoso cobertor como las plumas de un pavo real. En la mente de Leví, las piernas de Eva estaban tímidamente separadas, ostentando el cabello púbico y el rostro genital; virtudes que despertaban el deseo carnal del hombre.


Casi sin percatarse, Leví comenzó a deslizar los dedos por su miembro viril, de arriba abajo, de abajo arriba, masturbándose placenteramente mientras el cerebro pintaba un apasionado retrato de fornicación.


Él se tendía sobre la grácil Eva, con el falo erecto y dispuesto, mientras ella le tomaba de las manos y las colocaba sobre sus ardientes pechos. Él besaba sus pezones, casi mordiéndolos como un caníbal. Luego la penetraba sin pausa. Los gemidos de ella se distorsionaban con su respiración cortada por el éxtasis.



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jueves, 9 de mayo de 2013

Porque quise ser feliz



La víctima se retorcía entre alaridos, ahogado en la sangre que manaba por los dos orificios abiertos en su cuerpo. El primer impacto había desgarrado la carne del pescuezo, mientras que la otra bala había aterrizado en la parte dorsal del pulmón izquierdo. Moriría asfixiado en breves minutos.


—¿Por qué? —gimió, enfocando el distorsionado semblante de su asesino.


El pistolero se reveló con la mirada perdida en la abundante sangre del vestíbulo. Las piernas le palpitaban de miedo, seguidas del sonido chirriante de sus dientes. Aún mantenía el brazo diestro horizontal, aferrando el arma homicida. Recobrando el valor instintivo que había mostrado unos segundos atrás, se encaminó hacia su moribunda víctima.


Su lamentable aspecto le hizo estremecer.


—¿Por qué? —repitió la víctima.


Brother-Fabrizio Rinaldi

El pistolero se detuvo a una distancia considerable, dispuesto a responder:


—Por qué te preguntas. Yo también me pregunto por qué. ¿Por qué has asesinado a tantos inocentes? ¿Por qué has robado a tantos individuos? ¿Por qué has jodido la vida de tantos hombres? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Qué Dios te perdone por la bestia que fuiste en vida! Espero que la muerte te convierta en el hombre que nunca fuiste.


Alzó la pistola, dispuesto a terminar con el sufrimiento de su víctima. Pero se percató de que no era necesario.


—¿Por qué…? Porque quise ser feliz. ¿Por qué sino?


Fueron sus últimas palabras.



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domingo, 28 de abril de 2013

Una chispa de excitación



Era tan apuesto, tan hábil en su movimiento manual…, que se preguntaba si sus dedos serían tan agradables pulsando las melodías guardadas entre sus muslos. Le imaginó desnudo, sin esa camisa, sin esos pantalones ceñidos, sin la ropa interior que le arrancaría a mordiscos. Le imaginó tendido sobre ella, soportando su sagrado peso contra la cadera, percibiendo como el sudor recorría sus cuerpos flamígeros, mirándose recíprocamente con las pupilas extraviadas en el culminante éxtasis. Imaginó la saliva varonil y meliflua descender empalagosamente por su propia garganta.


Sus ojos femeninos chispeaban de excitación, rehuyendo de la ferocidad de su hermano.


—¡Qué me des tu móvil, joder! —Su hermano alcanzó la culminación de la ira. Empuñó con ambas manos el fusil, miró al otro hombre y le disparó—. ¡Y mírame a la cara cuando te hable!


Se hizo un completo silencio, un silencio puntualmente roto por la caída de un cadáver.



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viernes, 15 de febrero de 2013

El aroma del whisky


De esta forma, Magdalen escanció cuatro copas del licor escocés. Su transparencia odorífera resplandecía con un color vivo y ambarino, como un cristal de oro diáfano. La cálida fragancia de su cauce convertía la atmósfera en un vergel de rosas, embriagadoras de la mente. Su poder aromático podía extenderse por todo el aire, evolucionando en el ambiente, suprimiendo los restantes olores que pudiesen eclipsar su exclusivo perfume a alcohol.

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miércoles, 13 de febrero de 2013

El bosque



Circulando por aquella despoblada carretera, a varios kilómetros de la ciudad, la única huella de vida que podía encontrarse era la selva impenetrable y repelente que flanqueaba la autopista. Los árboles robustos, cual guardianes protegidos gracias al compacto apoyo de sus hermanos vegetales, resultaban gigantescas y apagadas antorchas clavadas en la tierra, cuyas cimas se zarandeaban como las llamas de una hoguera, bailando con resplandores pardos y verduscos. Los matorrales, barullos ilimitados de delgadas ramas, espinas rotas y raíces embarradas, tenían como corona la hojarasca que descendía de los árboles mayores, obteniendo un aspecto de ficticia solemnidad. Ya las flores sólo eran una ilusión pisoteada por el desapego y la tosquedad de los arbustos: nimias y polícromas gotas de vida extraviadas en un torbellino de agitaciones desinteresadas.


Así pues, el bosque ancestral, la selva inexplorada, aquella maraña de verdor casto perdía el atractivo que solía anteceder a las florestas tropicales y a las arboledas solitarias y románticas. El bosque era algo incivilizado, una muestra frecuente para la naturaleza, pero infrecuente para el ser humano.


Aquel bosque, al fin y a la postre, erigía una de las pocas barreras que la mujer y el hombre aún no había traspasado.



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sábado, 9 de febrero de 2013

Sin aliento



Los brazos proseguían oprimiendo la garganta de la mujer con una malevolencia mecánica.


Escuchó los jadeos sordos de aquella infeliz, una combinación de mortal resuello y tos repentina. Los ojos comenzaban a postrarse ante las tinieblas mientras las piernas se tornaban dóciles ante las secretas caricias de la muerte. Al final, incluso la sangre que manaba bajo su cuello se hizo más pesada y viscosa, más lenta; achicadas como estaban las venas y las arterias.


Tras unos minutos de intensa agonía, la mujer se quedó completamente inmóvil, con los ojos desorbitados y los labios entreabiertos, con un gesto de horror en el rostro que jamás se borraría.



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jueves, 7 de febrero de 2013

Un cadáver sonriente



Soltó un gemido cuando reconoció el rostro del hombre que yacía en mitad del bosque, cubierto de sangre seca y con una bala incrustada en el abdomen. Las escasas hojas que intentaban vanamente cubrir el fiambre mostraban unos ojos abiertos de par en par, colmados de lujuria y sadismo.


El cadáver de aquel asesino metódico y sagaz parecía un espíritu endiablado sin compañía. De los párpados abiertos se derramaba una chispa de felicidad, reforzada por la sonrisa imborrable de una boca insensible. Parecía que su rostro se deleitaba con la muerte, incluso con su propia muerte. Pero ya no podría deleitarse con nada.


Después de haber hecho el amor con una hermosa mujer y después de haber asesinado a una hermosa mujer, su noche se había terminado.


Para siempre.



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lunes, 4 de febrero de 2013

Una vida de satisfacción



Leví se inclinó sobre la barra, colocándose el rulo en el interior de la nariz. Aspiró la cocaína. La línea de nieve se evaporó ante su olfato con una celeridad desbordante.


Echó la cabeza hacia atrás, mientras absorbía largas bocanadas de aire y un delicioso estremecimiento atravesaba su alma. Sintió un rayo de luz filtrándose entre sus latidos y un cúmulo de energía verterse sobre el cauce de su pensamiento. En los ojos, un resplandor de fuego aumentó el grosor de las pupilas, incendiadas por chispas de humo.


Al cerrar los párpados, se bosquejó en su cerebro un edén de pensamientos, una dicha de anhelos, una vida de satisfacción.



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jueves, 31 de enero de 2013

Una idea excitante



A nadie en toda la estancia le importaba la audición del guitarrista, con excepción de Eva, la cual se había hecho con la idea de acostarse con él, una idea que se acrecentaba con cada mirada. No le quitaba el ojo de encima, y no se lo quitaría mientras el cuerpo del hombre no estuviese impregnado de su mortal sangre.


No sabía exactamente qué cualidad física le atraía tanto de aquel músico, tal vez sus membrudos brazos que no dejaban de tañer la guitarra, o quizá, ese fulgor expresivo que descollaba de sus pupilas. Ignoraba por qué poseía unas ganas inmensas de hacer el amor con él sabiendo que podía juguetear sin embarazo con cualquier camarero del local. Siendo pariente de quien era, Eva podía consumar todos sus caprichos, llevando a la cama a alguno de los empleados o, si lo quisiese, a todos ellos. Sin embargo, se sentía cautivada por la presencia del guitarrista.


Nadie le aseguraba que lograría acostarse con aquel hombre, y esa posibilidad de fracaso la excitaba. Quería flirtear con él sentada en la barra del bar, sintiendo la intriga y la ilusión, las punzadas de astucia y los intentos de galanteo. Tenía que seducirlo, algo que le causaba un morbo orgásmico, un éxtasis excepcional.



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