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jueves, 1 de noviembre de 2018

La tentación

tentacion. - mami13

Es la tuya la sincera
manzanita del paraíso
que acaricio ya muy cerca
¡tentador que es el destino!
Es pecado capital
observar los corazones
de la niña virginal
y querer comer sus flores.
La serpiente me envenena
y me muero de agonía
por ansiar besar la pena
atascada en tu sonrisa.
Un reflejo en mis razones
¡advertencia!, caso omiso.
Ignorando los temblores
voy con mi emoción de niño.
Niña mía, soy tu hombre;
sirenita, mi Yasmín.
Es real y azul mi nombre,
no te escapes, ¡ven aquí!
Eres árbol en el centro
no movible del edén.
Con tu fruto me enveneno,
¡qué ahora Dios me juzgue bien!

Iraultza Askerria

jueves, 15 de octubre de 2015

Copa de árbol

El Árbol Santo Garoé en la isla de El Hierro. - {author}
Copa de árbol, enhiesta, de débil corteza.
Al tocar tus aros, te hundes en la tierra
gritando al cielo, insolentemente.
Pero nada puede cortar tu aguante,
tu fortaleza. Tus raíces soportan
el aguijón de la daga
y los dientes mordientes de una sierra.
Lo soportas todo, tragándote el orgullo
para clamar de placer.
Naturaleza vendida, árbol de vino y pan,
bendición y gloria del apetito carnal.
¿Temes a alguien con tu corteza de fuego?
A nada.
Salvo a la soledad,
que podría quebrantar tus misteriosos círculos
y hacerte envejecer en podredumbre,
olvidadas ya las reminiscencias pasada.
Carpe Diem. Atragántate de tu fortaleza,
de la imposibilidad de hacerte desfallecer,
y conquista ese bosque humano
donde tú eres la copa más reluciente.

Iraultza Askerria

martes, 1 de septiembre de 2015

La tentación

tentacion. - mami13

Es la tuya la sincera
manzanita del paraíso
que acaricio ya muy cerca
¡tentador que es el destino!
Es pecado capital
observar los corazones
de la niña virginal
y querer comer sus flores.
La serpiente me envenena
y me muero de agonía
por ansiar besar la pena
atascada en tu sonrisa.
Un reflejo en mis razones
¡advertencia!, caso omiso.
Ignorando los temblores
voy con mi emoción de niño.
Niña mía, soy tu hombre;
sirenita, mi Yasmín.
Es real y azul mi nombre,
no te escapes, ¡ven aquí!
Eres árbol en el centro
no movible del edén.
Con tu fruto me enveneno,
¡qué ahora Dios me juzgue bien!

Iraultza Askerria

jueves, 10 de julio de 2014

El bosque

Muir Woods National Monument - Héctor García

Circulando por aquella despoblada carretera, a varios kilómetros de la ciudad, la única huella de vida que podía encontrarse era la selva impenetrable y repelente que flanqueaba la autopista. Los árboles robustos, cual guardianes protegidos gracias al compacto apoyo de sus hermanos vegetales, resultaban gigantescas y apagadas antorchas clavadas en la tierra, cuyas cimas se zarandeaban como las llamas de una hoguera, bailando con resplandores pardos y verduscos. Los matorrales, barullos ilimitados de delgadas ramas, espinas rotas y raíces embarradas, tenían como corona la hojarasca que descendía de los árboles mayores, obteniendo un aspecto de ficticia solemnidad. Ya las flores sólo eran una ilusión pisoteada por el desapego y la tosquedad de los arbustos: nimias y polícromas gotas de vida extraviadas en un torbellino de agitaciones desinteresadas.


Así pues, el bosque ancestral, la selva inexplorada, aquella maraña de verdor casto perdía el atractivo que solía anteceder a las florestas tropicales y a las arboledas solitarias y románticas. El bosque era algo incivilizado, una muestra frecuente para la naturaleza, pero infrecuente para el ser humano.


Aquel bosque, al fin y a la postre, erigía una de las pocas barreras que la mujer y el hombre aún no había traspasado.




Extracto de Sexo, drogas y violencia , de Iraultza Askerria


jueves, 14 de marzo de 2013

La tentación


Es la tuya la sincera

manzanita del paraíso

que acaricio ya muy cerca

¡tentador que es el destino!


Es pecado capital

observar los corazones

de la niña virginal

y querer comer sus flores.


La serpiente me envenena

y me muero de agonía

por ansiar besar la pena

atascada en tu sonrisa.


Un reflejo en mis razones

¡advertencia!, caso omiso.

Ignorando los temblores

voy con mi emoción de niño.


Niña mía, soy tu hombre;

sirenita, mi Yasmín.

Es real y azul mi nombre,

no te escapes, ¡ven aquí!


Eres árbol en el centro

no movible del edén.

Con tu fruto me enveneno,

¡que ahora Dios me juzgue bien!


Iraultza Askerria





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miércoles, 13 de febrero de 2013

El bosque



Circulando por aquella despoblada carretera, a varios kilómetros de la ciudad, la única huella de vida que podía encontrarse era la selva impenetrable y repelente que flanqueaba la autopista. Los árboles robustos, cual guardianes protegidos gracias al compacto apoyo de sus hermanos vegetales, resultaban gigantescas y apagadas antorchas clavadas en la tierra, cuyas cimas se zarandeaban como las llamas de una hoguera, bailando con resplandores pardos y verduscos. Los matorrales, barullos ilimitados de delgadas ramas, espinas rotas y raíces embarradas, tenían como corona la hojarasca que descendía de los árboles mayores, obteniendo un aspecto de ficticia solemnidad. Ya las flores sólo eran una ilusión pisoteada por el desapego y la tosquedad de los arbustos: nimias y polícromas gotas de vida extraviadas en un torbellino de agitaciones desinteresadas.


Así pues, el bosque ancestral, la selva inexplorada, aquella maraña de verdor casto perdía el atractivo que solía anteceder a las florestas tropicales y a las arboledas solitarias y románticas. El bosque era algo incivilizado, una muestra frecuente para la naturaleza, pero infrecuente para el ser humano.


Aquel bosque, al fin y a la postre, erigía una de las pocas barreras que la mujer y el hombre aún no había traspasado.



Extracto de Sexo, drogas y violencia , de Iraultza Askerria





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