de cielos despejados
y sonrientes albas
de entusiasmados labios,
tras los montes sellados
como el afán de la brisa
y los aplausos vanos,
se hincha en tu regazo
y asciende cual anhelo
para abrir en tu boca
el ceremonial hálito.
Los brazos proseguían oprimiendo la garganta de la mujer con una malevolencia mecánica.
Escuchó los jadeos sordos de aquella infeliz, una combinación de mortal resuello y tos repentina. Los ojos comenzaban a postrarse ante las tinieblas mientras las piernas se tornaban dóciles ante las secretas caricias de la muerte. Al final, incluso la sangre que manaba bajo su cuello se hizo más pesada y viscosa, más lenta; achicadas como estaban las venas y las arterias.
Tras unos minutos de intensa agonía, la mujer se quedó completamente inmóvil, con los ojos desorbitados y los labios entreabiertos, con un gesto de horror en el rostro que jamás se borraría.
Extracto de Sexo, drogas y violencia , de Iraultza Askerria
La despertó un aliento frío que se pegaba a la piel como el
sudor de un amante. La despertó una sensación olvidada por el
cerebro y que sólo el corazón puede reconocer. La despertó el
brillo de unos ojos que no veían, y que tampoco eran ojos: un misterio secreto, la mirada de Dios.Entre la penumbra de la habitación, y ofuscada por la
somnolencia, divisó durante un segundo un contorno pálido en
mitad del dormitorio, inmóvil pero sonriente, firme pero sereno, muerto pero inmortal.Cuando pestañeó, la presencia del espíritu había desaparecido.
Aquella fue la última vez que vio a su esposo.
Extracto de Rayo de luna , de Iraultza Askerria
Tenía el rostro caliente
y abiertas las miradas,
dejando pasar el tiempo
para ver lo que pasaba.
Esperaba tan ansiosa
que notábase en su cara
el deseo incontinente,
la lascivia que esperaba.
Sentí trémulos sus labios
y la mano le temblaba.
La cogí yo con firmeza
imbuyendo algo de calma.
Mis pupilas sonrieron
y en las suyas, pura y blanca,
vi brillar más el deseo
que en el fondo agonizaba.
Incliné mi dulce aliento
por el borde de su cara,
por buscar la dulce boca,
¡por hacer allá una escala!
Bienvenido fue mi labio
y su boca bien hallada.
Bienvenido fue mi beso
por el que tanto soñaba.
Los brazos proseguían oprimiendo la garganta de la mujer con una malevolencia mecánica.
Escuchó los jadeos sordos de aquella infeliz, una combinación de mortal resuello y tos repentina. Los ojos comenzaban a postrarse ante las tinieblas mientras las piernas se tornaban dóciles ante las secretas caricias de la muerte. Al final, incluso la sangre que manaba bajo su cuello se hizo más pesada y viscosa, más lenta; achicadas como estaban las venas y las arterias.
Tras unos minutos de intensa agonía, la mujer se quedó completamente inmóvil, con los ojos desorbitados y los labios entreabiertos, con un gesto de horror en el rostro que jamás se borraría.
Extracto de Sexo, drogas y violencia , de Iraultza Askerria