Cita

Autor
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de septiembre de 2017

El trofeo de la guerra

“… dejarán como trofeo, a Príamo y a los troyanos, la argiva Helena.”

Homero; Ilíada, canto II (verso 158).

Cuadriga en la Puerta de Brandeburgo - dietadeporteEn un mundo tan competitivo como el nuestro, la palabra trofeo aparece constantemente en periódicos, televisión y cualquier otro medio de comunicación, siendo especialmente notable su tedioso protagonismo durante los eventos deportivos. Así, los trofeos de tenis, fútbol o motociclismo, copan el lustre de tantas noticias destacadas.

Sin embargo, pese al frecuente uso de la palabra trofeo, pocos conocen su verdadero significado. Intentaremos desentrañarlo y saborear de esta forma las mieles de la victoria.

Del castellano al indoeuropeo

Tal y como explica el Diccionario de la Real Academia Española, trofeo proviene del latín trophaeum, vocablo escogido del griego τρόπαιον. La palabra deriva de la forma verbal τρέπω (trepō), y esta a su vez del nombre τρόπος (tropos). Esta última palabra se traduce como “vuelta” o “giro”, teniendo su origen en la raíz indoeuropea trep.

Trofeo no es la única palabra del diccionario que comparte este origen etimológico. De ejemplo puede servir tropismo: movimiento de orientación de un organismo sésil como respuesta a un estímulo. Si bien este último sustantivo ya tiene implícita una cualidad móvil y por ello se puede entender su relación con la palabra griega “vuelta”, vale preguntarse qué tiene que ver un trofeo con todo esto. Los trofeos, por sí solos, ni se mueven ni giran ni vuelven ni regresan, por lo que de primera mano, parece una broma su origen etimológico.

Pero nada más lejos de la realidad.

Los trofeos de la Antigua Grecia

Ahora debemos adentrarnos en los entresijos de la historia, esos engranajes que, desconociéndolos, han provocado la fisionomía del mundo en el que vivimos.

Por todos es sabida la fama bélica de los griegos, sustentada en ocasiones sobre antiguos mitos como la Guerra de Troya, y otras sobre acontecimientos históricos de la categoría de las Guerras Médicas o las conquistas de Alejandro Magno. Con esto, nos cercioramos de la voluntad belicosa de los antiguos pobladores de Grecia.

Pero tal y como recitan las gloriosas epopeyas de Homero, los guerreros aqueos no luchaban únicamente por el control territorial o las riquezas. Había algo, si cabe, más importante: el honor. Así nos lo demuestra la Ilíada, cuando Menelao marcha a Troya a rescatar a su legítima esposa y en una batalla contra Paris, éste escapa como un cobarde, girándose sobre sus propios talones, volviéndose hacia la protección de las murallas de Troya.

Sin embargo, Menelao, el bizarro rey de Esparta, no pudo dar alcance a Paris. Si lo hubiera logrado, habría dado muerte al joven príncipe troyano jugándose una merecida venganza; después le habría despojado de sus armas, armaduras y cualquier otra joya de valor, y finalmente, habría regresado al mismo lugar donde Paris había comenzado su huida (su vuelta, su giro) y ahí mismo habría levantado un monumento con los despojos del cadáver.

En la Antigua Grecia, este monumento alzado con los restos del enemigo en el mismo lugar donde éste se había vuelto en retirada, era conocido, ni más ni menos, como trofeo.

Los trofeos en la literatura

Por lo tanto, los trofeos no eran ni medallas, ni copas de oro, ni cualquier otro tipo de símbolo victorioso que se regalaba al vencedor. Los trofeos estaban construidos con las armas y las armaduras de los enemigos, y se levantaban justo donde el ejército rival había comenzado su fuga. Aquí subyace el origen etimológico de la palabra tropos, que recordemos significa: “vuelta” o “giro”.

Una vez conocida esta tradición de la Antigua Grecia, resulta interesante analizar algunas citas de obras consagradas de la Época Clásica.

El dramaturgo Esquilo, en su tragedia Los siete contra Tebas, dice así:

“Hago el voto de rociar con sangre de ovejas los hogares de las deidades, y hacer en honor de los dioses sacrificios de toros y erigir un trofeo con las vestiduras de los enemigos y dedicar a los santuarios el botín conquistado en la lucha.”

Esquilo; Los siete contra Tebas.

El poeta trágico Eurípides también hace referencia a esta ancestral tradición en Los Heráclidas:

“Hemos vencido a los enemigos y se han erigido trofeos que contienen la armadura completa de tus enemigos.”

Eurípides; Los Heráclidas

Incluso Miguel de Cervantes, tal y como podemos leer en etimologias.dechile.net, manifiesta esta costumbre aquea en su archifamoso Don Quijote de la Mancha:

Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y por no haber salido a la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos, levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.

Los trofeos a lo largo de la historia

Conocido ya el origen de los primeros trofeos, conviene señalar que esta práctica griega de conmemorar los éxitos militares fue adoptada por los romanos. No obstante, lejos de erigir estos monumentos en el campo de batalla, los generales de Roma optaron por edificar dichas obras en la entrada de las propias ciudades.

Inicialmente se edificaron columnas rostrales, en cuyos fustes se colocaban los espolones de los navíos enemigos apresados. Después se construyeron arcos rudimentarios, sobre los que colgaban las armas y armaduras capturadas al adversario a modo de trofeo. Finalmente, estos arcos se convirtieron en obras colosales de arquitectura, olvidando la razón genuina de exhibir los despojos del rival, y naciendo así los famosos Arcos del Triunfo.

En la actualidad, los trofeos han ido evolucionando hacia sencillas representaciones de éxito, como copas, placas conmemorativas, medallas, etc. Sin embargo, aún queda el viejo sabor de capturar los despojos del enemigo y exhibirlos con orgullo, tal y como sucede en la cinegética: los trofeos de caza. Resulta muy común ver en los ranchos de los cazadores, diferentes cabezas de jabalí o cornamentas de ciervo que tienen el mismo valor simbólico que los ancestrales trofeos de la Antigua Grecia.

¿Y que nos dice el diccionario?

Vale la pena asimilar la acepción de la palabra “trofeo” indicada por el DRAE, ya que en cada uno de sus significados se concentra parte de la historia que acabamos de narrar:

  1. Monumento, insignia o señal de una victoria.
  2. Despojo obtenido en la guerra.
  3. Conjunto de armas e insignias militares agrupadas con cierta simetría y visualidad.
  4. Victoria o triunfo conseguido.

Un trofeo a los cobardes

Me gustaría finalizar este artículo recordando a todos esos guerreros que en el campo de batalla giraron sobre sus propios talones, en un intento de volverse hacia la vida y escapar de la muerte.

Sin ellos, el trofeo, en su sentido más primigenio, no hubiera llegado hasta nosotros, y siempre resulta enriquecedor conocer el origen de las palabras, que además de enseñarnos algún capítulo de la historia, nos demuestra que, en el mundo etimológico, nada ocurre por casualidad.

Iraultza Askerria

martes, 27 de junio de 2017

Sobre la gente que grita

Empty shout [EXPLORED] - Joaquin VillaverdeMe río de la gente que grita. Esa gente que se limita a chillar como un cerdo degollado, furiosa de su personalidad y repleta de envidia hacia las personas que los rodean. Te gritan queriendo gritarse a sí mismos; te insultan mencionando las lacras que guardan dentro de su viciado espíritu, te vejan deseando las virtudes que ellos tachan de defectos.

Esos desgraciados individuos que gritan se odian tanto a sí mismos que son incapaces de ver más allá de su corazón. Con sus zumbidos de mosquito pretenden inculcar miedo, cuando son ellos quienes se aterrorizan a causa de la sombra de su propio desprecio.

Proclaman, como dictadores, que tienen razón —y derecho— en cada uno de los zarpazos y gruñidos que lanzan al aire, y claman con lágrimas al no entender ni poder controlar su voluntad. La mayoría de ellos cuando se percata de que nadie escucha sus alaridos de perro rabioso, proceden a levantar la voz, graznando aún más alto, y al final, se quedan sordos de egoísmo; algunos, incluso —y parece mentira—, también mudos.

Esas personas —que hay muchas en el mundo— nunca cambian. Se muestran, ante el espejo de la realidad, como seres superiores y orgullosos; se envalentonan ante cualquier nimiedad; se exaltan y se enfadan; y sobre todo gritan. No respetan a nadie ni se respetan a sí mismos. Son como buitres.

Pero en la soledad de su colchón, son menos que carroña. Hunden la cabeza en la almohada, lloran por la desdicha que empaña su vida y se aferran como un sueño a todo cuanto han despreciado durante el día. Cuando están solos, en un reservado silencio, maldicen su trabajo de diez horas en el pozo de alguna fábrica, se quejan de las tantas parejas que han formado a lo largo de su existencia porque ninguna las amó realmente, reclaman una oportunidad que evoque aquellas que dejaron pasar, imploran que el padre al que nunca dijeron “te quiero” les abrace por una vez. La gélida dureza que muestran ante la gente se derrite bajo el calor y el peso de la noche, y los gritos se convierten en súplicas.

En realidad, son criaturas indefensas, que anhelan ser lobos cuando no son más que corderos. Su propio orgullo les devora.

Lástima. Ellos gritan; yo sonrío.

Iraultza Askerria

domingo, 28 de febrero de 2016

¿Qué es un soneto?

“Un soneto perfecto vale por un largo poema.”
Nicolás Boileau

Poesía

Seamos simples: un soneto es la estructura clásica de la poesía culta, compuesta por catorce versos de once sílabas y dividida a su vez en cuatro estrofas; la primera y la segunda formada por cuatro versos (cuartetos) y las últimas dos por tres versos (tercetos); y provista además de rima consonante de tipo ABBA ABBA CDE CDE, aunque la de los tercetos es variable.

Así de sencillo. Cualquier otro intento de definición no son más que florituras y añadidos detallistas, lo cual me encanta y resulta indispensable para conocer las variantes, requisitos y arquetipos de esta forma poética italiana.

Veamos un ejemplo de soneto:

 

Un soneto me manda hacer Violante, (11A)
que en mi vida me he visto en tal aprieto; (11B)
catorce versos dicen que es soneto: (11B)
burla burlando van los tres delante. (11A)

Yo pensé que no hallara consonante (11A)
y estoy a la mitad de otro cuarteto; (11B)
mas si me veo en el primer terceto (11B)
no hay cosa en los cuartetos que me espante. (11A)

Por el primer terceto voy entrando (11C)
y parece que entré con pie derecho, (11D)
pues fin con este verso le voy dando. (11C)

Ya estoy en el segundo, y aún sospecho (11D)
que voy los trece versos acabando; (11C)
contad si son catorce, y está hecho. (11D)

Lope de Vega

 

Métrica y acento rítmico

Es fácilmente visible la estructura formada por dos cuartetos y dos tercetos, además de los versos endecasílabos (once sílabas), que he anotado junto a este poema de Lope de Vega. Por tanto, este ejemplo es un paradigma del soneto clásico: el soneto por antonomasia. No hay más que enumerar las sílabas de cada verso, respetando la sinalefa, para cerciorarse de la métrica correcta.

Además, he subrayado en cada uno de los versos una sílaba en concreto: se trata de la sílaba número seis, sílaba que en los endecasílabos debe estar acentuada; se considera que es un acento rítmico. Aunque pueda parecer una incongruencia, el acento rítmico de la sílaba seis, es más importante que la propia rima.

Para comprobar esto, cambiemos el primer cuarteto, no respetando el acento rítmico de la sexta sílaba:

Un soneto mándame hacer Violante,
que en mi vida nunca vi tal aprieto;
catorce versos tenemos soneto:
van, burla burlando, los tres delante.

Si se lee con atención, se percibirá un sonido inarmónico, una caótica confusión en el tercer verso, algo que nos obliga a cortar la lectura debido a la traba que supone el acento rítmico de la séptima sílaba. Los restantes versos disponen el acento rítmico en la sílaba cinco. Ninguno se marca en la sílaba seis, que es la regla universal del verso endecasílabo.

Ahora bien, como toda regla universal, puede infringirse, estableciéndose el acento rítmico en el verso 5, en el 4 y 8, etc. Pero sea cual sea el elegido, es primordial mantener una estructura fija para no obstaculizar la lectura y marcar el soneto con un ritmo musical y acompasado.

La rima

La métrica contempla la clásica estructura del endecasílabo, incluyendo su acento métrico de la sílaba seis. La rima es igual de respetuosa con el clasicismo del siglo de oro de las letras españolas.

Los cuartetos conforman la sucesión rimada de ABBA ABBA. Es la más extendida, aunque no la única. También es aceptable la forma ABAB ABAB, en cuyo caso los cuartetos se denominan serventesios.

Los tercetos son algo más complejos. Su rima se encadena entre uno y otro verso formando estructuras rimadas del tipo CDE-CDE, CDC-DCD y otras menos extendidas. Desde mi modesto punto de vista, la elaboración de un terceto es más complicada que la de un cuarteto, razón por la cual hay que tener muy clara la rima que se va a emplear.

Sea cual sea la elección, es importante elaborar el verso con rima consonante.

Las variantes

Hasta aquí se ha estudiado el soneto clásico, el mismo que nos legaron Lope, Quevedo y Góngora. Desde entonces, han transcurrido siglos y el soneto ha adquirido nuevas formas y diseños, desde el soneto alejandrino de Ruben Darío hasta el soneto polimétrico de Manuel Machado, sin olvidarnos de sonetos de arte menor conocidos como sonetillos de ocho, siete… y hasta tres sílabas. También se componen complicadísimos soneto con eco, del cual os cedo un ejemplo, o el prolongado soneto con estrambote.

Mil y una formas que nos demuestran la variedad de la poesía, y que siempre queda algo por inventar en un arte tan versátil como éste. Si quieres saber más sobre el soneto te recomiendo la lectura de un artículo histórico dedicado a sus orígenes y, si te atreves a escribirlo sigue mis consejos en cómo escribir un soneto.

Iraultza Askerria

También te puede interesar

domingo, 18 de mayo de 2014

domingo, 4 de mayo de 2014

Breve biografía de Esquilo


esquilo


De los tres poetas trágicos, Esquilo es el más antiguo de ellos. Se sabe que nació en el año 525 a. C. en Eleusis, ciudad situada a apenas 20 kilómetros de Atenas, en el seno de una familia noble de dramaturgos.


A pesar de que se dedicó a la poesía desde muy joven, no obtuvo su primera victoria en composición dramática hasta el año 484 a. C., cuando frisaba los cuarenta años. El número de ocasiones en que Esquilo se hizo con el primer premio es discutido, si bien algunos autores sitúan la cifra en trece, otros la elevan hasta las veintiocho victorias. Lo que es cierto es que de sus siete obras conservadas en la actualidad, seis fueron merecedoras del premio.


La genialidad de Esquilo queda defendida por el hecho de que, ya fallecido, sus obras siguieron presentándose en los certámenes trágicos, de la mano de su hijo Euforión. Su primogénito logró el primer premio en cuatro ocasiones presentando las obras de Esquilo. Aunque los jueces no permitían que las obras de los difuntos se repusieran en el certamen, con Esquilo hicieron una excepción, lo que atestigua la fe que Grecia tenía en él.


El grueso de su composición asciende a unas ochenta obras, si bien el número no ha podido ser corroborado aún y podría ser incluso mayor. Desgraciadamente, tenemos que contentarnos con apenas siete obras completas y otros tantos fragmentos.


Al igual que su legado trágico, la vida de Esquilo está salpicada de anécdotas muy interesantes. No en vano, tuvo la suerte de vivir en uno de los períodos mas trascendentales de Atenas, lo que dejó una importante huella en sus composiciones, tal y como veremos a continuación.


Esquilo sufrió la tiranía de Hipias , quien fue derrocado entorno al año 510 cuando el poeta era un adolescente. Con el ascenso de los partidarios del sistema democrático, se iniciaron movimientos sociales, reformas políticas y la desarticulación de antiguos grupos tribales que abusaban del poder. El objetivo final era promover la participación ciudadana en las instituciones.


Sin duda, Esquilo creía ciegamente en este sistema político, tan ecuánime y justo, lo cual se dejó sentir en la tragedia Las Euménides (458 a. C.), donde el consejo de Atenas simboliza la garantía de la justicia, el orden y el derecho. Si bien Esquilo vivió cuando ya la tiranía dejaba paso a la democracia, las competencias de una y otra siguieron enfrentadas durante varias décadas.


Muy importante es la participación militar de Esquilo, entre la década del 490 a. C. y 480 a. C., que coincidió con las aspiraciones expansionistas de los persas. Se sabe que participó en la popular Batalla de Maratón y en la Batalla de Salamina , que concluyeron en una victoria decisiva para el contingente griego. De las experiencias vividas en estas confrontaciones, Esquilo gestó la tragedia Los persas en el año 472 a. C..


No quedaba mucho, apenas cuatro años, para que Esquilo y Sófocles se enfrentaran en un concurso dramático que aupó al segundo por encima del primero. Posiblemente, esto significó el declive profesional de este enorme artista, que comenzó a frecuentar Siracusa y murió en la ciudad siciliana de Gela en el año 456 a. C..


Esquilo fue un poeta amante de ligar sus obras en trilogías, componiendo así una idea completa que podía independizarse en otros tantos conceptos. También destaca en él la trascendencia del desarrollo de la historia y los escenarios, minimizando la importancia de los personajes. Esto hace comprender la creatividad de Esquilo, experto en aprovechar las filigranas visuales de la escena.


En sus temas se encuentran varios elementos fundamentales, como puede ser la ideología política, ya mencionada anteriormente, o el dolor humano como eje central del guión que conduce al protagonista hacia el conocimiento, protagonista que, en multitud de ocasiones, hereda la culpabilidad de sus ancestros, convirtiéndolo en un personaje inocente que, sin embargo, sufre.


Aquí finalizamos esta breve biografía de Esquilo, habiendo querido introducir a este personaje clásico, tan importante en la literatura, gracias a obras tan descomunales como Agamenón o Los siete contra Tebas.


Iraultza Askerria



domingo, 27 de abril de 2014

Las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides


Parthenon - . SantiMB .


Los nombres de Esquilo, Sófocles y Eurípides, también el de sus obras, se han venido archivando a lo largo de la tradición occidental, desde el siglo V a. C. hasta nuestros días. Por degracia, el grueso de sus composiciones no se conserva y tan sólo han sobrevivido algunos pocos manuscritos medievales donde se incluyen las siete tragedias de Esquilo, las siete tragedias de Sófocles y las diecinueve obras de Eurípides.


Se trata de una recopilación de treinta y tres obras de la Antigua Grecia, germen de lo que fue el teatro antes de nuestra era, cuya cifra, aunque pueda ser considerable, no es más que un vestigio de cuanto escribieron los poetas trágicos. Gracias a las citas de los tragediógrafos contemporáneos de Esquilo, Sófocles y Eurípides, así como a los fragmentos que han sobrevivido de los mismos, podemos hacernos una idea de las muchas composiciones que el tiempo y el olvido le han robado al arte.


Sea como fuera, son muchas las obras irrecuperables de estos tres dramaturgos clásicos, pero por suerte, las que han perdurado permiten comprender, de primera mano, el teatro de la Antigua Grecia y la trascendencia de estos tres personajes.


Resumiendo, el estudio de Esquilo, Sófocles y Eurípides se limita a las treinta y tres obras conservadas por los manuscritos medievales, en ediciones impresas a partir del siglo XV. Las obras pueden enumerarse siguiendo la fecha de composición, que en ocasiones es confusa, aunque todas ellas fueron escritas en el siglo V a. C..



  • Esquilo (472) – Los persas

  • Esquilo (467) – Los siete contra Tebas

  • Esquilo (463) – Las suplicantes

  • Esquilo (458?) – Prometeo encadenado

  • Esquilo (458) – Agamenón

  • Esquilo (458) – Las coéforas

  • Esquilo (458) – Las euménides

  • Sófocles (450?) – Ayax

  • Sófocles (442) – Antígona

  • Sófocles (442?<) – Las traquinias

  • Eurípides (440<?) – Reso

  • Eurípides (438) – Alcestis

  • Eurípides (431) – Medea

  • Eurípides (430-427) – Los Heraclidas

  • Sófocles (430-424) – Edipo Rey

  • Eurípides (428) – Hipólito

  • Eurípides (425) – Andrómaca

  • Eurípides (424) – Hécuba

  • Eurípides (423) – Las suplicantes

  • Eurípides (417-413) – Electra

  • Eurípides (415) – Las troyanas

  • Sófocles (415?) – Electra

  • Eurípides (414) – Heracles

  • Eurípides (414) – Ifigenia entre los tauros

  • Eurípides (413) – El cíclope

  • Eurípides (413-412) – Ion

  • Eurípides (412) – Helena

  • Eurípides (411) – Las fenicias

  • Sófocles (409) – Filoctetes

  • Eurípides (408) – Orestes

  • Eurípides (406>) – Ifigenia en Áulide

  • Eurípides (406) – Las bacantes

  • Sófocles (401) – Edipo en Colono


Del listado anterior se puede extraer que Esquilo era el más veterano de los tres dramaturgos, seguido por Sófocles y por Eurípides. Aunque éste último era el más joven, murió a la vez que Sófocles, en el año 406 a. C..


Sin embargo, dado que estas treinta y tres composiciones responden, en mayor o menor medida, a los mitos clásicos de Grecia, también es posible estructurarlos de acuerdo al suceso cronológico que narran, de tal forma que se simplifica la posibilidad de estudiar estas leyendas. La mayoría de estos temas corresponden a varios ciclos, como el ciclo troyano o el ciclo ático-tebano, o sigue las aventuras y desventuras de determinada estirpe noble, como es el caso de los hijos de Agamenón. No obstante, en caso de querer numerar todas estas obras de teatro siguiendo el orden temporal de los acontecimientos que narran, quedaría así:



  • Esquilo (458?) – Prometeo encadenado

  • Eurípides (413-412) – Ion

  • Esquilo (463) – Las suplicantes

  • Eurípides (406) – Las bacantes

  • Eurípides (431) – Medea

  • Eurípides (428) – Hipólito

  • Sófocles (430-424) – Edipo Rey

  • Sófocles (401) – Edipo en Colono

  • Esquilo (467) – Los siete contra Tebas

  • Eurípides (411) – Las fenicias

  • Sófocles (442) – Antígona

  • Eurípides (423) – Las suplicantes

  • Eurípides (438) – Alcestis

  • Eurípides (414) – Heracles

  • Sófocles (442?<) – Las traquinias

  • Eurípides (430-427) – Los Heraclidas

  • Eurípides (406>) – Ifigenia en Áulide

  • Eurípides (440<?) – Reso

  • Sófocles (450?) – Ayax

  • Sófocles (409) – Filoctetes

  • Eurípides (415) – Las troyanas

  • Eurípides (424) – Hécuba

  • Eurípides (413) – El cíclope

  • Esquilo (458) – Agamenón

  • Esquilo (458) – Las coéforas

  • Sófocles (415?) – Electra

  • Eurípides (417-413) – Electra

  • Eurípides (412) – Helena

  • Eurípides (408) – Orestes

  • Esquilo (458) – Las euménides

  • Eurípides (414) – Ifigenia entre los tauros

  • Eurípides (425) – Andrómaca

  • Esquilo (472) – Los persas


La única obra de teatro con tema histórico que se conserva es esta última: Los persas , de Esquilo. El resto de las tragedias están repletas de personajes míticos, formando un largo repertorio de leyendas, donde ganan por mayoría las dedicadas al ciclo troyano, ocupando la mitad del total. Avanzaremos en estas obras en los próximos capítulos, donde hablaremos también del teatro de la Antigua Grecia y de sus tres máximo exponentes: Esquilo, Sófocles y Eurípides.


Iraultza Askerria



domingo, 20 de abril de 2014

El teatro: arte y literatura


Teatro Griego de Taormina, Sicilia. - Pedro Pablo Pinacho Davidson


La literatura está formada por tres núcleos artísticos: la prosa, la poesía y el teatro. La mayoría de nosotros nos sumergimos en el primer género literario, sintiendo desconfianza ante algo, aparentemente más elaborado, como la poesía o el teatro. Sin embargo, autores como Bécquer o Shakespeare, han ayudado mucho a que los lectores ahonden respectivamente en estos dos géneros literarios.


De los tres, siempre he creído que el más apartado del gusto convencional es el teatro, a pesar de que tanto tragedias como comedias simbolizan muchos mitos modernos, además de un largo glosario de palabras que encuentran su origen etimológico en este punto de la literatura; sobre alguna de ellas, como “persona”, ya hemos hablado en este mismo blog.


En cualquier caso, pienso que conocer el teatro más primitivo, nos ayuda a comprender mejor la historia de la humanidad, además del periplo de las artes escénicas y literarias alrededor de los siglos, porque no olvidemos que el drama tiene su origen siglos antes de advenimiento de Cristo. Asimismo, todavía hoy, el teatro es un espectáculo puro y magnífico, inherente a grandes ciudades como Nueva York o Londres, pero que también puede encontrarse en su versión más minimalista en centros cívicos, asociaciones, clubs y colegios.


Por todo ello, voy a embarcarme en un ambicioso proyecto sobre el teatro más primitivo, el teatro de la Antigua Grecia. A tal efecto, me centraré en tres de sus dramaturgos más recordados: Esquilo, Sófocles y Eurípides, los poetas trágicos por excelencia.


Por el momento, nos basta saber que el teatro occidental se gestó en Atenas, alrededor del siglo V a. C., siendo los mencionados poetas clásicos los fundadores del teatro tal y como lo conocemos hoy en día, salvando las distancias. Pero antes de comprender la importancia de sus obras y de sus clásicos personajes como el maldecido Edipo, la vengativa Medea o las desesperadas troyanas, más nos vale comprender un poco el contexto histórico y cultural de la Antigua Grecia, civilización donde comenzó el teatro.


Pero de todo ello hablaremos en una larga serie de artículos que comenzaré a publicar próximamente. Finalmente recordemos que el teatro, así como la prosa o la poesía, no es más que otra pata del profundo y vasto arte de escribir.


Iraultza Askerria



domingo, 13 de abril de 2014

¿Por qué escribimos? II


It's not about demographics, it's about productivity growth! - JFabra


En el anterior artículo, desvariaba abiertamente y sin tapujos sobre las razones que nos motivaban a escribir. Repasaba varios puntos como la necesidad de imitar a los genios que leemos o reproducir las experiencias que nos consumen por dentro. También hablaba de la escritura como una vocación, un pasatiempo personal tan válido como quien colecciona minerales o gusta de cazar palomas. Además, razonaba como el escritor vivía de la aceptación de sus lectores, sin los cuales es incapaz de seguir adelante.


Pero pienso que la respuesta a “¿por qué escribimos?” es tan amplia como variopinta, y cada autor podrá redactar un tomo entero como contestación a dicha cuestión. Cada alma lírica es un universo y cada cual sabrá las razones por las que se dedica a escribir.


Yo intentaré desentrañar las mías.


Dinero


Sinceramente, dudo que haya algún escritor de arte que escriba por mero dinero. Aunque los autores de best-seller ganen una millonada en concepto de ventas, estoy seguro de empezaron a escribir novelas por vocación, porque se lo pedía el alma.


Creo, además, que quien escribe de una forma regular, holgada y esforzada termina convirtiendo en profesión lo que al principio era una vocación. No se escribe por dinero, pero escribir puede ayudar a conseguirlo.


De hecho, uno de los sentimientos más enriquecedores es poder materializar en patrimonio lo que en verdad nos gusta: escribir. Si bien, nunca seremos multimillonarios con nuestros textos, es muy posible que nos dé para vivir.


Entendimiento



Porque escribir, en la inmensidad inimaginable de todos los espacios, es todavía la mayor de las aventuras.



Robert Coover


Dijo Sócrates aquello de “conócete a ti mismo”. El ser humano, como ser emocional, siente dudas existenciales a lo largo de toda su vida, dudas que carcomen profundamente tanto el alma como la cabeza del elegido. Afortunadamente, el mero hecho de escribir ayuda a desentrañar las vacilaciones y recobrar la seguridad en uno mismo.


Escribir es una forma de entender la naturaleza y saber cuáles son los sentimientos del alma humana. Pienso que la escritura no es más que una lectura analítica, donde la razón se empapa de sabiduría. Puesto que todo el conocimiento del ser humano, todas las ideas, se transmiten bien con iconos o con palabras, escribir es el puente para desempolvar dicha sabiduría.


Se puede decir, en definitiva, que escribo para entenderme a mí mismo y para entender al mundo. Posiblemente, nunca consiga ni lo uno ni lo otro, razón por la que seguiré escribiendo toda la vida.


Supervivencia


Pienso que el nivel de empatía de los escritores es tan inmenso que son incapaces de guardarse sus propios sentimientos. O cuentan lo que sienten o explotan. Para ellos escribir es la necesidad de mantenerse vivos, casi tan importante como el dormir o el comer.


Esta razón, imperecedera y real, está firmemente asociada al deseo de escribir. Es una necesidad anhelada, una adicción de la que ningún autor puede desprenderse. Moldear las palabras, reproducir los eventos, hacer magia con las vocales y las consonantes. Todo ello para no morir en el vano intento de vivir.


Escribir es nuestra razón de ser y, por tanto, nuestra vida.



Escribo para ser yo misma y para hacer que mi pueblo exista



Mircea Dinescu


Pero, en resumen, ¿por qué escribo?


A lo largo de estos dos artículos he pretendido desnudar mi alma en un intento, casi categórico, de responder a dicha pregunta. Han brotado las siguientes palabras clave: imitación, aceptación, vocación, dinero, entendimiento y supervivencia. Ahora llega el momento de olvidarse de la filosofía más académica para hablar de mí y de mi literatura, con la mayor de las franquezas.


Escribo para no quedarme tonto. De hecho, si llevo unos pocos días sin escribir, noto como mis pensamiento se ensucian, las palabras se entorpecen en mis labios y soy incapaz de razonar. El proceso de escribir es un mecanismo para excitar mis neuronas y mi cerebro; sin él, me atrofio. No hay sensación más frustrante que sentirse inútil, y esa impotencia aparece cuando no escribo.


Escribir es además la única herramienta que tengo para buscar la eternidad, aunque sea una eternidad insuficiente o imposible. La mera reflexión de saberme un ser caduco, con los días contados, me desespera, me enloquece, y de esta manera, busco en la literatura una firma que trascienda a mi lápida.


La escritura me permite además servir de memoria, tanto individual como colectiva. En mis textos, escritos a lo largo de los años, se esconde una parte de mi vida y de la de mi entorno, unos recuerdos que, una mente olvidadiza como la mía, sólo puedo inmortalizar al escribirlos. Es por eso que, al leer viejos textos, evoco vívidamente episodios pasados de este universo que comparto con vosotros.


Finalmente, tengo que hablar del placer que me produce la escritura. En parte es uno de las goces más completos. Escribir es la satisfacción de crear escenarios, paisajes, ambientes, mundos, universos y vidas; algo así como una paternidad, como la sensación de ser padre y sentirse orgulloso de sus hijos. La escritura produce en mí un placer solitario, casi onanista, que solo puedo compartir, mucho tiempo después, con mis lectores.


Iraultza Askerria



domingo, 6 de abril de 2014

Pautas para escribir una novela


23 de Abril - Día del Libro. - Julio Codesal Santos


Yo no soy quién para decir cómo se debe escribir un libro. De hecho, posiblemente, sea el más irregular de los escritores y en el que menos se puede confiar. En cualquier caso, estoy seguro de que el mundo está repleto de autores mucho más constantes y laboriosos que yo, que podrán encontrar en la teoría literaria las pautas a seguir para desarrollar una novela.


1. Preliminares


Bajo este subtítulo quiero agrupar el desarrollo de la idea inicial de la novela. No ha de ser ni el final ni la trama compleja ni el desenlace ni las escenas estructuradas. Basta un pensamiento nimio, un razonamiento fugaz, una idea que podría atender a:



  • la imagen de un ambiente, como un bar atestado de gente, un cementerio donde sucede un asesinato, etc

  • la caracterización de un personaje, que no tiene porque ser el protagonista

  • una sucesión de escenas sin un claro trasfondo: pelea callejera, persecución automovilística, detención policial, fuga de una cárcel…


Una vez tengamos la idea, por vaga que fuera, hay que proceder a transformarla en concepto. Una investigación alrededor de dicho concepto ayudará a consolidarlo. Ver películas, leer libros, pasear por escenarios similares, hablar con personas de un perfil parecido al de nuestros protagonistas nos ayudará considerablemente. Luego será necesario condensar tanta información en escenarios, episodios y personajes.


Tras un duro sondeo, la ideal inicial se habrá convertido en un concepto argumental.


2. El hilo argumental


¿Cuál va ser la estructura narrativa de la novela? ¿Podemos utilizar un narrador omnisciente o es mejor emplear un narrador protagonista que se explaye emocionalmente durante la trama? ¿Podremos hacer uso de la técnica literaria in medias res o conviene limitarse al tradicional ab ovo ? Ahora es un buen momento para responder a estas preguntas.


Cualquier historia gira alrededor de un conflicto que, por regla general, se opone al objetivo del protagonista. En las novelas clásicas podemos hallar algunos conflictos como “protagonista contra la naturaleza”, “protagonista contra lo sobrenatural”, “protagonista contra personaje” u “protagonista contra uno mismo”. Este último conflicto quizá sea el más difícil, y sólo algunos grandes autores como Oscar Wilde han sabido llevarlo a cabo con toda genialidad.


Queda la pregunta más difícil de responder: ¿cuál es el tema de la novela? La venganza, los celos, el amor, el crimen, el conocimiento, el orgullo, la supervivencia, el egoísmo son sólo algunos de los más utilizados. Es común que en una novela interfieran diferentes ejes temáticos.


Una vez respondidas dichas cuestiones, no queda más que resumir el hilo argumental, así como las escenas y los detalles más trascendentales. En definitiva, en este punto redactaríamos el primer guión, que no ha de ser, para nada, un férreo manual que seguir a rajatabla.


3. Los personajes


Sobre los personajes he publicado algunos artículos específicos , intentando abarcar la importancia de los mismos, como evitar errores y pequeños trucos para no olvidarnos de ellos . Los personajes hay que mimarlos durante la novela, porque son los verdaderos artífices de la historia.


Como regla ineludible, un personaje tiene que ser equilibrado. Ni en la vida real ni en la ficción los hay muy buenos ni muy malos. Tener clara esta limitación hará que los protagonistas y antagonistas tengan una personalidad real y acabada. Los defectos son tan vitales como las virtudes.


Una vez se dispongan los personajes, hay que entrar en su mente. Conocerlos, tocarlos, comprenderlos. Saber cada uno de sus movimientos, reacciones y características. Es, probablemente, el trabajo más peliagudo antes de entrar de lleno con la escritura de la obra, pero también el que más beneficios rendirá a la hora de la verdad.


4. El ambiente


Desarrollado el hilo argumental y los personajes de la trama, sólo queda pendiente diseñar los escenarios de la historia. Hay novelas donde el ambiente es mucho más importante que sus protagonistas. No hay que desdeñar la repercusión del escenario.


El primer paso es visualizar en la mente el lugar donde se desarrollará el argumento. La ambientación parte por dos preguntas clave: dónde y cuándo. Ciudades, pueblos, estilos arquitectónicos, interiores, climas, contingencias sociales, noches, mañanas, costas, paisajes extranjeros, comunicaciones, contexto histórico… Los detalles a tratar son innumerables.


El ambiente es perceptible tanto por los personajes como por los lectores. Consecuentemente, no vale centrarse únicamente en la vista; los sentidos del oído, el olfato, el tacto y el sabor son harto importantes. Sirva de muestra la novela El perfume, donde los aromas describen constante y grandemente los pasajes de la obra.


5. Y ahora ponte a escribir


Habiendo resumido la trama, los personajes y los ambientes, queda lo más difícil: escribir. No obstante, si se siguen las pautas anteriores, el proceso de escritura será más llevadero.


No olvides diseñar tu propio espacio para escribir y programar unas horas del día para dedicarte a ello. Si consigues transformar la escritura en hábito, no habrá nada que pueda obstaculizar la consolidación de tu novela. Ni de la primera ni de la última.


Espero que este pequeño tutorial tenga alguna utilidad para quiénes, con una idea en la mente, no sepan como desarrollarla. La literatura no es una ciencia de principios irrefutables, pero asimilar ciertas reglas permitirá llevarla a cabo con mayor facilidad.


Iraultza Askerria



domingo, 16 de marzo de 2014

¿Por qué escribimos?


Colección visual de caligrafía - Silvia Cordero Vega


Hay una cuestión, imperecedera, genuina y constante, que sobrevuela la mente de cualquier artista dedicado a la literatura. ¿Por qué escribimos los escritores? ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo intrínseco que nos impulsa a sobrellevar una carga tan pesada con los sentimientos de nuestros protagonistas? ¿Qué hace que amemos tanto la soledad de un escritorio y la ardiente intimidad de la bombilla de un flexo? ¿Cómo es posible que un ser humano tenga tanta disposición, tanta ansia, tanto deseo de estampar palabras y pensamientos sobre una lámina de papel blanco?


¿Dinero? ¿Fama? ¿Vocación? ¿Sosiego? ¿Comprensión? ¿Sabiduría? ¿Compañía? ¿Ética? ¿Moral? ¿Mera fatalidad del destino? ¿Simple encuentro con uno mismo? ¿Desmesurado orgullo? ¿Tímido hastío con la realidad? ¿Exceso de demencia e imaginación?


Las respuesta son muchas, tan variables como agotadoras, y cada escritor, cada novelista, cada poeta podrá esgrimir su propia explicación. Lo cierto es, que sea cual sea la contestación, no es una respuesta fácil. Sin embargo, voy a intentar aclarar esta histórica pregunta desde la experiencia personal, simplemente, por el mero deseo de desnudarme ante vosotros.


Escribo porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún hecho sobre el que deseo llamar la atención.


George Orwell


Imitación


La mayoría de los escritores no nacen de escribir, nacen de leer. Las lecturas ininterrumpidas, como un virus, malsanas, resultan contagiosas para la mente humana, y así como el Quijote se sintió tentado de reproducir las aventuras caballerescas que devoraba en su biblioteca, los escritores necesitan simular lo que leen. De esta manera comienza un escritor: leyendo.


Tras tantos años dedicados a la lectura y a la escritura de todo tipo de libros, me doy cuenta de que los autores imitados forman una larga lista: Homero, Vladimir Nabokov, William Shakespeare, Gustavo Adolfo Bécquer, John Ronald Reuel Tolkien, Stephen King, etc. Fueron los maestros remotos, los examinadores ausentes de las viejas glorias de un niño extraviado, los incitadores de la inspiración.


Pero el escritor no sólo emula a los genios que lee. Existe algo mucho más sereno, íntimo y portentoso: la simulación de la propia realidad. Reproducir las experiencias, los sentimientos, lo que vemos, oímos, tocamos, olemos y saboreamos. Posiblemente sea ésta una de las razones más primigenias por la que el escritor escribe.


Escribo para contar mi realidad, para narrar los episodios de mi mundo único, para desempolvar recuerdos, para hablar de mí, de ti, de nosotros, de ellos y de cuanto me rodea.


Vocación


Pero hablando en plata y con la franqueza más objetiva, nosotros, los escritores, escribimos porque no gusta. Otras respuestas no son más que filigranas y ornamentos para volver ostentoso y genial este simple motivo.


Escribir es una vocación, un pasatiempo, un hobby, un acto donde se sustenta la comodidad y la calma del autor. Emborronar de palabras la imaginación es la droga que nos mantiene sonrientes, el ocio en el que se extrapolan nuestros placeres.


La vocación de contar historias, la vocación de escribir finales, la vocación de jugar con vidas de hombres y mujeres que no existen, la vocación de regodearse con algo que sólo es nuestro, la vocación de originar multiversos en nuestra mente inmensa.


Escribo porque me gusta, escribo porque cuando lo hago el mundo se detiene a cada palabra que anoto y se alivia con cada coma y se enternece con cada adjetivo y actúa con cada verbo. Ser dios y escritor es casi lo mismo.


Escribo porque es lo mío.


Aceptación


Pienso, y lo pienso desde el pecado, que los escritores somos especialmente orgullosos. Nuestra vanidad roza la egolatría diría yo. Firmamos nuestras obras con una meticulosidad propia de quien se cree eterno. Quizá una dura referencia a la complejidad mortal del ser humano, empeñado en trascender su propia muerte.


Sea como fuere, el artista, y de esta manera, el escritor busca la incansable admiración del lector, que la fama romana expanda los rumores de su literatura de un lado a otro de los continentes. La consagración del artista, la popularidad del inventor de cuentos, un sueño perseguido, en mayor o menor medida, por los escritores de a pie que, llanamente, necesitan ser aceptados por la sociedad.


Porque al ser humano le encanta ser el centro del mundo y captar la atención de los demás. Muchos lo consiguen con la especulación, con la seducción, con la competitividad, con la simpatía… pero otros desgraciados, como los escritores, sólo pueden alcanzar la fama con una herramienta tan prosaica como la literatura y ser aceptados en un mundo cruel, meramente, por lo que escriben.



Escribo para no ser escrito.



Rodolfo Enrique Fogwill


Por temor a que este artículo se alargue en demasía, voy a dar por finalizada esta primera parte, esperando publicar la continuación en unas pocas semanas. Hasta entonces que decir tiene que cualquier respuesta a la pregunta ¿por qué escribimos? será bienvenida. Sin duda, las opiniones y puntos de vista serán incontables.


Iraultza Askerria



domingo, 9 de marzo de 2014

Falta poesía, sobra miedo


faltpoesiasobremiedo Caminaba yo a las siete de la mañana por la calle, pensando en lo poco que había dormido y en lo mucho que no había escrito, cuando de repente, en una esquina desconocida y asombrada de sombras, divisé unas letras de color rosa. Rezaban lo siguiente:



Falta poesía sobra miedo



Me detuve un instante y observé el pétreo muro conmovido por la emoción. En su pared desconchada el fino trazo de una musa se deslizaba dispuesta a sembrar una revolución. Pero en la calle nadie se había percatado del eslogan; el mundo giraba agobiado sin un momento para detenerse a mirar el cielo.



Falta poesía sobra miedo



Resonaban los vocablos en el interior de mi cabeza, encadenando tras su eco un recóndito vaivén de palabras y pensamientos.


Sobra miedo… ¿Miedo? Miedo a perder un trabajo ingrato, miedo al embargo de una casa hipotecada, miedo a que la esposa sea infiel, miedo a que el marido regrese borracho tras el partido de fútbol, miedo a que el niño suspenda las asignaturas impuestas por un gobierno nada intelectual, miedo a que la muchacha pierda la virginidad con quince años, miedo a la muerte que es la vida, miedo a la propia vida, miedo a la charla, miedo a ayudar, miedo a preguntar y a responder, miedo a leer y miedo a escribir, miedo a mirar y miedo a escuchar, miedo a los animales y a los seres humanos, miedo a la verdad y miedo a la mentira, miedo a la inseguridad y a la policía. Miedo en un mundo gobernado por el miedo.



Falta poesía sobra miedo



Falta poesía, ¿qué es poesía? Y entonces sí, afloran las respuestas. Poesía eres tú. La poesía no la entiende ni dios. La poesía no sirve de nada. Pero sí, poesía eres tú; hagamos poesía porque falta poesía. ¿Dónde quedaron Lorca y Bécquer? ¿Quién traducirá a Shakespeare o a Baudelaire en los años venideros? ¿Habrá otro bello navío iluminado por un rayo de luna. ¿Quién conoció a Hernández? ¿Y a Aleixandre? ¿Y a Darío? No, no hablo del rey persa. Y dime, ¿serás tú el próximo caudillo lírico capaz de luchar contra el miedo de la gente? ¡Salid poetas y con sonetos componed barricadas! ¡Salid y con rimas proclamad libertades! El poeta en la calle, el poeta en la revolución, el poeta que habla porque no le asusta leer lo que escribe.


En todo esto pensaba yo, a las siete de la mañana de un lunes, cuando eché a correr hacia la estación ferroviaria por miedo a perder el tren. En el vagón leí algún poema de Machado, pero por miedo a saltarme la parada abandoné la lectura a los pocos minutos. Llegué a la oficina pensando en como culminar aquel soneto que había dejado a medias y al llegar a mi despacho me atiborré de dos cafés por miedo a quedarme dormido en mitad de la jornada. En ese instante, cuando la cafeína activaba el sistema nervioso, me percaté de que aquel anónimo rebelde tenía razón.



Falta poesía sobra miedo



Incluso a los poetas nos sobraba el miedo.


Al día siguiente pasé por la misma calle a la misma hora. Me percaté de que aquel verso había desaparecido. Supongo que algún empleado a cargo del ayuntamiento había borrado la poesía por miedo a perder su trabajo.


Sirva este pequeño artículo como recuerdo de aquella efigie borrada.



Falta poesía sobra miedo



Iraultza Askerria



domingo, 2 de marzo de 2014

El trofeo de la guerra



“… dejarán como trofeo, a Príamo y a los troyanos, la argiva Helena.”



Homero; Ilíada, canto II (verso 158).


Cuadriga en la Puerta de Brandeburgo - dietadeporte En un mundo tan competitivo como el nuestro, la palabra trofeo aparece constantemente en periódicos, televisión y cualquier otro medio de comunicación, siendo especialmente notable su tedioso protagonismo durante los eventos deportivos. Así, los trofeos de tenis, fútbol o motociclismo, copan el lustre de tantas noticias destacadas.


Sin embargo, pese al frecuente uso de la palabra trofeo, pocos conocen su verdadero significado. Intentaremos desentrañarlo y saborear, de esta forma, las mieles de la victoria.


Del castellano al indoeuropeo


Tal y como explica el Diccionario de la Real Academia Española, trofeo proviene del latín trophae u m , vocablo escogido del griego τρόπαιον. La palabra deriva de la forma verbal τρέπω(trepō), y esta a su vez del nombre τρόπος(tropos). Esta última palabra se traduce como “vuelta” o “giro”, teniendo su origen en la raíz indoeuropeatrep.


Trofeo no es la única palabra del diccionario que comparte este origen etimológico. De ejemplo puede servir tropismo: movimiento de orientación de un organismo sésil como respuesta a un estímulo. Si bien este último sustantivo ya tiene implícita una cualidad móvil y por ello se puede entender su relación con la palabra griega “vuelta”, ¿qué demonios tiene que ver un trofeo con todo esto? Los trofeos, por sí solos, ni se mueven, ni giran, ni vuelven, ni regresan, por lo que de primera mano, parece una broma su origen etimológico.


Pero nada más lejos que la realidad.


Los trofeos de la Antigua Grecia


Ahora debemos adentrarnos en los entresijos de la historia, esos engranajes que, desconociéndolos, han provocado la fisionomía del mundo en el que vivimos.


Por todos es sabida la fama bélica de los griegos, sustentada en ocasiones sobre antiguos mitos como la Guerra de Troya y otras sobre acontecimientos históricos de la categoría de las Guerras Médicas o las conquistas de Alejandro Magno. Con esto, nos cercioramos de la voluntad belicosa de los antiguos pobladores de Grecia.


Pero tal y como recitan las gloriosas epopeyas de Homero, los guerreros aqueos no luchaban únicamente por el control territorial o las riquezas. Había algo, si cabe, más importante: el honor. Así nos lo demuestra la Ilíada, cuando Menelao marcha a Troya a rescatar a su legítima esposa y en una batalla contra Paris, éste escapa como un cobarde, girándose sobre sus propios talones, volviéndose hacia la protección de las murallas de Troya.


Sin embargo, Menelao, el bizarro rey de Esparta, no pudo dar alcance a Paris. Si lo hubiera logrado, habría dado muerte al joven príncipe troyano jugándose una merecida venganza, después le habría despojado de sus armas, armaduras y cualquier otra joya de valor, y finalmente, habría regresado al mismo lugar donde Paris había comenzado su huida (su vuelta, su giro) y ahí mismo habría levantado un monumento con los despojos del cadáver.


En la Antigua Grecia, este monumento alzado con los restos del enemigo en el mismo lugar donde éste se había vuelto en retirada, era conocido, ni más ni menos, como trofeo.


Los trofeos en la literatura


Por lo tanto, los trofeos no eran ni medallas, ni copas de oro, ni cualquier otro tipo de símbolo victorioso que se regalaba al vencedor. Los trofeos eran, simplemente, construidos con las armas y las armaduras de los enemigos, y se levantaban justo donde el ejército rival había comenzado su fuga. Aquí subyace el origen etimológico de la palabra tropos, que recordemos significa: “vuelta” o “giro”.


Una vez conocida esta tradición de la Antigua Grecia, resulta interesante analizar algunas citas de obras consagradas de la Época Clásica.


El dramaturgo Esquilo, en su tragedia Los siete contra Tebas , dice así:



“Hago el voto de rociar con sangre de ovejas los hogares de las deidades, y hacer en honor de los dioses sacrificios de toros y erigir un trofeo con las vestiduras de los enemigos y dedicar a los santuarios el botín conquistado en la lucha.”



Esquilo; Los siete contra Tebas.


El poeta trágico Eurípides también hace referencia a esta ancestral tradición en Los Heráclidas :



“Hemos vencido a los enemigos y se han erigido trofeos que contienen la armadura completa de tus enemigos.”



Eurípides; Los Heráclidas


Incluso Miguel de Cervantes , tal y como podemos leer en etimologias.dechile.net, manifiesta esta costumbre aquea en su archifamoso Don Quijote de la Mancha:



Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y por no haber salido a la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos, levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.



Los trofeos a lo largo de la historia


Conocido ya el origen de los primeros trofeos, conviene señalar que esta práctica griega de conmemorar los éxitos militares fue adoptada por los romanos. No obstante, lejos de erigir estos monumentos en el campo de batalla, los generales de Roma optaron por edificar dichas obras en la entrada de las propias ciudades.


Inicialmente se edificaron columnas rostrales , en cuyos fustes se colocaban los espolones de los navíos enemigos apresados. Después se construyeron arcos rudimentarios, sobre los que colgaban las armas y armaduras capturadas al adversario a modo de trofeo. Finalmente, estos arcos se convirtieron en obras colosales de arquitectura, olvidando la razón genuina de exhibir los despojos del rival, y naciendo así los famosos Arcos del Triunfo.


En la actualidad, los trofeos han ido evolucionando hacia sencillas representaciones de éxito, como copas, placas conmemorativas, medallas, etc. Sin embargo, aún queda el viejo sabor de capturar los despojos del enemigo y exhibirlos con orgullo, tal y como sucede en la cinegética: los trofeos de caza. Resulta muy común ver en los ranchos de los cazadores, diferentes cabezas de jabalí o cornamentas de ciervo que tienen el mismo poder simbólico que los ancestrales trofeos de la Antigua Grecia.


¿Y que nos dice el diccionario?


Vale la pena asimilar la acepción de la palabra “trofeo” indicada por el DRAE, ya que en cada uno de sus significados se concentra parte de la historia que acabamos de narrar:



  1. Monumento, insignia o señal de una victoria.

  2. Despojo obtenido en la guerra.

  3. Conjunto de armas e insignias militares agrupadas con cierta simetría y visualidad.

  4. Victoria o triunfo conseguido.


Un trofeo a los cobardes


Me gustaría finalizar este artículo recordando a todos esos guerreros que en el campo de batalla giraron sobre sus propios talones, en un intento de volverse hacia la vida y escapar de la muerte.


Sin ellos, el trofeo, en su sentido más primigenio, no hubiera llegado hasta nosotros, y siempre resulta enriquecedor conocer el origen de las palabras, que además de enseñarnos algún capítulo de la historia, nos demuestra que, en el mundo etimológico, nada ocurre por casualidad.


Iraultza Askerria



domingo, 23 de febrero de 2014

Las pirámides y las piras funerarias

La pirámide roja - MrOmega Últimamente me he encontrado a mí mismo releyendo algunos cantos de la Ilíada, casi con una indiferencia propia del placer derivado del tiempo libre. Durante una de dichas lecturas, no pude dejar de imaginarme el cadáver del joven Patroclo, consumido por las llamas ante la atenta mirada de Aquiles.

Mientras el héroe mirmidón lloraba a su compañero, asesinado en la cruel Guerra de Troya, los egipcios y los hititas se discutían la posesión de las costas orientales del Mediterráneo. Al igual que la civilización griega, tanto el Antiguo Egipcio como el Imperio Hitita tenían sus propios ritos funerarios, siendo especialmente famosos los monumentos fúnebres egipcios. ¿Quién no ha soñado alguna vez con entrar en alguna pirámide, símbolo de la inmortalidad y de los secretos más ambiguos?


El significado moderno de la pirámides


Por encima de cualquier otro significado, la pirámide es un edificio monumental levantado antes de nuestra era por los fervientes egipcios, quienes enterraban a sus faraones en el interior de estas colosales tumbas. No son las únicas pirámides que han sobrevivido a las civilizaciones: las pirámides de los incas tienen el mismo valor histórico.


Sin embargo, según la RAE, la primera acepción del término pirámide se refiere a su forma geométrica: una base sólida y poligonal que se estrecha hacia el interior a medida que crece, juntándose al final en un punto central, en su vértice.


Además, si concebimos esta estructura física en un plano bidimensional, se dibuja otra imagen utilizada, frecuentemente como esquema pictográfico: la pirámide alimenticia, la pirámide social, la pirámide de edades, la pirámide de Maslow, etc.


El nacimiento griego de la palabra


Viendo los múltiples significados de estevocablo,conviene atender a su procedencia etimológica.El término proviene de la Antigua Grecia, allí donde sabios como Aristóteleso Pitágoras cultivaron todas lasciencias, desde matemáticas y astronomía hasta poesía y música.En aquellos tiempos ya se utilizaba la palabra pirámide en su forma griega,πυραμίς, que nosotros transcribiremos comopyramis .


Pese al supuesto origen griego del vocablo pirámide, han sido muchos los intentos de relacionar su procedencia con la lengua egipcia. Algunas de estas relaciones se inspiran en raíces como “per-am-is”, que viene a significar La casa de Isis. En este punto, os propongo recordar el cimiento etimológico de la palabra faraón.


El significado de la pirámide


Aceptado el origen griego del vocablo, restan algunas preguntas importantes: ¿nació esta palabra para designar los cuerpos piramidales? O, por el contrario, ¿se utilizó expresamente para identificar las pirámides funerarias egipcias? Son preguntas, que, posiblemente, nunca podrán ser reveladas y confunden un poco más el significado etimológico de la palabra pyramis; sobre la que predominan dos teorías:


Una de ellas, promulgada por el Diccionario de la Real Academia Española y por el eminente etimólogo Joan Corominas , defiende que, primitivamente, pyramis hacía referencia a un pastel o tortita elaborado a base de trigo por los griegos, que tenía una configuración piramidal. Desgraciadamente, no ha llegado hasta nuestros días ningún rastro de esta receta de repostería y es más apropiado pensar que dichos dulces recibían este nombre por su estructura de pirámide, no porque instaurasen el origen de la expresión.


Por tanto, hay que atender auna segunda teoría sobre el origen etimológico de pyramis . Comparativamente hablando,un cuerpo piramidal, como las tumbas funerarias egipcias, tiene cierto parecido con las piras funerarias: en la base el amontonamiento de leña que sevaestrechandopaulatinamente a cada elevación;a mitad del montículoaparece el cuerpo del cadáver y, finalmente, sobre él, las llamas que crecen yconvergenhasta conformar un vértice de humo.


Ahora, viene la interesanteasociación de imágenes e ideas:pyramis contiene el término pyra ,que en griegosignifica “pira” u “hoguera”.A su vezpyra nace de la raíz indoeuropea pyr , que viene asimbolizar el fuego o la llama.En definitiva, según esta teoría,hay que alinearla palabra pirámide con una pira funeraria, considerando asimismo la raíz de ambos términos.El prefijopyro aparece en un sinfín de palabras del diccionario español, como pirómano, piromancia,la propia pira, o tal y como hemoscomprobado,lapirámide.


Aquí finalizo este pequeño artículo sobre el origen etimológico de la palabra pirámide, que a partir de ahora, conviene visualizar como una pira rodeada de un fuego purificador, aunque manteniendo el simbolismo religioso y eternal que siempre la ha caracterizado.


Iraultza Askerria



domingo, 16 de febrero de 2014

domingo, 9 de febrero de 2014

La sencillez de la escritura



“ —Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: ‘Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa’.

El alumno escribe lo que se le dicta.

— Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno después de meditar, escribe: ‘Lo que pasa en la calle’.

—No está mal —dice Mairena”.


Antonio Machado



Dia 100: Frases vienen y van - Angel Arcones Antes de comenzar, hay que tener clara una cosa: los escritores escriben para que los lean. Pueden ser leídos por el prójimo, el amante, el amigo, el padre o la madre, o incluso, por el escritor mismo. Pero escriben para que los lean. Punto.


El texto escrito y abandonado por el lector es una aguja en el corazón del escribano, una verdadera tortura. Ahora bien, ¿cuáles son las razones para que una obra sea relegada al olvido? ¿Qué motivos interfieren en la valoración positiva de los lectores? Aunque respuestas hay muchas, existe una regla general para cualquier tipo de texto: la escritura debe ser sencilla y refinada.


La peligrosa complejidad del autor novel


Aunque sobre este capítulo se podría escribir un largo ensayo (y más admitiendo los derroches literarios de este servidor), intentaré resumir la idea principal: los escritores principiantes tienen a excederse con la literatura.


El autor novel, en vez de aprender utilizando formas simples y sencillas, se embarca en un cúmulo de retórica, sobrecargada de metáforas y kilométricas frases subordinadas. El catálogo de palabras cultas se desborda en extensas descripciones prácticamente indescifrables para el lector. El desdichado, incluso, tiende a ahogarse entre tanta lírica forzada.


Otro riesgo de los autores noveles, siendo yo la primera representación de este fracaso, es su facilidad para imitar a los escritores consagrados sin comprender en absoluto la técnica de estos. Consecuentemente, brota una prosa tan amanerada, tan impersonal que duele incluso leerla.


El autor novel debe, simplemente, buscar su propia escritura olvidándose de fórmulas complejas, extensas manifestaciones poéticas o descripciones que no se acercan ni un ápice a la realidad. Sencillez, pureza y franqueza es lo primordial en las obras iniciales.


La ficción: historia legible y con ritmo


¿Qué busca un lector? Sencillo: una historia que lo enganche, una narración que en verdad cuente algo, una trama que lo atrape desde el principio hasta el final, incitando que su imaginación se dispare.


¿Y cómo lograrlo? Sencillo: olvidándose de engorrosas estructuras gramaticales, de oraciones largas, de metáforas redundantes y de sustantivos adjetivados como una profusión de maquillaje barato. Sin una transparencia, sin una claridad en la redacción, la trama se convertirá en un infierno. La sencillez es una necesidad para que el lector se sienta atraído por la narración.


Se puede decir que escribir bien significa ser eficaz a la hora de contar una historia, eficacia que únicamente se logra cuando el narrador se hace entender. La ficción no busca deslumbrar con un lenguaje sobrecargado, sino todo lo contrario. La belleza de la literatura es bella, sólo, cuando se comprende.


Lenguaje natural, el lenguaje sencillo


El arte es imitación de la naturaleza. Este es un concepto arraigado en la civilización humana desde hace milenios. La literatura persigue este axioma irrefutable: el arte es natural, sencillo, refinado; no enrevesado, complicado u ostentoso.


Un estilo natural siembra fidelidad, confianza y certeza. Incluso surte un efecto de persuasión sobre el lector, que se traduce en una lectura más profunda y leal. El que lee no quiere encontrarse frente a un texto legal, como una doctrina judicial o una constitución. Busca algo más cercano, más puro y espontáneo. Algo, en definitiva, más sencillo de leer.


Una narración menos natural, inspirada en la artificiosidad y la búsqueda de un lenguaje retórico y metafórico, trae consigo la suspicacia por parte del lector. Lo recargado resulta fingido. El ornato parece una mentira; excusa para ocultar los defectos. El lector lo sabe, y por ello, se sentirá menos apegado a leer semejante parafernalia.


El lenguaje literario tiene que ser natural: tono directo, secuencia clara, ideas nítidas. Entonces la historia podrá ser leída. Para lograr esta naturalidad, sin artificios, sin fingimientos, el texto ha de ser sencillo.


La sencillez de la literatura


Como tal, la literatura es un arte especialmente fácil de comprender y de divulgar. Desgraciadamente, escribir con un estilo sencillo y natural, obviando cualquier tipo de retórica exagerada, es una de las tareas más arduas a las que un escritor se enfrenta en su carrera.


Ciertamente, pocas cosas hay más difíciles que la simplicidad. Pese a todo, se debe escribir aceptando la premisa de la sencillez. De no hacerlo, el texto será tan alambicado que ni el propio autor podrá tragarlo años después de la redacción.


El gran escritor es aquel que dota de fluidez sus textos, haciéndolos legibles y diáfanos para toda la humanidad.



Iraultza Askerria