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martes, 12 de marzo de 2019

Soneto a un caballero

0SIR_1255 -1 SIRIA CRACK DE LOS CABALLEROS - Javier Martin Espartosa

Cabalga, caballero, trota apriesa;
recorre, las llanuras de Castilla;
galopa, mas no olvides que quien brilla
arriba no es el sol, es tu princesa.
Traviesa la muralla tanto gruesa;
alcanza a quien bandidos acaudilla,
sembrando miedo y pánico en la villa.
Acaba al dictador, ¡que allá confiesa!
La paz regresa al pueblo agradecido;
tu nombre loarán en las almenas.
La voz de tu señora hoy te aclama.
Retomas nuevamente el recorrido;
buscando liberar de tantas penas,
al tiempo que te aguarda tu fiel dama.

Iraultza Askerria

martes, 21 de marzo de 2017

La princesa de Gades

Home - Juan Diego JiménezSara abrió entonces los ojos, y con ello, la costa gaditana se llenó de claridad. El sol fulguraba sobre aquella princesa, encamarada a lo alto del faro que alumbraba las caprichosas ondas del Atlántico. Su mirada de niña mimosa rivalizaba con la propia estrella solar. Eran unos ojos de noche estelífera, mucho más nítidos y profundos que la monumentalidad violenta del astro rey. Vida llena de vida.

La brisa marina le retozaba por la cara, creando tibios molinos en su cabello de ébano y agitando cada hebra en una profusión de destellos. El amanecer sonrosado simulando el pudor de sus mejillas virginales. ¿Había algo más bonito que aquel rostro asomado al fin del mundo? ¿Había algo más pleno e íntegro? ¿Más completo? ¿Más perfecto?

Cualquier hombre habría respondido con un no. Sara era la verdadera sirena de Gades, la gran perla de la Bética, la sensual bailarina que desafiaba a la mismísima Teletusa.

De hombros esbeltos y finísimo cuello. Estaba ataviada con un peplo escotado de albino color, y un cinturón que abrazaba su vientre de bizcocho dorado, como la cebada. Bajo los brazos desnudos, el vino fluctuaba trasportando dulzura y en las dársenas de sus dedos se cobijaba en tímidas palpitaciones.

¿Y en sus pechos? Allí brillaba una canción en aleluya, en la mayor, mástil inconmensurable de poesía. Ciertamente, aunque nadie en Gades lo supiera, Sara había recibido el don de Apolo. La décima musa. Sara era poetisa.

Había trascrito sus amores mirando al mar, a veces desde el Templo de Saturno, otras desde el foro, pero siempre con un pergamino y un cálamo, dejando a la imaginación desbordarse desde sus cuencas negras hasta la vastedad del cielo.

Frecuentemente, se despertaba en mitad de la oscuridad, recorría las calles adormecidas de Gades y trepaba por el faro del muelle. Desde la cima podía contemplar el crepúsculo en su máximo apogeo y escribir la belleza de las emociones. Tal y como había intentado hacer aquella mañana.

Pero en esta ocasión, no la habían conducido a lo alto de la torre marina ni sus ilusiones literarias ni su afán por contemplar la hermosura del universo. En vez de ello, gemebunda y llorosa, se había encamarado a la cresta del faro con la única intención de plañir. Desconsolada, perla de concha cerrada, henchida de heridas en el caparazón, cubierta de sal y desabrigada en una playa inhóspita.

La princesa moría de amor.

Aquel joven apuesto y franco, de cabellos rubios y acento íbero, había sido mandado a luchar a las Galias, bajo las órdenes de un general conocido por su temeridad. Cuando la noche anterior se habían despedido con un beso de fuego y nada más, Sara supo que nunca más volvería a verlo.

Ahora, con el joven exiliado a mil kilómetros, su corazón le llamaba a voces y la poesía de su alma brotaba a raudales por los poros de la piel, quemando e irritando las emociones. ¿Valía la pena escribir palabras de dolor, versos atribulados, lírica atormentada? ¿Valía algo la pena cuando el amor se perdía? ¿Y la vida, que era la vida sin un amante, sin una mano suave, sin un abrazo férreo más que pena?

La vida no era nada; y la poesía menos aún.

La princesa de Gades, carcomida por el tormento, no podía ver más allá su romance; y por eso, mientras miraba la luz del amanecer rojo y dejaba que su cuerpo cayera al vacío, no cesó de pensar en él.

Iraultza Askerria

martes, 15 de marzo de 2016

Historia

Photo - {author}
Pintó el Tigris un cauce
fértil en el tiempo,
guardando un ombligo en el seno
de un destino bautizado
con tu nombre de princesa.
Y en las altas pirámides
de las costas del Nilo,
ondas de cabellos negros
dorados por el sol
esculpían en la arena
el rastro de tus pies.
De los belicosos pero pensativos
aqueos, quedaron códices y epopeyas
que al juntar sus sílabas tónicas
describieron el primor de tu figura
a imagen de las musas.
Y en la imperialista y casi eterna
Roma
hubo un amante secreto, un caudillo rencoroso,
un loco agrio y un viejo poco magnificado
que convirtieron el latín
en el acento de tu labio.
Después llegaron los visigodos convertidos,
los árabes que convertían
y los castellanos convencidos
de que el mundo era suyo.
Llegaron los franceses para revolucionar
y los anglosajones para evolucionar,
mientras rusos y alemanes miraban a lo lejos
cómo repartirse la tierra, el cielo y el mar.
Y al final tú naciste,
hembra rosa vestida de blanco
a quien la historia toma en su regazo
para rendirte pleitesía.

Iraultza Askerria

jueves, 18 de febrero de 2016

Soneto a un caballero

0SIR_1255 -1 SIRIA CRACK DE LOS CABALLEROS - Javier Martin Espartosa

Cabalga, caballero, trota apriesa;
recorre, las llanuras de Castilla;
galopa, mas no olvides que quien brilla
arriba no es el sol, es tu princesa.
Traviesa la muralla tanto gruesa;
alcanza a quien bandidos acaudilla,
sembrando miedo y pánico en la villa.
Acaba al dictador, ¡que allá confiesa!
La paz regresa al pueblo agradecido;
tu nombre loarán en las almenas.
La voz de tu señora hoy te aclama.
Retomas nuevamente el recorrido;
buscando liberar de tantas penas,
al tiempo que te aguarda tu fiel dama.

Iraultza Askerria

jueves, 16 de abril de 2015

Princesa escueta

Photo - {author}

Mujer de pocas palabras. Siempre monosílabos. Nuestros diálogos son breves por un lado, y por el otro, un cúmulo de frases ávidas. Nos comemos en silencio. Te pregunto: ¿me quieres? Me contestas que sí.

La respuesta debió hacerme feliz, pero el tono frío de tu voz aún me atormenta.


Iraultza Askerria



domingo, 23 de marzo de 2014

La princesa de Gades


Home - Juan Diego Jiménez Sara abrió entonces los ojos, y con ello la costa gaditana se llenó de claridad. El sol fulguraba sobre aquella princesa, encamarada a lo alto del faro que alumbraba las caprichosas ondas del Atlántico. Su mirada de niña mimosa rivalizaba con la propia estrella solar. Eran unos ojos de noche estelífera, mucho más nítidos y profundos que la monumentalidad violenta del astro rey. Vida llena de vida.


La brisa marina le retozaba en la cara, creando tibios molinos en su cabello de ébano y agitando cada hebra en una profusión de destellos. El amanecer sonrosado simulando el pudor de sus mejillas virginales. ¿Había algo más bonito que aquel rostro asomado al fin del mundo? ¿Había algo más pleno e integro?


Cualquier hombre habría respondido con un no. Sara era la verdadera sirena de Gades, la gran perla de la Bética, la sensual bailarina que desafiaba a la mismísima Teletusa.


De hombros esbeltos y finísimo cuello. Estaba ataviada con un peplo escotado de albino color, y un cinturón que abrazaba su vientre de bizcocho dorado, como la cebada. Bajo los brazos desnudos, el vino fluctuaba, trasportando dulzura, y ya en las dársenas de sus dedos se cobijaba en tímidas palpitaciones.


¿Y en sus pechos? Allí brillaba una canción en aleluya, en la mayor, mástil inconmensurable de poesía. Ciertamente, aunque nadie en Gades conociese esta faceta, Sara había recibido el don de Apolo. La décima musa. Sara era poetisa.


Había trascrito sus amores mirando al mar, a veces desde el Templo de Saturno, otras desde el foro, pero siempre con un pergamino y un cálamo, dejando a la imaginación desbordarse desde sus cuencas negras hasta la vastedad del cielo.


Frecuentemente, se despertaba en mitad de la oscuridad, recorría las calles adormecidas de Gades y trepaba por el faro del muelle. Desde la cima podía contemplar el crepúsculo en su máximo apogeo y escribir la belleza de las emociones. Tal y como había intentado hacer aquella mañana.


Pero en esta ocasión, no la habían conducido a lo alto de la torre marina ni sus ilusiones literarias ni su afán por contemplar la hermosura del universo. En vez de ello, gemebunda y llorosa, se había encamarado a la cresta del faro con la única intención de plañir. Desconsolada, perla de concha cerrada, henchida de heridas en el caparazón, cubierta de sal y desabrigada en una playa inhóspita.


La princesa moría de amor.


Aquel joven apuesto y franco, de cabellos rubios y acento íbero, había sido mandado a luchar a las Galias, bajo las órdenes de un general conocido por su temeridad. Cuando la noche anterior se hubieron despedido con un beso de fuego y nada más, Sara supo que nunca más volvería a verlo.


Ahora, con el joven exiliado a mil kilómetros, su corazón le llamaba a voces y la poesía de su alma brotaba a raudales por los poros de la piel, quemando e irritando las emociones. ¿Valía la pena escribir palabras de dolor, versos atribulados, lírica atormentada? ¿Valía algo la pena cuando el amor se perdía? ¿Y la vida, que era la vida sin un amante, sin una mano suave, sin un abrazo férreo?


La vida no era nada; y la poesía menos aún.


La princesa de Gades, carcomida por el tormento, no podía ver más lejos de su romance; y por eso, mientras miraba la luz del amanecer rojo y dejaba que su cuerpo cayera al vacío, no dejó de pensar en él.



Iraultza Askerria


martes, 3 de septiembre de 2013

Soneto a un caballero

Cabalga, caballero, trota apriesa; recorre, las llanuras de Castilla; galopa, mas no olvides que quien brilla arriba no es el sol, es tu princesa. Traviesa la muralla tanto gruesa; alcanza a quien bandidos acaudilla, sembrando miedo y pánico en la villa. Acaba al dictador, ¡que allá confiesa! La paz regresa al pueblo agradecido; tu nombre […]

jueves, 15 de agosto de 2013

Soneto a un caballero


0SIR_1255 -1 SIRIA CRACK DE LOS CABALLEROS - Javier Martin Espartosa


Cabalga, caballero, trota apriesa;

recorre, las llanuras de Castilla;

galopa, mas no olvides que quien brilla

arriba no es el sol, es tu princesa.

Traviesa la muralla tanto gruesa;

alcanza a quien bandidos acaudilla,

sembrando miedo y pánico en la villa.

Acaba al dictador, ¡que allá confiesa!

La paz regresa al pueblo agradecido;

tu nombre loarán en las almenas.

La voz de tu señora hoy te aclama.

Retomas nuevamente el recorrido;

buscando liberar de tantas penas,

al tiempo que te aguarda tu fiel dama.

Iraultza Askerria



martes, 4 de diciembre de 2012

Te voy a escribir una copla


Te voy a escribir la copla

más bonita de este mundo,

para que cuando estés triste

la releas con orgullo.

Así sabrás que te amo

y me sentirás tan dentro,

que aunque no esté a tu lado,

conocerás cuanto te quiero.


Te voy a contar un cuento,

el más hermoso de todos;

de princesas y dragones

y de un caballero loco;

que tan loco como un sueño

intentó volar sin alas,

para ver si con su empeño

podía alcanzar tu cara.


Te voy a cantar poemas

para que nunca lo olvides,

y que te sientas dichosa

mires por donde lo mires.

Que sientas mis dulces versos

como el roce de la brisa;

que los sientas cual los besos

que nos dimos noche y día.


Te voy a pintar retratos

en un marco de oro y plata,

donde la chica más linda

perdure noche y mañana.

Serán tus labios El Beso,

y tus ojos: ¡La Mirada!

Y en el altar de mis huesos,

tú vivirás encumbrada.


Te voy a trazar un mapa

donde el mundo sea pequeño;

para que tanta distancia

no provoque este tormento.

Porque a mi lado, princesa,

haces del mundo algo inmenso;

y no habrá estrella o planeta

que eclipse el haz de tu cuerpo.


Te voy a decir con versos

lo que nadie nunca ha dicho:

¡Qué te amo, qué te quiero!

¡Qué eres única! Infinito,

una cura y un alivio.

Eres mi fuerza y mi llama,

la razón por la que vivo,

y el aliento de mi alma.



Iraultza Askerria




Archivado en: Coplas, Poemas Tagged: Amor, copla, Cuento, dedicatoria, Poema, Poesía, Princesa, Rima, Verso

domingo, 8 de mayo de 2011

Rima LVIII


Cuanto duele el corazón
por tenerte allá a lo lejos:
en tierra tú, yo en el mar.

Cuanto llora la razón
desgarrada cual pellejos
por no poderte besar.

Princesa mía
cuando... cuando... cuando te veré
Luz de mi vida.

Las mañanas son de noche;
la primavera invernal;
oscura y fría es mi alma

En la mano aferro el broche,
regalo entre tanto mal,
entre tormenta la calma.

Princesa mía
cuando.. cuando.. cuando te veré
Luz de mi vida.

Tan eterno el firmamento
que duele su extensión,
porque siento aún más perderte.

Te tengo en el pensamiento,
tanto vivo de ilusión...
¡ojalá pueda tenerte!

Princesa mía
cuando.. cuando.. cuando te veré
Luz de mi vida.

Iraultza Askerria