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martes, 10 de octubre de 2017

Un cuento de dragones y lagartijas – Érase una vez

The Dragon of Hell - {author}Érase una vez un dragón llamado Eigon.

Vivía solo en una montaña, sin ninguna compañía. Había abandonado su hogar natal en la Tierra de los Dragones porque los demás miembros de su raza se reían de él. Eigon era un dragón adulto y fuerte, pero a pesar de ello, aún no había aprendido a echar fuego por la boca. Y eso le avergonzaba tanto que se había exiliado voluntariamente. Desde entonces, Eigon había vivido muy lejos, en lo más hondo de una gigantesca montaña. Su única compañía eran las lágrimas.

Un día que Eigon estaba llorando en el fondo de su gruta, una pequeña lagartija se topó con él. La lagartija se detuvo para ver de cerca al dragón, intentando adivinar por qué lloraba. Las lágrimas que caían de sus enormes ojos dorados eran tan grandes como ella misma. Tuvo que andar con mucho cuidado para llegar hasta él.

—Hola, dragón. Dime, ¿por qué alguien tan poderoso y grande como tú está llorando? Tú no puedes tenerle miedo a nada.

Eigon no contestó. Escondió la cabeza entre las garras. No quería que nadie le viera llorar. Ni siquiera aquel diminuto reptil. La pequeña lagartija insistió:

—¿Cómo te llamas? Mi nombre es Tija. ¿Y el tuyo?

—Eigon —respondió el dragón, sin ganas de hablar.

—¿Eigon? ¡Me gusta! Cuéntame qué te pasa. Tal vez pueda ayudarte.

Al principio, Eigon no contestó. Se sonrojaba incluso ante aquel pequeño animal de larga cola, del tamaño de uno de sus dientes. Pero poco a poco, hizo frente a sus miedos. Y aún con lágrimas secas en sus resplandecientes pupilas, dijo:

—Estoy triste porque no sé echar fuego por la boca.

Tija lo miró sorprendida, no sabía muy bien qué intentaba decir.

—¿Y eso es malo?

—Soy el único de mi especie que no puede hacerlo. El único dragón. Soy una ofensa para mi raza.

Tija se quedó un instante pensativa. Luego añadió:

—Ahora entiendo por qué lloras tanto. Pero no te preocupes, creo que puedo ayudarte.

—¿De verdad? —exclamó Eigon, emocionado.

Ella lo miró, con una sonrisa:

—Sí, estoy segura.

Los dragones eran los seres más maravillosos del mundo. Eran hermosos y también fieros, pero siempre benévolos. De corazones orgullosos, pocas veces perdonaban a un malhechor o aceptaban en su clan a alguien que no fuera de su condición.

Y eso Eigon lo sabía muy bien.

Cuando conoció a la simpática Tija, nunca pensó que un animalito minúsculo y de voz estridente pudiese ayudarle a recuperar su honor. Seguía pensando lo mismo, pero no tenía nada que perder.

—¿A dónde vamos?

—A las casas de unos viejos amigos míos.

—¿Y esas casas están en unas montañas?

Eigon levantó la mirada. En lo alto de los montes, las cimas estaban nevadas. Por suerte para él, no tendrían que subir hasta arriba.

—Es aquí —indicó Tija.

—¡Impresionante! —exclamó Eigon.

Frente a ellos se alzaba la enorme entrada a una cueva. Las piedras habían sido esculpidas con habilidad. Las más altas se elevaban por encima de la cabeza del dragón. Era gigantesco. Si allí dentro vivía alguien, debía ser dos veces más grande que él.

—¿Quién vive aquí dentro? —preguntó Eigon, receloso.

—Tranquilo, no tengas miedo.

Y la lagartija se escabulló al interior de la caverna, rápidamente.

Eigon se lo pensó dos veces antes de entrar, pero luego no le quedó más remedio que hacerlo. En el interior, un túnel infinito iluminado por antorchas se abría paso hasta el corazón de la cordillera. Al final, llegaron a una enorme estancia que sujetaba mediante columnas de mármol el peso de las montañas. En la oscuridad, surgieron varias sombras, pequeñas y robustas, con el rostro oculto por tupidas barbas de varios años. Eran enanos, los habitantes más misteriosos de Gea.

Tija los saludó con alegría, volviéndose a reencontrar con viejos conocidos. Los anfitriones le dieron la bienvenida unánimemente. Pero ante el dragón se mostraron un tanto desconfiados. Cuando Tija les contó el grave problema de Eigon, los enanos estuvieron más que dispuestos a auxiliarle.

Durante siglos, las cavernas y las montañas más frías habían sido hogar de los hábiles enanos. Con sus magníficas dotes como arquitectos, escultores y mineros hacían de sus cavernosas moradas verdaderos palacios. Además, los enanos también eran excelentes herreros y sabios conocedores de la alquimia. Si alguien podía ayudar a Eigon a recuperar la fe en sí mismo, eran los enanos.

Los primeros días de convivencia fueron duros para el dragón. Necesitaba salir al exterior y volar por los cielos, pero allí dentro era imposible. Ni siquiera podía extender las alas y planear unos metros sobre el suelo.

Por suerte, tenía a la agradable Tija como compañera. Con ella entabló una profunda amistad.

Pasaron los días y los enanos enseñaron a Eigon los secretos del fuego. Al principio, y para desesperación del dragón, las lecciones iniciales eran pura teoría química, donde pautas sobre elementos naturales se confundían con la base científica. El dragón se aburría sobremanera, con tanta lección intelectual. Sin embargo, los sabios enanos le exigieron paciencia y serenidad. “Espera, y sabrás”, solían decir, constantemente.

Y así fue como, dos semanas después, Eigon comenzó a expulsar de su boca los primeros vapores; y luego de un mes ya podía exhalar largas llamaradas y bocanadas de humo. Los enanos y Tija se entusiasmaron y Eigon por primera vez en mucho tiempo, sintió que todo iba bien en su vida.

Días después los enanos mostraron su cara más triste cuando tuvieron que despedir a la pequeña Tija y al gran dragón. Luego de tanto tiempo de convivencia, tenían que regresar al mundo exterior. Pero gracias a la espesa barba que cubría los rostros de los enanos, ni Tija ni Eigon percibieron la pena que sentían sus anfitriones.

Ya en el exterior y bajo un horizonte donde el sol irradiaba toda su fuerza, Tija y Eigon tomaron rumbo hacia las Tierras de los Dragones, el hogar natal de Eigon. Tija decidió acompañarle, al menos un trecho del trayecto.

Esa noche, acamparon en un claro cercano a un río y Eigon pudo encender una hoguera con el fuego de su propia boca. Antes de dormirse, el dragón, entusiasmado por sus logros, estuvo contando historias de sus parientes y de lo maravillosa que era la tierra en la que vivían ellos y los famosos dragones blancos. Eigon no se dio cuenta, pero cuando terminó de narrar las leyendas draconianas y se acostó, Tija estaba melancólica.

Al día siguiente, el dragón se despertó tarde. Había tenido un sueño muy bonito donde el rey de los dragones le nombraba guardián de las Tierras de Fuego. Se dio la vuelta para contárselo inmediatamente a Tija.

Entonces se asustó.

La pequeña lagartija no aparecía por ningún sitio. Eigon se alzó sobre sus garras y echó a volar por encima del bosque. Escudriñó con ojos de lince cada arbusto y matorral en busca de su amiga, y finalmente, la encontró agazapada bajo una roca, junto al río.

El dragón descendió hasta allí.

Tija estaba llorando.

—¿Qué te ocurre? ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

Tija se sorprendió de ver al dragón, y al instante, ofendida, corrió a esconderse en el fondo de su escondrijo, donde Eigon no pudo verla.

—¡Vete! —sollozó ella—. No quiero que me veas llorar.

—¡Vamos, Tija! Sal de ahí. Tú me viste llorando y me ayudaste. Ahora me toca a mí ayudarte a ti.

—¡No!

Eigon sabía que sería incapaz de convencer a Tija con palabras, así que hizo uso de su descomunal fuerza y levantó la roca. La lagartija quedó a la vista del dragón.

Seguía llorando desconsolada.

—Dime, Tija. ¿Qué te ocurre?

—Mírame, Eigon. ¿Cómo soy?

—Pues… —dudó el dragón, desconcertado—. Eres muy bonita.

—¿Bonita? ¡Mírame bien! Soy minúscula, diminuta, pequeña. Quiero ser como tú. Grande, enorme, ¡y poder volar por el horizonte! Pero sólo soy una lagartija. Una pequeña lagartija. Quiero ser una dragona.

Y volvió a llorar, desilusionada.

—Escucha Tija, quizá podamos cumplir tus deseos. En la Tierra de los Dragones vive un poderoso mago que tiene fama de cumplir los anhelos de las personas bondadosas. Tal vez pueda convertirte en una dragona si lo deseas de verdad.

—¡En serio! ¿No estás bromeando? —preguntó Tija, esbozando una sonrisa.

—No, jamás te haría una broma de mal gusto. Vamos. Cuanto antes lleguemos a la Tierra de los Dragones, antes conocerás al famoso mago.

Y de esta forma, Eigon y Tija tomaron rumbo hacia una nueva aventura, buscando cumplir el sueño de nuestra simpática protagonista.

Iraultza Askerria

martes, 3 de enero de 2017

El bastón

Múltiples Facetas - AndreaLa noche estaba cubierta por una fina neblina.

Un hombre fumaba un cigarrillo apoyado contra una farola. Su rostro estaba oscurecido por un sombrero. Unas frondosas patillas le cubrían verticalmente la cara, surgiendo como una plaga en aquella silueta tenebrosa. Vestía un esmoquin negro a juego con el sombrero y unos zapatos de charol, como los de un bailarín de claqué.

Tras una última calada, el desconocido tiró el cigarrillo al suelo. Lo aplastó con un largo bastón que aferraba con habilidad en la mano izquierda. Era de un metal negro, cuajado de estrías, con la cabeza engalanada por una esfera de oro. En la misma se habían engarzado dos pequeños diamantes, como ojos. La parte inferior del báculo quedaba rematada en una doble punta de acero. A pesar de su extravagancia, aquel artilugio era toda una obra de arte y misterio.

El desconocido se enderezó y comenzó a caminar por la calle desierta. A cada paso que daba, se ayudaba del bastón negro, aunque ciertamente no parecía necesitarlo: su figura lucía un cuerpo atlético y saludable. Aun así, el bastón semejaba su tercera pierna, un objeto prácticamente unido a su cuerpo mortal.

Las dos puntas del báculo repiqueteaban sobre las baldosas de la acera, penetrándolas en lo más profundo de sus resquicios, casi con un ímpetu sádico. El desconocido movía el bastón como una extensión de su mano, como una prolongación de su alma y corazón. En ningún momento lo soltaba, agarrándolo justo por debajo de la cabeza dorada.

Al final de la calle, apareció el continente de una joven mujer. Caminaba cabizbaja y en silencio, embutida en un abrigo de piel y con las manos incrustadas en los bolsillos. No se había percatado del desconocido, pero este, al igual que los ojos diamantinos de su bastón, la habían descubierto entre la plena oscuridad.

Cuando ella pasó junto a él, el hombre extendió el báculo horizontalmente. La mujer se vio obligada a detenerse para no chocar contra el objeto. La joven levantó la mirada al instante, tan sorprendida como asustada. Pero los ojos del desconocido no lanzaban ninguna amenaza, solo una inexplicable fortaleza de control y serenidad.

—No me mires a mí —indicó el desconocido—. Míralo a él…

El hombre alzó la vara hasta colocarla frente al rostro de la mujer. La cabeza del bastón con sus diamantes engarzados, atrapó la conciencia de la chica casi al instante, como un hechizo. Ella quedó cautivada por aquel resplandor diamantino. Sus pupilas se habían dilatado hasta cubrir toda la esclerótica.

—Ahora síguenos —pidió el desconocido.

Comenzó a andar por la calle y la muchacha lo siguió.

La noche era fría y tal vez por eso el hombre se desvistió la chaqueta negra para colocarla suavemente sobre la espalda de la joven.

—No conviene que te enfríes —añadió él—. El calor es vital.

Ella no contestó y no dijo nada en el resto del trayecto. Se dio cuenta, aterrada, de que era incapaz de hablar. De repente se había quedado muda. Cualquier persona hubiese querido escapar de la presencia de aquel extraño, pero la muchacha era incapaz de separarse de su porte sobrenatural, tan misterioso como lo eterno. Además, estaba ese bastón, hipnotizador. Sin recapacitarlo mucho, se abrazó a su cuerpo.

Él la rodeó por la cintura.

—Tranquila, ya estamos llegando.

Atravesaron las veredas de un amplio parque, siempre bajo el ritmo parsimonioso que marcaba el bastón. Alcanzaron luego un terreno amurallado y flanqueado por varias filas de abetos. En el interior de la cerca, se erigía un palacio de fachada blanca, con balcones barrocos y una enorme cúpula como techumbre. Todas las ventanas brillaban con un color rojizo, similar al de los diamantinos ojos del bastón.

—Estamos en casa —informó el hombre—. Sujeta un momento.

Entregó a la muchacha el bastón mientras él buscaba las llaves en el bolsillo. La joven, al tomar el objeto, lo sintió liviano, cálido y suave, como un suspiro de amor, como un juguete delicioso. Sorprendida por ello intentó identificar el material estriado que lo componía, pero entonces el hombre se lo arrebató violentamente.

La puerta estaba abierta.

—Pasa.

La muchacha asintió, pero antes de traspasar el umbral, el hombre la cogió de la mano. La chica soltó un respingo entonces, horrorizada. Su piel estaba fría y áspera como el hierro, acaso muerta. No obstante, no pudo pensar mucho en ello ni tampoco escapar de la influencia de aquel desconocido. Del interior del palacio, surgían unas voces femeninas, agónicas y atormentadas. Parecían hienas con voz de mujer muriéndose de hambre. El hombre irrumpió en el edificio arrastrando con fuerza a la muchacha.

Al entrar, la joven se encontró con una decoración pomposa donde predominaban tapices y alfombras de color rojo e incrustaciones de rubí en el techo y los muros. El vestíbulo estaba adornado con varios muebles de madera de pino. No había puertas, aunque sí pasillos que conducían a una u otra habitación. En el centro, una amplia escalinata acolchada en seda carmín ascendía a los restantes pisos.

En uno de los escalones había dos mujeres gimiendo enloquecidas. Cuando vieron entrar al hombre, se lanzaron rápidamente hacia él. De un salto, alargaron la mano hacia el bastón como si les fuera la vida en ello.

—¡Basta! —exclamó él, visiblemente enfurecido.

Azotó con la vara a una de ellas, que protestó con un gemido. La otra, prudente, se alejó arrastrándose por el vestíbulo.

—Reunid a las otras en el salón principal —ordenó a las dos mujeres que desaparecieron poco después por las escaleras. Después se volvió hacia su nueva inquilina—. Sígueme.

La muchacha estaba petrificada por el pánico, pero nada podía hacer salvo mirar con ojos espantados lo que ocurría a su alrededor. El anfitrión la tomó del codo y la ayudó a ascender la larga escalinata.

Cuanto más subían, más voces femeninas llegaban a los oídos de la joven. Algunas sonaban alarmadas; otras, visiblemente excitadas. No emitían ninguna palabra ininteligible. Parecían meros susurros, súplicas o clamores de euforia. Resultaba casi exasperante.

El hombre se detuvo en el rellano, alzó el bastón en lo alto y lo dejó caer terriblemente sobre el suelo. Al instante, las voces femíneas se apagaron por completo.

Después, condujo a la muchacha a un amplio salón adornado con sofás, sillas tapizadas y una vasta cama acolchada de rojo. En la estancia había al menos una docena de mujeres de edades diversas y fisonomías dispares. Las había rubias, pelirrojas y morenas; ataviadas con vaporosos vestidos de volantes o con cómodos pijamas de algodón. Pero todas ellas compartían un mismo sentimiento fanático. Cuando vieron entrar al hombre, bajaron la mirada hacia el bastón y gritaron hechizadas por su presencia.

—¡Desnudaos! —ordenó el anfitrión.

Nadie osó desobedecer la orden.

Seguidamente, condujo a la muchacha al interior del salón, directamente hacia la cama ubicada en el centro de la estancia. Se tumbó en la colcha cuan largo era, se quitó el sombrero y arrastró consigo a la muchacha. Esta cayó a su lado, entre él y el bastón. No pudo evitar contemplar directamente los ojos diamantinos de aquel báculo.

—Bien —dijo el hombre—. Ahora vas a desnudarme. Empieza por arriba.

Ella asintió sin alejar la mirada del bastón. Vio como el hombre lo arrojaba lejos, casi con desprecio. El objeto cayó entre aquella muchedumbre de mujeres desequilibradas, que comenzaron a disputarse la reliquia entre amenazas y arañazos. Pero al final, todas quedaron satisfechas al poder tocar el bastón, aunque fuera durante unos pocos segundos. Entre gemidos y chillidos desconsolados, comenzaron a desnudarse.

La muchacha no olvidó la orden que el anfitrión le había dado. Pasó los dedos entre los resquicios de su camisa, mientras la desabotonaba. Se percató de que el hombre tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente, disfrutando del contacto femenino. La joven le despojó de la prenda un instante después y quedó revelado un busto pálido como la luna, sin un ápice de vello capilar y con los músculos definidos y fuertes como una lámina de acero.

—Bien, ahora sigue con los zapatos. Luego el pantalón —exigió el hombre, alternando las palabras con leves suspiros de deleite. Estaba extasiado—. Después, termina el trabajo.

La joven movió la cabeza de arriba abajo, aprobadora. Se giró para enfrentarse al nuevo quehacer y tropezó con una imagen que no esperaba.

En un lado del salón, las mujeres yacían desparramadas en el suelo, sobre el cúmulo de ropa que anteriormente las había ataviado. Estaban completamente desnudas, exhibiendo sin tapujos la piel bronceada o marmórea, los brazos esbeltos o lánguidos, los pechos firmes o descomunales. Habían formado un círculo alrededor del bastón, y una de ellas se había embutido la cabeza dorada entre las ingles, mientras otra introducía y extraía de la vagina de la compañera aquel preciado objeto, siempre con movimientos delicados y rítmicos. Las demás estaban arrodilladas ante la larga vara, cubriéndola de besos o caricias, al tiempo que se masturbaban solas o con la mano amiga.

Entre tanto, la muchacha no había desestimado la tarea que le había sido encomendada. Sin dejar de contemplar la orgía de las mujeres y escuchando los jadeos de su señor, le despojó del calzado y de los pantalones. Sólo le quedaba una última prenda, antes de poder alzar entre sus manos el trofeo final.

Al volverse hacia el hombre y arrancarle la ropa interior con un agresivo movimiento, se quedó petrificada.

No tenía pene.

Al comprenderlo todo, la muchacha enloqueció con un estruendoso alarido de furia. Saltó de la cama y se lanzó sobre las demás mujeres delirantes.

Sólo cuando pudo tocar el bastón con un triunfal jadeo, se sintió complacida.

Iraultza Askerria

martes, 19 de noviembre de 2013

El bastón


Múltiples Facetas - Andrea La noche estaba cubierta por una fina neblina.Un hombre fumaba un cigarrillo apoyado contra una farola. Su rostro estaba oscurecido por un sombrero. Unas frondosas patillas le cubrían verticalmente la cara, surgiendo como una plaga en aquella silueta tenebrosa. Vestía un esmoquin negro, a juego con el sombrero, y unos zapatos de charol, como los de un bailarín de claqué.


Tras una última calada, el desconocido tiró el cigarrillo al suelo. Lo aplastó con un largo bastón que aferraba con habilidad en la mano izquierda. Era de un metal negro, cuajado de estrías, con la cabeza engalanada por una esfera de oro. En la misma se habían engarzado dos pequeños diamantes, como ojos. La parte inferior del báculo quedaba rematada en una doble punta de acero. A pesar de su extravagancia, aquel artilugio era toda una obra de arte y de misterio.


El desconocido se enderezó y comenzó a caminar por la calle desierta. A cada paso, se ayudaba por el bastón negro, aunque ciertamente no parecía necesitarlo: su figura lucía un cuerpo atlético y saludable. Aún así el bastón parecía su tercera pierna, un objeto prácticamente unido a su cuerpo mortal.


Las dos puntas del báculo repiqueteaban sobre las baldosas de la acera, penetrándolas en lo más profundo de sus resquicios, casi con un ímpetu sádico. El desconocido movía el bastón como una extensión de su mano; como una prolongación de su alma y corazón. En ningún momento lo soltaba, agarrándolo justo por debajo de la cabeza dorada.


Al final de la calle, apareció el continente de una joven mujer. Caminaba cabizbaja y en silencio, embutida en un abrigo de piel y con las manos incrustadas en los bolsillos. No se había percatado del desconocido, pero éste, al igual que los ojos diamantinos de su bastón, la habían descubierto entre la plena oscuridad.


Cuando ella pasó junto a él, el hombre extendió el báculo horizontalmente. La mujer se vio obligada a detenerse para no chocar contra el objeto. La joven levantó la mirada al instante, tan sorprendida como asustada. Pero los ojos del desconocido no lanzaban ninguna amenaza, sólo una inexplicable fortaleza de control y serenidad.


—No me mires a mí —indicó el desconocido—. Míralo a él…


El hombre alzó la vara hasta colocarla frente al rostro de la mujer. La cabeza del bastón con sus diamantes engarzados, atrapó la conciencia de la chica casi al instante, como un hechizo. Ella quedó cautivada por aquel resplandor diamantino. Sus pupilas se habían dilatado hasta cubrir toda la esclerótica de un negro abisal.


—Ahora, síguenos —pidió el desconocido.


Comenzó a andar por la calle y la muchacha le siguió.


La noche era fría y tal vez por eso el hombre se desvistió la chaqueta negra para colocarla suavemente sobre la espalda de la joven.


—No conviene que te enfríes —añadió él—. El calor es vital.


Ella no contestó y no dijo nada en el resto del trayecto. Se dio cuenta, aterrada, de que era incapaz de hablar. De repente se había quedado muda. Cualquier persona hubiese querido escapar de la presencia de aquel extraño, pero la muchacha era incapaz de separarse de su porte sobrenatural, tan misterioso como lo eterno. Además, estaba ese bastón, hipnotizador. Sin recapacitarlo mucho, se abrazó a su cuerpo.


Él rodeó su cintura.


—Tranquila, ya estamos llegando.


Atravesaron las veredas de un amplio parque, siempre con el paso parsimonioso que marcaba el bastón. Alcanzaron luego un terreno amurallado y flanqueado por varias filas de abetos. En el interior de la cerca se erigía un palacio de fachada blanca, con balcones barrocos y una enorme cúpula como techumbre. Todas las ventanas brillaban con un color rojizo, similar al de los diamantinos ojos del bastón.


—Estamos en casa —informó el hombre—. Sujeta un momento.


Entregó a la muchacha el bastón mientras él buscaba las llaves en el bolsillo. La joven, al tomar el objeto, lo sintió liviano, cálido y suave, como un suspiro de amor, como un juguete delicioso. Sorprendida por ello intentó identificar el material estriado que lo componía, pero entonces el hombre se lo arrebató violentamente.


La puerta estaba abierta.


—Pasa.


La muchacha asintió, pero antes de traspasar el umbral, el hombre la cogió de la mano. La chica soltó un respingo entonces, horrorizada. Su piel estaba fría y áspera como el hierro, acaso muerta. No obstante, no pudo pensar mucho en ello ni tampoco escapar de la influencia de aquel desconocido. Del interior del palacio, surgían unas voces femeninas, agónicas y atormentadas. Parecían hienas con voz de mujer muriéndose de hambre. El hombre irrumpió en el edificio, arrastrando con fuerza a la muchacha.


Al entrar, la joven se encontró con una decoración pomposa donde predominaban tapices y alfombras de color rojo e incrustaciones de rubí en el techo y los muros. El vestíbulo estaba adornado con varios muebles de madera de pino. No había puertas, aunque sí pasillos que conducían a una u otra habitación. En el centro, una amplia escalinata acolchada en seda carmín llevaba a los restantes pisos.


En uno de los escalones había dos mujeres gimiendo enloquecidas. Cuando vieron entrar al hombre, se lanzaron rápidamente hacia él. De un salto, alargaron la mano hacia el bastón como si les fuera la vida en ello.


—¡Basta! —exclamó él, visiblemente enfurecido.


Azotó con la vara a una de ellas, que protestó con un gemido. La otra, prudente, se alejó arrastrándose por el vestíbulo.


—Reunid a las otras en el salón principal —ordenó a las dos mujeres que desaparecieron poco después por las escaleras. Después se volvió hacia su nueva inquilina—. Sígueme.


La muchacha estaba petrificada por el pánico, pero nada podía hacer salvo mirar con unos ojos espantados lo que ocurría a su alrededor. El anfitrión la tomó del codo y la ayudó a ascender la larga escalinata.


Cuanto más subían, más voces femeninas llegaban a los oídos de la joven. Algunas sonaban alarmadas y otras visiblemente excitadas. No emitían ninguna palabra ininteligible. Parecían meros susurros, súplicas o clamores de euforia. Resultaba casi exasperante.


El hombre se detuvo en el rellano, alzó el bastón en lo alto y lo dejó caer terriblemente sobre el suelo. Al instante, las voces femíneas se apagaron por completo.


Después, condujo a la muchacha a un amplio salón sólo adornado con sofás, sillas tapizadas y una vasta cama acolchada de rojo. En la estancia había al menos una docena de mujeres de edades diversas y fisonomías dispares. Las había rubias, pelirrojas y morenas; ataviadas con vaporosos vestidos de volantes o con cómodos pijamas de algodón. Pero todas ellas compartían un mismo sentimiento fanático. Cuando vieron entrar al hombre, bajaron la mirada hacia el bastón y gritaron hechizadas por su presencia.


—¡Desnudaros! —ordenó el anfitrión.


Nadie osó desobedecer la orden.


Seguidamente, condujo a la muchacha al interior del salón, directamente hacia la cama ubicada en el centro de la estancia. Se tumbó en la colcha cuan largo era, se quitó el sombrero y arrastró consigo a la muchacha. Ésta cayó a su lado, entre él y el bastón. No pudo evitar contemplar directamente los ojos diamantinos de aquel báculo.


—Bien —dijo el hombre—. Ahora vas a desnudarme. Empieza por arriba.


Ella asintió sin alejar la mirada del bastón. Vio como el hombre lo arrojaba lejos, casi con desprecio. El objeto cayó entre aquella muchedumbre de mujeres desequilibradas, que comenzaron a disputarse la reliquia entre amenazas y arañazos. Pero al final, todas quedaron satisfechas al poder tocar el bastón, aunque fuera durante unos pocos segundos. Entre gemidos y chillidos desconsolados, comenzaron a desnudarse.


La muchacha no olvidó la orden que el anfitrión le había dado. Pasó los dedos por entre los resquicios de su camisa, mientras la desabotonaba. Se percató de que el hombre tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente, disfrutando del contacto femenino. La joven le despojó de la prenda un instante después y quedó revelado un busto pálido como la luna, sin un ápice de vello capilar y con los músculos definidos y fuertes como una lámina de acero.


—Bien, ahora sigue con los zapatos y luego el pantalón —exigió el hombre, alternando las palabras con leves suspiros de deleite. Estaba extasiado—. Después, termina el trabajo.


La joven movió la cabeza de arriba abajo, aprobadora. Se giró para enfrentarse al nuevo quehacer y tropezó con una imagen que no esperaba.


En un lado del salón, las mujeres yacían desparramadas en el suelo, sobre el cúmulo de ropa que anteriormente las había ataviado. Estaban completamente desnudas, exhibiendo sin tapujos la piel bronceada o marmórea, los brazos esbeltos o lánguidos, los pechos firmes o descomunales. Habían formado un círculo alrededor del bastón, y una de ellas se había embutido la cabeza dorada entre las ingles, mientras otra introducía y extraía en la vagina de la compañera aquel preciado objeto, siempre con movimientos delicados y rítmicos. Las demás estaban arrodilladas ante la larga vara, cubriéndola de besos o caricias, al tiempo que se masturbaban solas o con la mano amiga.


Entre tanto, la muchacha no había desestimado la tarea que le había sido encomendada. Sin dejar de contemplar la orgía de las mujeres y escuchando los jadeos de su señor, le despojó del calzado y de los pantalones. Sólo le quedaba una última prenda, antes de poder alzar entre sus manos el trofeo final.


Al volverse hacia el hombre y arrancarle la ropa interior con un agresivo movimiento, se quedó petrificada.


No tenía pene.


Al comprenderlo todo, la muchacha enloqueció con un estruendoso alarido de furia. Saltó de la cama y se lanzó sobre las demás mujeres delirantes.


Sólo cuando pudo tocar el bastón con un triunfal jadeo, se sintió complacida.


Iraultza Askerria



lunes, 4 de marzo de 2013

La noche fantástica



Las noches han sido engendradas para concebir sueños y fantasías, las cuales se vuelven contra la voluntad del soñador al arribo de la aurora. Si se limitase el descanso a las indiscretas y entrometidas horas del día, el sol sería incapaz de mancillar las quimeras de cada uno, y por tanto, más fácilmente podrían consumarse al abrigo de la oscuridad; porque durante las noches, tiernas e íntimas, el mundo es sólo de cada uno, el universo nos pertenece. La noche es el instante donde cumplir las fantasías solitarias inspiradas por las musas de la luna. Bien saben esto él y ella, y bien saben que es más hermoso convivir al anochecer y, durante el día, enclaustrarse dentro de la mente de sus sueños. Prefieren no dormir, y tentar mutuamente las despiertas ilusiones que transpiran en la piel ajena. Sentirse en un abrazo y en un beso; libres en las sombras de la madrugada donde cada sueño y fantasía goza de un carácter verosímil y posible.



Extracto de Rayo de luna , de Iraultza Askerria





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domingo, 11 de noviembre de 2012

Fantasías de una joven


Escena 1


Una farola iluminaba mansamente la oscuridad desprendida del cosmos. Las estrellas resplandecían con ternura sobre la desierta calle de la ciudad, semejando la sonrisa del universo. La madrugada del domingo avanzaba con pausa, sin prisas ni agobios, contagiándose del sosiego que irradiaba el silencio y la soledad de la noche.


Caminando por la despoblada calle, una muchacha de veintidós años dibujaba su esbelta silueta sobre la calzada, que liberada del tráfico de vehículos, se le ofrecía como algo propio e inviolable. Los cabellos dorados ondeaban tras su figura, escapando de su dueña y del irrefrenable andar del tiempo y del espacio. Además de sus zapatos de tacón, que penetraban apasionadamente el asfalto, sólo se percibía el tibio murmullo del viento al rozar las persianas de los establecimientos de los alrededores.


Atravesó el resquicio restante entre dos coches aparcados y continuó por la acera, envolviéndose en la calidez del entorno, en la hermosura de la noche, en la infranqueable prosperidad de sus pensamientos.


Al alzar la mirada, atisbó a un hombre solitario detenido a unos pocos metros de distancia, frente a ella. Desprevenida, sintió recelo, vacilación y algo de miedo. Él estaba inmóvil contra la fachada de un edificio, consumiendo apáticamente un cigarrillo rubio. El gas del tabaco se confundía con el de su aliento, tomando la apariencia de suspiros envenenados, corrompidos por el destino. El individuo, cabizbajo bajo su chupa de cuero, parecía no haberse percatado de la presencia de la muchacha.


Ella siguió el instinto de sus pies, avanzando suspicaz por la acera. Se le antojaba el trayecto un túnel de misterio y sorpresa, un viaje por la intriga de una película de terror. La duda y el desasosiego aceleraron sus respiraciones.


Una indisoluble parte de su voluntad se estremecía ante la contingencia de los hechos. Miró nuevamente a la figura viril, estática a poca distancia, silenciosa como una amenaza. Pero al final, tras cerciorarse de su carácter inofensivo, se dijo a sí misma que sus suposiciones resultaban falsas; una quimera de su tornadiza imaginación, colmada de sueños adolescentes y misterios indescifrables.


Porque, como todos los jóvenes, su mente estaba llena de fantasías.


- – - – - – - – - -


Escena 4


Se deslizó bruscamente sobre el colchón, estremecida por el fragor de la lujuria, que dentro de su cerebro concebía un cúmulo de fantasías eróticas. La muchacha se abrazó violentamente al cuerpo del hombre que acababa de conocer. El misterio de sus labios aún le parecía inexpertamente excitante, un polvo de estrellas durante una madrugada estival. Le mordió enardecidamente la boca mientras le sentía sobre ella. Apresada entre la cama y el cuerpo masculino, la sumisión del apetito la dejó esclava de la voluntad del hombre.


El hombre, controlado por un ansia agónica, la despojó de los ajustados vaqueros mientras inclinaba la cabeza sobre su busto, desnudándola torpemente con la boca. Ella le ayudó a desvestir la blusa y el ceñido sostén. Él terminó arrancándola las enaguas negras. Extasiado por la grata exhibición de la desnudez femenina, no pudo reprimir el delirio y la lujuria. Bebió entre besos y caricias los trazos de su cuerpo, al tiempo que la luz de la habitación se hechizaba con los jadeos constantes de la muchacha.


A ella no le importaba en absoluto que hubiese conocido unos instantes atrás a ese hombre tan desconocido que pronto lucharía por poseerla. Su juventud y sus ganas de experimentar extinguían cualquier prudencia o aprensión. Su vida no era más que un sueño, su sueño. Y en tal sazón, su sueño incluía el placer de la carne, la agitación de los cuerpos, los gemidos de unos labios de miel, la sal de dos almas unidas.


En su cabeza crepitaban las llamas del infierno lujurioso, quemándola desde lo más hondo del alma. Ardiendo como una antorcha, se armó de lascivia y venció el dominio despótico del hombre. Se encumbró sobre él entre mordiscos y arañazos y le saqueó el corazón, hurtándole la camisa. Luego derribó la fortaleza del cinto y del pantalón, y conquistó el firme trofeo de la victoria.


Se miraron un último instante. Se miraron sus ojos en los ajenos durante un ínfimo punto, antes de que en un pestañeo, sus pupilas se tornaran una misma esencia dedicada a sentir y a gozar.


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Escena 2


Los puntos escondidos tras sus labios le sonreían generosamente, un tanto amarillentos por años de consumición de tabaco. El hombre se había presentado como Homero, acompañado del presente de una copa que había seducido las apetencias de la muchacha. En ese momento de la avanzada madrugada, la súbita pareja se encontraba sentada frente a la barra de un bar, cuyo dueño se paseaba adormecido por la fatiga.


—¿Y tú, a qué te dedicas? —le inquirió Homero, sorbiendo suave y seductoramente la copa de whisky.


Diana se echó hacia atrás el caballo dorado, que le acariciaba morbosamente los hombros desnudos, y agasajó al hombre con una mirada de aprecio y consideración. Le devolvió la amable sonrisa y le miró fijamente a los ojos, cuyos profundos tesoros se figuraban un arca de misterios perdidos, un globo de respuestas milagrosas, un universo de secretos extraordinarios. Eran negros como un pozo sin fondo; pero brillantes.


—Estudio… literatura —se limitó a contestar.


Su voz repercutió rota y sin fuerzas, a causa del latoso estropicio originado por un grupo de muchachos. Los jóvenes, acomodados en una mesa rectangular próxima, debatían la resolución de una apuesta encadenada a la suerte de unas naipes francesas. Parecían desafiarse al póquer. Cuando se calmaron, retomaron el pasatiempo con mayor recato y moderación, pasando desapercibidos, y brindando de baza en baza, sin causar mayor rumor que el causado por los restantes inquilinos, de mermado número a tales horas de la noche.


Diana procedió a repetir la respuesta, creyendo que su compañero no había podido escucharla, pero Homero la interrumpió:


—Supuse que estudiabas algo relacionado con las letras. En tus ojos brilla la curiosidad de los escritores.


En un principio, Diana no supo si tomarse la evaluación como una sátira o como un cumplido, pero más tarde, al recibir una caricia sobre la piel de su mano, lo recibió como un halago; dulce halago. Sonrió mientras apuraba las últimas gotas de la copa a la que el hombre le había invitado.


Homero lanzó un vistazo al reloj al tiempo que el dueño del local se disponía a apagar el aparato de música.


—Perdóname, cielo; voy al lavabo. No tardaré —se excusó él.


Se incorporó del asiento y se encaminó hacia el cuarto de aseo, confinado en un pasillo al final del bar. Diana contempló como se alejaba de ella, cual sueño que se arrima peligrosamente al término del despertar. Pero aunque Homero se evaporase ante su cristalina mirada sin que pudiese alcanzarlo, sabía que volvería.


Suscitada por la fragancia que destilaba el alcohol, tanto por el interior de sus venas como por el aire festivo que regía el ambiente, contempló al resto de los clientes del local. La mayoría de ellos continuaba inmersos en sus quehaceres, fuese conversar, beber, jugar o todo a la vez. Muy pocos se habían percatado de que el dueño del bar había apagado el aparato de música, indicio de que se disponía a cerrar el local. Ahora sólo se escuchaban las voces descosidas de los parroquianos, los pasos sibilantes de aquellos y las afanosas manos del camarero acopiando y fregando los enseres.


Observó meditabunda la copa de cristal que reposaba sobre la barra. Su diáfano vacío la deportó a una odisea de cristales con forma de ideas, que devoradas por su fantasioso pensamiento, adquirieron siluetas esplendorosas y colores vivos, henchidos de vigor. Cogió el recipiente entre los dedos y acarició con las yemas la parte superior, tal que si rozase los labios abiertos de un amante, tal que si la boca de Homero besase sus dedos. Sintió el cálido contacto montarse sobre su alma, llenándola.


Pero a pesar de todas las ilusiones y fantasías que pudiese introducir dentro de la copa, el vaso continuaba estando vacío, transparente en la soledad, deseoso de compañía.


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Escena 5


En el espejo del armario se delineaba el contorno de un papel azul, cuya inconfundible textura identificaba un valioso billete. Diana observó la celulosa fortuna tendida sobre la alfombra del dormitorio, entre la cama donde había hecho el amor y el mueble amparado por el mencionado espejo. Se vio reflejada en él con el rostro horrorizado a causa del despreciable papel, cuyos hermanos gemelos descansaban acopiados sobre la mesita de noche. Uno de los billetes se había desprendido del conjunto original, cayéndose al suelo.


Diana volvió la cabeza hacia el colchón. A su lado, descansando apaciblemente entre las ligeras sábanas y desnudo y suspirando como un cielo en libertad, se encontraba él. Una de sus manos se apoyaba sobre los muslos de la mujer, que con el busto erguido, reflexionaba sobre el carácter iniciativo de sus actos. Sabía que una chica normal, insegura y responsable se habría escapado de la siniestra madrugada y se habría escabullido de aquel coito impredecible. Pero ella, tan fantasiosa como aventurera, no era una chica normal.


Miró a los ojos del espejo que la miraba. En él pudo descubrir el resplandor de las fantasías, el derecho aventurero que la caracterizaba. Vio dentro de sus profundos ojos los relatos de Dumas, de Stoker, de Poe y de Wilde. Se preguntó que respuesta razonable hubiesen expuestos ellos, imaginativos escritores, al hecho circunstancial que la turbaba.


Ese manojo de billetes azules era la razón de su desasosiego. Reposando sobre la mesita, sin identidad ni pasado, representaban un robado misterio y una amenazadora posesión propiedad de Homero.


Reparó en él llena de desconfianza. Su amante estaba dormido apaciblemente con la cabeza vuelta hacia ella. Desnudo, no había disfraz ni vestido que ocultase su verdadera identidad. Se cuestionó la veracidad de sus palabras y la honradez de sus actos. El recelo le atravesó la garganta, y no sabía por qué.


Se hallaban en el dormitorio del hombre, a unas pocas manzanas del bar. Sabía volver a casa sin la ayuda de él. Le miró cálidamente por última vez, antes de que su mirada se tornase fría y maliciosa, y su mente adquiriese una determinación singular.


Diana se vistió rápidamente, sin originar el menor ruido. Buscó en el pantalón del hombre su teléfono móvil y luego eliminó el número que ella le había confiado. No quería volver a saber nada de él.


Excitada por la adrenalina y la maldad de sus actos pérfidos, dudó un instante de su proceder. La duda era el primer síntoma de remordimiento, pero a veces, insignificante. Se armó de la insensibilidad de la razón y se apoderó de todos los billetes que descansaban en la mesita. Despacio, y aún con él dormitando en la ignorancia de sus sueños, abandonó el dormitorio como una mera ladrona, o más bien como una puta que hubiera chupado la energía y el bolsillo de su cliente.


Abandonó el piso y bajo las escaleras apresuradamente, sin mirar atrás.


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Escena 3


El último cliente abandonó el bar.


Diana se quedó a solas en el interior del local, con el aprensivo dueño mirándola suspicaz al otro lado de la barra. Homero no había regresado de su prolongada visita al cuarto de aseo, y empezaba a preocuparse por él. Lanzó un vistazo al reloj de muñeca y comprobó que habían transcurrido treinta minutos desde que su acompañante se fuera.


—¿Le ocurre algo a tu novio? —inquirió el harapiento dueño del local, mientras secaba un cúmulo de vasos.


—No es mi novio —se apresuró a responder Diana.


Los ojos del propietario se entornaron, fatídicos. Frunció la frente y años de arrugas comenzaron a proliferar en su piel. Tenía un rostro grueso y flácido, inestable, como si un océano de vino fluyese bajo su epidermis con sus mareas altas y bajas. Los dientes asomaban puntiagudos y amarillentos y la nariz aguileña como un garfio. Sus rasgos resultaban amenazadores e impredecibles.


La pobre Diana se sintió intimidada por aquel semblante inusual, pero rápidamente, su imaginación le convino a pensar que se trataba de un hombre solitario y sensible, azotado por desamores y romances perdidos. Con esta noción, actuó con la mayor naturalidad posible:


—No es mi novio —repitió la joven—. Estaba bien cuando ha ido al baño. No sé por qué tarda tanto.


—Iré a mirar. Hace media hora que tenía que cerrar el bar y ya no queda nadie que haga consumiciones —respondió enojado.


El hombretón, con su enorme barriga al frente, abandonó la barra y se perdió en el pasillo que conducía a los baños. Tenía un andar vanidoso y avaro, como si sólo se limitase a caminar por razones de fuerza mayor.


Al verlo marchar, Diana se sintió sola, desamparada, perdida en un mundo que desconocía por completo. Se sintió como Alicia a punto de entrar en un país maravilloso; como Dorian Gray la primera vez que vio el retrato de su inmortalidad. Un mundo de posibilidades se abría ante ella.


Diana miró hacia el final del pasillo para comprobar que el dueño había llegado a la altura del cuarto de baño. Éste tocó tres veces en la puerta de madera, igual que lo habría hecho un fantasma de la ópera, y los golpes repiquetearon como campanarios fúnebres.


—¿Hola? ¿Se encuentra usted bien? —Se escuchó la voz del camarero.


—Sí. ¿Quién es? —contestó Homero, desde el interior del cuarto de aseo.


—Soy el dueño del bar. Voy a cerrar de un momento a otro. ¿Le queda mucho?


—Eso depende —vaciló Homero—. ¿Queda algún cliente más en el local?


—No, sólo usted y su chica.


—Entonces, no me queda mucho.


Un golpe tremendo reventó la puerta del baño. Homero la había destrozado con una certera patada en el centro de la madera. Luego su brazo se extendió más allá del quicio y asomó una pistola automática provista de silenciador.


Al otro lado, el dueño del local lanzó un grito. Más allá, junto a la barra del bar, Diana emitió un chillido agudo, estridente y aterrador. Se llevó las manos al rostro mientras observaba la espeluznante escena desde la lejanía: Homero apretó varias veces el gatillo y las balas se incrustaron en el cuerpo del camarero, con tal fuerza que el cadáver fue a empotrarse contra la pared contigua. El cuerpo se deslizo por el muro hasta el suelo pavimentado, dejando una estela de sangre en su camino.


Luego, advino el ominoso silencio. El corazón de Diana se aceleró casi hasta el punto del desfallecimiento, y si no fuese por el terror que la asolaba, habría caído desmayada allí mismo. Al otro lado del pasillo, Homero se inclinó sobre el cadáver para tomar su pulso. Una vez cerciorado del homicidio, guardó el arma en el interior de su cazadora de cuero y se dirigió hacia la mujer.


Cuando llegó a ella, se limitó a hablarla con una voz dulce y segura:


—Tranquila, cielo.


Pero la mujer, a pesar de estar inmóvil, estaba claramente aterrada.


—¿Qué es lo que has hecho? —preguntó la joven a duras penas.


—Solo matarlo. —Homero se escabulló en el interior de la barra en busca de la caja registradora.


—¿Lo tenías planeado?


—Lo único que no he planeado esta noche es conocerte —respondió Homero en un intento melifluo.


Diana dio un respingo cuando vio como el hombre desenfundaba de nuevo la pistola. Apuntó hacia la caja registradora y disparó con la intención de abrirla. Lo consiguió, y una vez revisado el botín, hurtó varias decenas de billetes azules. Posteriormente se volvió hacia la joven:


—No voy hacerte daño, Diana. Eres la luna de esta madrugada —respondió Homero, abandonando la barra del bar y encaminándose hacia ella. Con dulzura la tomó de las manos, inclinó la cabeza y la besó en los labios; fugitivo como un ladrón—. Lo tenía totalmente planeado, siempre sigo la misma pauta: entro en el bar antes de que cierre, me encierro en el baño y espero a que los otros clientes abandonen el bar. Cuando el dueño viene a preocuparse por mí, le disparo a través de la puerta. Luego, reviento la caja registradora. Este es mi trabajo, de algo tengo que vivir…


Diana asintió, algo más tranquila debido al efecto reconciliador que había tenido el beso. Miró aquellos ojos viriles, misteriosos como un agujero negro, y se sintió presa de un enamoramiento fugaz. Fantaseó con pasarse la vida junto a él, atracando bancos, amenazando a individuos inferiores y compartiendo la adrenalina de la criminalidad. Como Bonnie y Clyde.


—Lo entiendo —balbuceó ella.


—Vamos, te invito a tomar una última copa en mi casa.


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Escena 7


Pero, algo desorientada aún debido al reciente despertar, Diana tropezó en mitad de las escaleras, con tal mala suerte que no pudo sujetarse a la barandilla y cayó indefensa hasta el rellano. El golpe la dejó aturdida unos instantes y el ruido causado le martilleaba en la cabeza. Cuando volvió en sí, sintió un profundo dolor en las extremidades, pero nada que pudiese revertir gravedad. Sin embargo, se percató de que su bolso se había quedado atrás, a media altura de la escalera.


Lanzó un bufido de resignación. Volvió a subir y agarró el bolso con fuerza. En él, había guardado la fortuna que le había robado a Homero y que éste, a su vez, había robado en el bar. Por nada del mundo quería perder el botín. Estaba arriesgando su vida.


Al pensar en él, alzó la cabeza hacia el piso donde se alojaba, donde había hecho el amor con un asesino frío y temerario. Y entonces, su rostro se descompuso de terror: había dejado la puerta abierta. El ruido se su caída había irrumpido sin obstáculo en el apartamento, con la fatídica posibilidad de haber despertado a su inquilino.


—Diana —se escuchó una voz soñolienta egresar del interior de la vivienda. Sonaba vacilante y amenazadora a la vez, pero aun suave como un amanecer. «Mierda», pensó Diana—. ¿Dónde estás? —La misma voz adormecida. Luego una pausa y al final se escuchó la estruendosa maldición de un Dios cruel—: ¡Joder! Será zorra…


Diana reaccionó al instante. Con el bolso en la mano, bajó apresuradamente las escaleras, sin mirar atrás. Descendió el segundo piso, luego el primero y alcanzó la planta baja. No escuchó ningún sonido que delatara la presencia de Homero, nada que indicase que el hombre la estuviera persiguiendo; pero todavía así, ella prosiguió su apresurada escapatoria. Atravesó el portal y llegó a la soledad de la calle.


Aún era de noche y hacía frío. Posiblemente, el amanecer estuviera cerca, pero hasta su llegada la helada se solidificaba en el ambiente como aguijonazos. La ciudad estaba desierta, dormida, ajena a cuanto le ocurría a la fantasiosa Diana. Cruzó la calle con sus delatadores tacones, y entonces, cometió el error de volver la vista.


En la segunda planta del edificio, justo donde se encontraba el dormitorio de Homero, una ventana sobresalía debido a la luz que afloraba de ella. Justo en el marco, se recortaba la figura de un hombre maduro, con el torso desnudo y el pelo enmarañado. Estaba armado con una pistola, sin silenciador.


El sonido del disparo alertó a Diana.


—Mierda —musitó la joven, observando claramente como Homero le apuntaba con el arma.


Sin ninguna intención de subestimar la puntería del pistolero, se lanzó a correr por la acera, sorteando papeleras y farolas, pero en un momento de desconcierto, tropezó con una baldosa saliente y cayó de bruces.


El pavimento estaba húmedo y pegajoso. Se imaginó que los charcos oscuros se abalanzaban sobre ella como brazos estranguladores, y que en vez de ofrecer una mano de apoyo, se limitaban a constreñir sus extremidades. A duras penas, logró alzarse. Cuando lo consiguió, se dio cuenta de que no podía correr con aquellos tacones de aguja.


Mientras afanaba por desprenderse del calzado, observó nítidamente el apartamento de Homero. El hombre se había encamarado a la ventana para luego agarrarse a una tubería de desagüe que se alargaba hasta el suelo. Con una maestría propia de acróbatas, se deslizó por el conducto hasta aterrizar ileso sobre el asfalto.


Homero estaba ataviado con unos vaqueros, unas deportivas negras y la siempre amenazante pistola. Diana, a su vez, acarreaba un bolso repleto de dinero y unos pies descalzos que poca velocidad punta podían alcanzar. Aún así, la joven tenía la suficiente sensatez como para no quedarse de brazos cruzados.


Reemprendió la carrera nuevamente. Le sacaba una ligera ventaja a su perseguidor, y con un poco de suerte, podría despistarle tras una esquina. También, jugó con la idea de llamar a la policía, pero estaba completamente segura de que Homero sería capaz de asesinarla a ella y a cualquier patrulla que acudiera a socorrerla.


Descalza, corría por la acera llena de gravilla suelta. Pronto, comenzó a sentir escozor en los pies; pero la cercanía de las zancadas de Homero, le hicieron olvidarse rápidamente del dolor. Casi podía sentir el aroma almizclado de su amante y asesino a pocos metros de distancia. Estaba tan cerca que podía disparar en cualquier momento… y disparó.


La bala le pasó por encima de la cabeza, pero le dio la sensación de que le había atravesado los tímpanos. Sabía que estaba cerca, pisándole los talones. Casi podía sentir su aliento en la nuca, igual que lo había sentido cuando hacían el amor.


Aceleró aún más, tanto como las fuerzas se lo permitían, pensando en la posibilidad de poder viajar a Bora Bora y pasar allí varios meses con el dinero que había robado; pero primero tenía que escapar.


Echó la cabeza hacia atrás para ver a su perseguidor. Homero corría tras ella a poco más de quince metros. Estaba a tiro de bala, y lo peor era que a cada segundo su asesino le recordaba distancias.


Volvió a tropezar, cayendo de nuevo de bruces. A la tercera iba la vencida. Notó el sabor metálico de la sangre en su boca. Se había partido el labio, y quizás incluso, algún diente. Pero eso no era lo peor.


Cuando se volvió para incorporarse, vislumbró a Homero encima suyo, apuntándola amenazadoramente con el arma. Tenía una sonrisa vanidosa en el rostro y un gesto de superioridad divina. Sus ojos la observaban con un deseo carnívoro.


—Hola, cielo —saludó Homero con un sarcasmo intolerable—. ¿Qué tal has dormido?


Ella no dijo. Observó su busto desnudo humedecido por el sudor, los pectorales firmes y los bíceps hinchados. Recordó como habían hecho el amor, con una pasión fiera y salvaje, y se dio cuenta que no le importaría repetir la escena antes de morir.


—El dinero está en el bolso —musitó Diana a la defensiva, tendida sobre la acera cuan larga era.


Él se inclinó sobre ella, tan cerca que pudo sentir su resuello acelerado. La estaba apuntando con la pistola que en cualquier instante podía dispararse, pero lo más aterrador era el vacío sádico de sus ojos. No había sensibilidad en ellos, ni clemencia.


Le arrancó el bolso violentamente. Después, sonrió.


—Eres una chica muy valiente. Me has visto matar a un hombre y aún así has tenido las agallas de robar mi dinero y salir corriendo de la habitación. ¿Tan poco valoras tu vida?


—La vida es una fantasía —respondió Diana, indefensa.


—¡Fantástico! —respondió Homero—: Ya es hora de despertar.


Amagó una sonrisa irónica y la disparó al corazón.


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Escena 8


Se dio cuenta de que había amainado la velocidad. Sus tacones habían pasado de generar el estruendoso y agudo sonido del timbal a la imperceptible y tímbrica nota del triángulo. Estaba segura de que cualquier individuo normal se habría percatado de su andar refrenado, pero aquel hombre fumador parecía ignorarla por completo, como si no existiera. Seguía apoyado en la pared, fumando y con la cabeza inclinada.


Lo cierto era que más valdría pasar desapercibida a revivir la fantasía que había concebido. Aunque había resultado excitante hacer el amor con un asesino, no era nada tentador morir bajo las garras de un amante de noche.


Diana alzó la cabeza. Allí estaba su desconocido, a poco menos de cinco metros. El humo del tabaco le envolvía en un aura misteriosa y su aparente apatía lo hacía aún más enigmático. Intentó adivinar si escondía alguna pistola bajo la cazadora, entrever más allá de los pantalones vaqueros en busca de un músculo firme o descubrir si su voz resultaría amena y agradable. Pero la realidad hacía diferente a aquél que había inspirado a su fantasioso Homero.


Llegó a la altura del hombre. Él no dijo nada, la ignoró por completo, ajeno a las fantasía de una joven. Ella lo sobrepasó con parsimonia, siguiendo su camino hacia casa.


Pero al final, se detuvo y volvió la cabeza:


—¿Tienes un cigarrillo?


El hombre alzó la cabeza y sonrió, tenía los dientes amarillentos, pero la voz azucarada:


—Claro, cielo. ¿Cómo te llamas?


—Diana, ¿y tú?


El hombre la miró con unos profundos ojos negros, como pozos, mientras la envolvía su aliento a whisky añejo.


—Tengo muchos nombres —respondió él, misterioso—. Pero puedes llamarme Homero.


Iraultza Askerria





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domingo, 6 de mayo de 2012

Un cuento de dragones y lagartijas – Érase una vez


Érase una vez un dragón llamado Eigon.

Vivía solo en una montaña, sin ninguna compañía. Había abandonado su hogar natal en la Tierra de los Dragones porque los demás miembros de su raza se reían de él. Eigon era un dragón adulto y fuerte, pero a pesar de ello aún no había aprendido a echar fuego por la boca. Y eso le avergonzaba tanto que se había exiliado voluntariamente. Desde entonces, Eigon había vivido muy lejos, en lo más hondo de una gigantesca montaña. Su única compañía eran las lágrimas.

Un día que Eigon estaba llorando en el fondo de su gruta, una pequeña lagartija se topó con él. La lagartija se detuvo para ver de cerca al dragón, intentando adivinar porqué lloraba. Las lágrimas que caían de sus enormes ojos dorados eran tan grandes como ella misma. Tuvo que andar con mucho cuidado para llegar hasta él.

—Hola, dragón. ¿Por qué alguien tan poderoso y grande como tú está llorando? Tú no puedes tenerle miedo a nada.

Eigon no contestó. Escondió la cabeza entre las garras. No quería que nadie le viera llorar. Ni siquiera aquel diminuto reptil. La pequeña lagartija insistió:

—¿Cómo te llamas? Mi nombre es Tija. ¿Y el tuyo?

—Eigon —respondió el dragón, sin ganas de hablar.

—¿Eigon? ¡Me gusta! Cuéntame que te pasa. Tal vez te pueda ayudar.

Al principio, Eigon no contestó. Se sonrojaba incluso ante aquel pequeño animal de larga cola, del tamaño de uno de sus dientes. Pero poco a poco, hizo frente a sus miedos. Y aún con lágrimas secas en sus resplandecientes pupilas, dijo:

—Estoy triste porque no soy capaz de echar fuego por la boca.

Tija lo miró sorprendida, no sabía muy bien qué intentaba decir.

—¿Y eso es malo?

—Soy el único de mi especie que no puede hacerlo. El único dragón. Soy una ofensa para mi raza.

Tija se quedó un instante pensativa. Luego, añadió:

—Ahora entiendo porqué lloras tanto. Pero no te preocupes, creo que puedo ayudarte.

—¿De verdad? —exclamó Eigon, emocionado.

Ella lo miró, con una sonrisa:

—Sí, estoy segura.


Los dragones eran los seres más maravillosos del mundo. Eran hermosos y también fieros, pero siempre benévolos. De corazones orgullosos, pocas veces perdonaban a un malhechor o aceptaban en su clan a alguien que no fuera de su condición.

Y eso Eigon lo sabía muy bien.

Cuando conoció a la simpática Tija, nunca pensó que un animalito minúsculo y de voz estridente pudiese ayudarle a recuperar su honor. Seguía pensando lo mismo, pero no tenía nada que perder.

—¿A dónde vamos?

—A las casas de unos viejos amigos míos.

—¿Y esas casas están en unas montañas?

Eigon levantó la mirada. En lo alto de los montes, las cimas estaban completamente nevadas. Por suerte para él, no tendrían que subir hasta arriba.

—Es aquí —indicó Tija.

—¡Impresionante! —exclamó Eigon.

Frente a ellos se alzaba la enorme entrada a una cueva. Las piedras habían sido esculpidas con una habilidad incomparable. Las más altas se elevaban por encima de la cabeza del dragón. Era gigantesco. Si allí dentro vivía alguien, debía de ser dos veces más grande que él.

—¿Quién vive aquí dentro? —preguntó Eigon, receloso.

—Tranquilo, no tengas miedo.

Y la lagartija se escabulló al interior de la caverna, rápidamente.

Eigon se lo pensó dos veces antes de entrar, pero luego no le quedó más remedio que hacerlo. En el interior, un túnel infinito iluminado por antorchas se abría paso hasta el corazón de la cordillera. Al final, llegaron a una enorme estancia que sujetaba mediante columnas de mármol el peso de las montañas. En la oscuridad, surgieron varias sombras, pequeñas y robustas, con el rostro oculto por una tupida barba de varios años. Eran enanos, los habitantes más misteriosos de Gea.

Tija los saludó con alegría, volviéndose a reencontrar con viejos conocidos. Los anfitriones le dieron la bienvenida unánimemente. Pero ante el dragón se mostraron un tanto desconfiados. Cuando Tija les contó el grave problema de Eigon, los enanos estuvieron más que dispuestos a ayudarle.




Durante siglos, las cavernas y las montañas más frías habían sido hogar de los hábiles enanos. Con sus magníficas dotes como arquitectos, escultores y mineros hacían de sus cavernosas moradas verdaderos palacios. Además, los enanos también eran excelentes herreros y sabios conocedores de la alquimia. Si alguien podía ayudar a Eigon a recuperar la fe en sí mismo, eran los enanos.

Los primeros días de convivencia fueron duros para el dragón. Necesitaba salir al exterior y volar por los cielos, pero allí dentro era imposible. Ni siquiera podía extender las alas y planear unos metros sobre el suelo.

Por suerte, tenía a la agradable Tija como compañera. Con ella entabló una profunda amistad.

Pasaron los días y los enanos enseñaron a Eigon los secretos del fuego. Al principio, y para desesperación del dragón, las lecciones iniciales eran pura teoría química, donde pautas sobre elementos naturales se confundían con la base científica. El dragón se aburría sobremanera, con tanta lección intelectual. Sin embargo, los sabios enanos le exigieron paciencia y serenidad. “Espera, y sabrás”, solían decir, constantemente.

Y así fue como, dos semanas después, Eigon comenzó a expulsar de su boca los primeros vapores; y luego de un mes ya podía exhalar largas llamaradas y bocanadas de humo. Los enanos y Tija se entusiasmaron y Eigon por primera vez en mucho tiempo, sintió que todo iba bien su vida.

Días después los enanos mostraron su cara más triste cuando tuvieron que despedir a la pequeña Tija y al gran dragón. Después de tanto tiempo de convivencia, tenían que regresar al mundo exterior. Pero gracias a la espesa barba que cubría los rostros de los enanos, ni Tija ni Eigon percibieron la pena que sentían sus anfitriones.

Ya en el exterior y bajo un horizonte donde el sol irradiaba toda su fuerza, Tija y Eigon tomaron rumbo hacia las Tierras de los Dragones, el hogar natal de Eigon. Tija decidió acompañarle, al menos un trecho del trayecto.

Esa noche, acamparon en un claro cercano a un río y Eigon pudo encender una hoguera con el fuego de su boca. Antes de dormirse, el dragón, entusiasmado por sus logros, estuvo contando historias de sus parientes y de lo maravillosa que era la tierra en la que vivían ellos y los famosos dragones blancos. Eigon no se dio cuenta, pero cuando terminó de narrar las leyendas draconianas y se acostó, Tija estaba muy triste.

Al día siguiente, el dragón se despertó tarde. Había tenido un sueño muy bonito donde el rey de los dragones le nombraba guardián de las Tierras de Fuego. Se dio la vuelta para contárselo inmediatamente a Tija.

Entonces se asustó.

La pequeña lagartija no aparecía por ningún sitio. Eigon se alzó sobre sus garras y echó a volar por encima del bosque. Escudriñó con ojos de lince cada arbusto y matorral en busca de su amiga, y finalmente, la encontró agazapada bajo una roca, junto al río.

El dragón descendió hasta allí.

Tija estaba llorando.

—¿Qué te ocurre? ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

Tija se sorprendió de ver al dragón, y al instante, ofendida, corrió a esconderse en el fondo de su escondrijo, donde Eigon no pudo verla.

—¡Vete! —sollozó ella—. No quiero que me veas llorar.

—¡Vamos, Tija! Sal de ahí. Tú me viste llorando y me ayudaste. Ahora me toca a mí ayudarte a ti.

—¡No!

Eigon sabía que sería incapaz de convencer a Tija con palabras, así que hizo uso de su descomunal fuerza y levantó la roca. La lagartija quedó a la vista del dragón.

Seguía llorando desconsolada.

—Dime, Tija. ¿Qué te ocurre?

—Mírame, Eigon. ¿Cómo soy?

—Pues... —dudó el dragón, desconcertado—. Eres muy bonita.

—¿Bonita? ¡Mírame bien! Soy minúscula, diminuta, pequeña. Quiero ser como tú. Grande, enorme, ¡y poder volar por el horizonte! Pero sólo soy una lagartija. Una pequeña lagartija. Quiero ser una dragona.

Y volvió a llorar, desilusionada.

—Escucha Tija, quizá podamos cumplir tus deseos. En la Tierra de los Dragones vive un poderoso mago que tiene fama de cumplir los deseos de las personas bondadosas. Quizá pueda convertirte en una dragona si lo anhelas de verdad.

—¡En serio! ¿No estás bromeando? —preguntó Tija, esbozando una sonrisa.

—No, jamás te haría una broma. Vamos. Cuanto antes lleguemos a la Tierra de los Dragones, antes conocerás al famoso mago.

—¡Iuju!

Y de esta forma Eigon y Tija tomaron rumbo hacia una nueva aventura, buscando cumplir el sueño de la simpática protagonista.