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jueves, 7 de septiembre de 2017

Adiós

AdiOs - {author}Tus palabras se han escapado, indomables y bohemias. Se han ido lejos, al otro lado del mundo, donde la realidad se confunde con los sueños y los sueños rozan la atemporalidad de la muerte. Allá te fuiste, prometiéndome que regresarías algún día.

Sabía yo que nunca más volvería a verte. Pero aún así, te dije: “esperaré”.

Y aquí estoy ahora, aguardando a un desaparecido, a un vagabundo, a un inexistente ser que fue en busca de aventuras porque la vida le parecía aburrida. Seguramente, encontrarás en la muerte la emoción que buscabas.

Yo estoy condenada a la nostalgia, al recuerdo, a la simpática ilusión de un imposible anhelo. Me marchito al aguardo de un regreso que tiende al infinito, como el universo. Tan inmenso como este, era el amor que te ofrecía.

Para ti nunca fue suficiente.

Iraultza Askerria

 

lunes, 22 de octubre de 2012

Adiós

Tus palabras se han escapado, indomables y bohemias. Se han ido lejos, al otro lado del mundo, donde la realidad se confunde con los sueños y los sueños rozan la atemporalidad de la muerte. Allá te fuiste, prometiéndome que regresarías algún día. Yo sabía que nunca más volvería a verte, pero aún así, dije: “te esperaré”.

Y aquí estoy ahora, aguardando a un desaparecido, a un vagabundo, a un inexistente ser que fue en busca de aventuras porque la vida le parecía aburrida. Seguramente, encontrarás en la muerte la emoción que buscabas.


Yo estoy condenada a la nostalgia, al recuerdo, a la simpática ilusión de un imposible anhelo. Me marchito al aguardo de un regreso que tiende al infinito, como el universo. Tan inmenso como éste, era el amor que te ofrecía.


Para ti nunca fue suficiente.


Iraultza Askerria





Archivado en: Microrrelatos Tagged: Adiós, espera, Lejanía, Nostalgia, regreso, Viaje

domingo, 22 de abril de 2012

La Puerta de Alcalá

La historia, en forma de cicatrices, imprime su firma en el alma de la humanidad, en sus tierras, en sus obras, en sus creencias y en sus monumentos. El pasado transforma al mundo en su diario, y anota con precisión los sucesos que merecen ser recordados para la posteridad, bien sea por su magnificencia o por su maldad.

Prueba de ello es la Puerta de Alcalá, en el centro de Madrid. Un monumento de piedra que ha sido protagonista de caminos, de bienvenidas ilustres, de resistencias bélicas y de atentados anarquistas, y centro del bastión republicano, de manifestaciones sociales y de la canción que lleva su nombre. Una verdadera enciclopedia de la historia.

800px-Madrid_06.JPGAl repasar la antigüedad del monumento, se debe referir que antes de la puerta moderna, hubo otras tantas construcciones que servían de paso obligado para aquellos transeúntes que venían de otros puntos de la península. Por ejemplo, desde Alcalá. De ahí su etimología. Además de a la Puerta de Alcalá, hubo otros muchos portones que cerraban las murallas de la capital y que unían los caminos de diferentes puntos regionales: Segovia, Guadalajara, Toledo, etc. La utilidad del edificio era a grandes rasgos defensiva y civil.

Sin embargo, la puerta fue reconstruida varias veces con el devenir de los siglos, hasta que Carlos III, en la segunda mitad del siglo XVIII resolvió derribarla y erigir una puerta monumental, convirtiéndola en un símbolo para la capital, una pieza indispensable en la arquitectura española.

Como el arte monumental no entiende de patrias, el trazado del edificio fue encargado al italiano Francesco Sabatini, cuya propuesta fue la elegida en detrimento de las ofertas de otros dos arquitectos españoles. Además, para consolidar la agradable autoría internacional, un escultor francés y otro hispano fueron los encargados de las decoraciones escultóricas.

De esta forma, se encontraba Madrid sin su puerta más prestigiosa en el año 1770, cuando empezó la edificación del nuevo proyecto. Se tardó ocho años en erigirla. Mucho tiempo tal vez, pero la espera, indudablemente, mereció la pena. A fines de esa década, la ciudad contaba ya con una puerta monumental, insigne y maravillosamente hermosa. Formada por cinco vanos. Los dos laterales eran adintelados, y los centrales, arcos de medio punto. Estaba provista además de dos fachadas completamente disímiles; la exterior, que miraba al este con su escudo de armas y sus cuatro niños que simbolizando las cualidades cardinales, y la interior, algo más sobria que la pareja y ataviada con decoraciones de leones, cornetas y trofeos de guerra.

Es tan basta la simbología del monumento, que se harían necesarias decenas de páginas para describir cada motivo arquitectónico y escultórico, y vincularlo con la historia o la mitología; conocimiento que cierto autor no tiene.

Por tanto, es necesario adentrarse en otro curioso rasgo de esta pétrea puerta. Y es que, desgraciadamente, porta las heridas en sus muros de tantos ataques no identificados, que han mancillado su monumentalidad artística y su rigidez histórica. Basta con contemplar momentáneamente la fachada exterior, y la monstruosidad de sus columnas llagadas abrirán de par en par los ojos del espectador. ¿Tan poco sentido común tiene el ser humano que es capaz de destruir su propio arte? ¿Nada se ha aprendido de la devastación de la biblioteca de Alejandría? Bastante corrosivo resulta el tiempo y las arenas del olvido como para contribuir voluntariamente a dicha aniquilación.

800px-Cabeza_deLeón_e_impactos-Puerta_de_Alcalá.JPGLa autoría y el contexto del ataque a la Puerta de Alcalá no tiene una respuesta clara. Se especula con la posibilidad de que las tropas napoleónicas ocasionaran los daños durante el levantamiento del 2 de mayo. Aquel primer paso hacia la guerra de la independencia, que sería recordado renombrando con dicho título a la plaza en la que se levanta la puerta.

Otra posibilidad, se encuadra en el marco del Trienio Liberal, cuando entre 1820 y 1823, los liberales contrarios a la restauración obligaron al rey Fernando VII a firmar la Constitución de 1812. El monarca necesitó la ayuda de la Santa Alianza, países europeos defensores del absolutismo, para restablecer su poder totalitario. Para ello, los Cien Mil Hijos de San Luis del ejército francés acudieron en defensa del rey español. Se dice que en la contienda, los proyectiles de los franceses, impactaron contra la Puerta de Alcalá. Estos hechos no han sido unánimemente aceptados. Después de la confrontación, Fernando VII fue depuesto en su trono. Diez años antes los españoles habían luchado contra los franceses por la restauración de su monarquía y una década después, fue al contrario. ¡Qué irónico!

Avanzando un poco más en el tiempo hasta atracar en 1921, antes de la dictadura de Primo de Rivera, acaeció junto a la Puerta de Alcalá un atentado anarquista que acabo con la vida de Eduardo Dato. El presidente de gobierno fue tiroteado desde una motocicleta mientras viajaba en su coche, y parece que los proyectiles pudieron deteriorar el monumento.

Sea cual fuere la razón de los desperfectos de la puerta, lo cierto es que la humanidad debe aprender de sus errores. Sin hacer apología de la violencia, las revoluciones y las guerras deben respetar las obras artísticas del pasado. Ya que parece imposible convencer a los militares y a los rebeldes de que respeten a los civiles, al menos, que respeten su arte. El arte no daña a nadie y enriquece a todos, independiente de la religión o signo político del individuo.

Aprendamos de nuestras culpas y corrijamos el futuro. El arte sólo debe pertenecer a la eternidad. No quiero ver a otro Carl Sagan atormentado por la destrucción de la biblioteca de Alejandría. Quiero... poder ver esa biblioteca.

Iraultza Askerria

jueves, 19 de abril de 2012

La Milla Real de Edimburgo

La calzada descendía suavemente sobre un pavimento pedregoso fruto de la fábrica de nuestros antiguos arquitectos medievales. El frío de la noche se desprendía de su oscura mortaja y abrazaba a las baldosas de piedra, mientras el sonido de una gaita surgía de la sólida protección de un soportal. Dentro, un joven vestido al estilo y forma de un highlanderenarbolaba su instrumento musical como un habilidoso espadachín. El grave zumbido siempre incesante de la gaita me acompañó agradablemente durante todo el trayecto.Me detuve un instante. Me giré, alcé la vista y me topé con la inmensa amplitud del castillo, una fortaleza antediluviana donde aguardaba una impresionante vista panorámica de la ciudad, sólo comparable con las perspectivas desde Calton Hill. Casi con detalle se podían entrever desde lo alto las parejas que paseaban por los jardines de los príncipes, y la eterna punta que sobresalía del café The Hub, en cuyo edificio, una antigua iglesia gótica, se celebraba el Festival Internacional de Edimburgo año tras año. En definidas cuentas, la panorámica desde la fortaleza era, sencillamente, sublime.

El castillo simbolizaba historia, épocas pasadas de reinados y férrea fe en el catolicismo. Su muralla se erguía como una eternidad indestructible. Los muchos cañones apostados en las almenas daban cuenta de la importancia defensiva de la que disfrutó. Además los muchos museos militares exclusivos de su interior hacían un repaso histórico de todos los percances bélicos que habían sucedido durante los postreros siglos.

Reemprendí la marcha, no sin recordar que un pequeño museo se alzaba medio oculto en aquella zona, y al que se llegaba tras atravesar un oscuro y estrecho close. El recinto honraba a tres de los más grandes y conocidos poetas del país, como lo eran Robert Burns, Robert Louis Stevenson y Sir Walter Scott.

Los versos del romanticismo me acompañaron durante el resto de la travesía. Me detuve al final de la calle, a la espera de que el semáforo de peatones me indicara que podía atravesar la calzada. Nunca me acostumbraría a esos pasos de cebra tan disímiles a los de mi tierra natal, y que en más de una ocasión me habían acarreado un disgusto.

Tras cruzar la calle, me encontré de lleno con la estatua de David Hume. Con su tono azulino, el códice apoyado en su rodilla y la toga cayendo hasta sus tobillos desnudos, me parecía más un antiguo pensador griego que un filósofo de la ilustración. El clasicismo me hizo esbozar una sonrisa, y tras atravesar la High Street me descubrí en la acera de la derecha.

Al fin, el estilo gótico, maravilloso, divino e inabarcable desempolvó las confusas memorias de mi última visita. Los órganos de las iglesias, los arcos en punta, las prodigiosas fachadas y esa arquitectura elevada hasta el grado máximo de la magnificencia aparecieron ante mí como un ansiado arcángel.

Se trataba de la catedral de Saint Giles. El edificio rezumaba historia; siglos de reforma y aprovisionamiento de estilos artísticos, centenares de voces eclesiásticas, un maremágnum de visitas turísticas y tantas veces modelo fotográfico. Al entrar por primera vez en la catedral, me había invadido... ¡la inmensidad! Las columnas enormes, las vidrieras policromas, la misteriosa planta que escondía secretos, la crónica de las coronaciones escocesas del medievo, las pinturas en relieve sobre los muros, las tumbas marmóreas y las bóvedas etéreas. El paraíso, si existía, había de tener la forma de esta catedral.

Seguí mi camino evocando aquel ejemplar concierto de coro con el que me había deleitado en el interior de St. Giles el pasado domingo. Luego, descendiendo por la calle peatonal, me topé con la estatua de Adam Smith, que daba la espalda al edificio religioso. Un buen amigo mío me lo había presentado como “el padre del capitalismo”, y siendo yo un pobre obrero, nunca tuve en estima a este economista escocés. Resulta que los prejuicios son mucho más poderosos que la verdad.

Perdido en mis elucubraciones, me percaté de que había pasado por alto el ayuntamiento de Edimburgo. Nunca había sido amigo de los remordimientos, con lo que proseguí mi camino, recordando, eso sí, mis gratas impresiones sobre la sede de la alcaldía. Estaba medio oculta tras una hilera de sencillos arcos, que tras franquearlos dejaban ver un monumento en forma de lápida que honraba a los caídos durante la primera y segunda guerra mundial. Cincelado en la piedra, un texto rezaba en letras capitales: “Their name liveth for evermore”, una frase vital sobre la que espero que no se esculpan más fechas. Tras flanquear el monumento, en el centro del atrio del ayuntamiento, se erigía una efigie de Alejandro Magno a lomos de Bucéfalo, su querido equino. Corría una curiosa leyenda en torno a las orejas del caballo, pero que debido a su falta de oficialidad, preferiré no referir. Si mi mente duda, que no duden mis palabras.

Hablando de leyendas, junto al ayuntamiento, o mejor dicho bajo él, se encontraba The Real Mary King's Close. Se trataba de un angosto callejón que conducía a una atracción turística mezclada de historia y de terror. El guía te orientaba a través del subsuelo del ayuntamiento, mostrándote los diferentes pasadizos y casas que antiguamente habían conformado la ciudad. Un paraje actualmente tapiado, y que antaño, se había convertido en tumba de miles de edimburgueses debido a las plagas y a la peste.

Proseguí en mi descenso por la High Street, avistando a mi alrededor decenas de pubs con sus cimientos de madera y sus cálidas chimeneas, que daban al recinto un ameno toque hogareño y familiar. En sus interiores se podía disfrutar de una fría cerveza tostada siempre al amparo de música folclórica o degustar exquisitos platos: desde una sopa de verduras, perfecto mal contra el frío de aquellas latitudes, hasta una hamburguesa de vacuno con sus peculiares lonchas de beicon, tan sabrosas. La reminiscencia me abrió el apetito, pero decidí proseguir mi camino.

Cuando quise darme cuenta, tropecé con la ancha avenida de North Bridge, que atravesaba la Royal Mine para conectar con Princess Street. Aguardé impaciente a que el semáforo detuviera el constante ajetreo de vehículos, entre los que sobresalían los imponentes autobuses de dos pisos, muchos de ellos reservados a los turistas.

Al fin cruce la avenida y poco después, a mi izquierda descubrí la casa más antigua de la ciudad medieval, cuya edificación databa del año 1490 y en la que vivió años después el sacerdote protestante John Knoz, fundador del presbiterianismo. A pesar de las reformas, aún podían observarse los antiguos muros de piedra de la fachada.

Dejé atrás la antediluviana morada para conectar con Canongate, el último recorrido de mi trayecto. Aquí la calle se estrechaba. Incluso parecía perder el lujo y el encanto original de High Street, pero lo cierto es que Canongate escondía tanta historia como el recorrido anterior. Prueba de ello radicaba en el Museo de Edimburgo, que contenía piezas indispensables del pasado de la capital, ancestrales planos de la metrópoli e incluso una maqueta de la misma que databa de la época de María Estuardo, lo cual contribuía a comparar su construcción pasada con su modernidad actual.

Justo en frente se erigía The People's Story, museo que reproducía la vida de la urbe de Edimburgo de los últimos tres siglos. El edificio estaba coronado por un peculiar reloj en forma de cubo, en el que era imposible no fijarse, y que sólo mirarlo transportaba al espectador a otra era pasada y ficticia, como un lejano oeste estancado en un desierto infernal, pero bajo la dominación de una civilización tecnológicamente avanzada.

El pasado, junto a sus muertos, residía junto a este museo dentro del camposanto de Canongate, algo menos numeroso y recargado que el cementerio de Calton Hill, pero igual de importante, pues albergaba a un personaje tan prestigioso como Adam Smith, anteriormente mencionado.

Con la huella del capitalismo arrastrándose en mis memorias, seguí calle abajo, por la acera de la diestra. A los pocos metros, vislumbré la fachada vanguardista del parlamento escocés, con sus paredes medio circulares provistas de efigies en relieve y de multitud de célebres citas manifestadas por personajes de toda índole. Uno podía transcurrir varios minutos leyendo las frases cinceladas en la pared o conjeturando sobre las formas geométricas e irracionales que se dibujaban en aquellos muros, en un intento de adivinar el objetivo de su autor, el arquitecto catalán Enric Miralles. No tengo más remedio y mayor desgracia que declarar que el artista murió antes de ver finalizada la obra.

La democracia moderna consolidada en parlamentos y congresos alrededor de todo el mundo resultaban ser los monumentos contemporáneos del presente. En un mundo en que la religión cristiana parecía condenada al olvido, la supremacía artística de sus catedrales y monasterios era reemplazada por el vanguardismo arquitectónico de foros, ministerios, concejalías y ayuntamientos. Una prueba de ello se encontraba sin duda en el mencionado edificio parlamentario, que se encontraba frente a otro de los elementos más cotizados de la arquitectura: el palacio real.

Al fin, había llegado. Me detuve al otro lado de la acera, frente al palacio de Holyroodhouse, el final de la milla real. Historias, reinados, coronaciones, ceremonias eclesiásticas, siglos de leyendas y de simbología real se aunaban tras los muros de la casa solariega. Construida hace nueve siglos como una abadía, la residencia real fue añadida al final de la edad media, en un estilo clásico y magno. Su interior, con su decorado barroco, exhibía las comodidades a las que se acostumbraban los integrantes de la realeza. El palacio fue residencia de la célebre y desgraciada María Estuardo, reina de Escocia, siendo en la actualidad propiedad de la reina Isabel II. La mencionada abadía se había derrumbado en el siglo XVIII, y sus ruinas eran hoy en día una escasa muestra de lo que realmente fue. Pero desafortunadamente, el tiempo devoraba las obras más significativas del ser humano y llegado a ese punto sólo nos quedaba la imaginación para reconstruir lo que nos hubiera gustado conocer.

Me volví y alcé la vista. Calle arriba, intenté vislumbrar los muros del castillo, pero me fue imposible. Había recorrido en apenas media hora la milla escocesa que separaba la fortaleza del palacio. La milla real, la milla de oro. Así la llamaban. Un camino de mil ochocientos siete metros colmado de catedrales, museos, hostales, tabernas y restaurantes, centros de turismo, edificios gubernamentales, cementerios y palacetes. Los recuerdos habían aflorado en mi corazón con cada paso, con cada andar. Estaba completamente embriagado con el esplendor de una de las ciudades más bonitas de Europa, de Edimburgo, apodada la Atenas del Norte. Si tuviera que elegir otro lugar de nacimiento sería éste.

Desde aquí mi tributo a esta preciosa caminata, cuyos metros represento en forma de palabras.

Iraultza Askerria