Joven amor que nunca muere. La vejez nos está vedada.
Es la eternidad el legado que hemos labrado para nuestros dos corazones.
Joven amor que nunca muere. La vejez nos está vedada.
Es la eternidad el legado que hemos labrado para nuestros dos corazones.
Y entonces surgen las llamas, el crepitar de las caricias, las explosiones cosmológicas que llenan el vacío con átomos de hidrógeno. Áureos resplandores coloreando el firmamento. Lunas brillando más que las estrellas. Los gemidos y las confesiones de ternura como diálogos shakespearianos. Susurran el niño y la niña cuando se hacen pasar por adultos.
Joven amor que nunca muere. La vejez nos está vedada.
Es la eternidad el legado que hemos labrado para nuestros dos corazones.
Los jóvenes necesitaban amar durante los febriles y vacilantes progresos de la mocedad. La mayoría, tanto ellos como ellas, llegaban a amar en algún instante de su juventud a una ilusión; a una fantasía concebida en su mente con el único objetivo de solazar y reprimir las propias ansias, los temores, la incertidumbre y la desconocida soledad que los embargaba.
Es esta soñadora y romántica inocencia lo que distingue al joven del adulto; los cuales conciben sólo el espíritu frustrado y resignado de lo que anteriormente fueron y dejaron de ser, perdiendo la inocencia, la ilusión y el deseo irrefrenable de ser amado y amar en la inmensidad de un paraíso donde todo se figure paz y bondad.Extracto de Rayo de luna , de Iraultza Askerria