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martes, 22 de enero de 2019

El bosque que chilla

El Sabinar, el bosque encantado de la Isla de El Hierro - {author}Van las rosas a esconderse de las sombras. En la oscuridad, las remotas esperanzas son deshojadas por los vientos. Aullidos que ensordecen el llanto mientras las lágrimas, embarradas, soterran la alegría. El bosque brama, el bosque chilla, el bosque teme y se desbanda. Muriendo van los regalos de la madre tierra cuando su flora es vilipendiada y su cielo violado. Condenado a desaparecer para siempre, arrastrando consigo cualquier recuerdo de la vida.

Iraultza Askerria

martes, 30 de enero de 2018

Los rascacielos de Tokio

Rascacielos en Tokyo - {author}Los rascacielos de Tokio se afilan bajo el cielo volcánico. Entre tanto, la lluvia ácida se derrama cual cianuro sobre las ventanas de los altos edificios, rascando el cristal como uñas insistentes.

Abajo, las calles están vacías. El viento de la tempestad lo domina todo; desde la soledad hasta los recuerdos de antaño, que en forma de coches y establecimientos, evocan una pasada época repleta de humanos y de vida.

Ahora, la polución y las altas temperaturas del sol han convertido las grandes ciudades en poco más que grandes cementerios. Lo único que queda de pie son las inmensas construcciones que el ser humano erigió por encima de su cabeza, con la estúpida intención de alcanzar los cielos.

Iraultza Askerria

martes, 8 de marzo de 2016

El bosque que chilla

El Sabinar, el bosque encantado de la Isla de El Hierro - {author}Van las rosas a esconderse de las sombras. En la oscuridad, las remotas esperanzas son deshojadas por los vientos. Aullidos que ensordecen el llanto mientras las lágrimas, embarradas, soterran la alegría. El bosque brama, el bosque chilla, el bosque teme y se desbanda. Muriendo van los regalos de la madre tierra cuando su flora es vilipendiada y su cielo violado. Condenado a desaparecer para siempre, arrastrando consigo cualquier recuerdo de la vida.

Iraultza Askerria

jueves, 20 de febrero de 2014

viernes, 23 de noviembre de 2012

Los rascacielos de Tokio


Los rascacielos de Tokio se afilaban bajo el cielo volcánico. La lluvia ácida se derramaba cual cianuro sobre las ventanas de los altos edificios, rascando el cristal como uñas insistentes.


Abajo, las calles estaban vacías. El viento de la tempestad lo dominaba todo; desde la soledad hasta los recuerdos de antaño, que en forma de coches y establecimientos, evocaban una pasada época repleta de humanos y de vida.Ahora en cambio, la polución y las altas temperaturas del sol habían convertido las grandes ciudades en poco más que grandes cementerios. Lo único que quedaba en pie eran las inmensas construcciones que el ser humano había erigido por encima de su cabeza, con la estúpida intención de alcanzar los cielos.


Iraultza Askerria





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