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sábado, 6 de diciembre de 2014

El cazador

La luna de la Cosecha * ayer - {author} El sonido de la bala atravesó el bosque serrano. Se escuchó un aullido. Luego, el vuelo asustado de un búho cortando el aire de la noche. Después, silencio. La quietud de las hojas indicó al cazador que la presa había caído tras un vago intento de escapar de la muerte.

Se acercó vacilante hacia el lugar donde presumiblemente se había derrumbado la víctima. Con el machete en mano, se abrió paso entre la espesura, siguiendo el trazado oloroso de la pólvora. Allí alcanzó a ver una rama rota por la embestida del disparo, y más allá, un zarzal pisoteado por cien kilos de carne negra. No le sorprendió encontrar el cuerpo inerte del jabalí unos metros más en dirección nordeste.


La presa se había desplomado en un claro sobre el que reverbera la luz de la luna. La conjunción de los pálidos rayos y la impenetrable piel negra del animal había creado un aura monocroma alrededor del lecho fúnebre. Parecía que los colores hubieran desaparecido para cantar un sonoro réquiem desde las tinieblas de la madrugada.


El cazador, por su parte, irrumpió en la misa natural y se arrodilló frente a la pieza. La observó con atención, con una mezcla de devoción y respeto. Seguidamente, un golpe certero en la mandíbula del jabalí con la empuñadura del machete, arrancó los incisivos de cuajo, que cayeron en la blanda hierba sin emitir el menor sonido. Sin esperar, el hombre se apropió de los colmillos amarillentos del mamífero.


Cuando se alzó, repiquetearon sobre su garganta, en un desgarrador tintineo, los huesos que adornaban un collar artesanal.


Iraultza Askerria



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