La sirena me devoraba mientras la oscuridad se cernía tiernamente sobre mí, contagiándome de un sueño profundo. El sudor de mi cuerpo, espeso y escurridizo, me empapaba el pecho. Los pulmones que había en mi interior respiraban el aire insuflado por los besos de aquella mujer desconocida.
A lo lejos oía un susurro ajeno a mi fantasía: un murmullo que, vertiginoso, parecía suceder en un plano paralelo. Los destellos de las luces de las estrellas bailaban rodeándome, apagándose de tanto en tanto, encendiéndose de cuando en cuando.
A este tiempo, la sirena me devoraba, embriagándome con sus labios, sus manos y su cuerpo. Era tan satisfactorio que mis ojos estaban cegados por la felicidad.
Sólo unos minutos después, cuando me sacaron, a trompicones, de la ambulancia, me percaté de que mi pecho estaba completamente ensangrentado y de que una mascarilla me proveía el oxígeno de una bombona.
Mis ojos se cerraron cuando el sonido de la sirena se apagó.
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