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martes, 7 de enero de 2014

El hombre, la montaña y el tesoro

From the cliff - Explore! - Mariano Mantel Voy a relatar un breve cuento sobre un hombre honrado, una montaña infranqueable y el más sublime de los tesoros. Sitúense mil años atrás y en un lugar tan cercano como el centro de vuestra propia localidad. En esa misma ubicación, pero hace diez siglos, se erguía una descomunal montaña donde comienza nuestra historia:

El hombre caminaba ladera arriba con un mapa bajo el brazo y una enorme pala a la espalda. Un sol sepulcral y un clima árido hacía insufrible su andar. El viento le estriaba la cara y los labios se secaban al contacto con el aire. Aún era la primera hora de la mañana y ya el sol se mostraba lleno de poder y rabia, irradiando un calor demoledor que hubiese derretido el mismo desierto.


Por ello, y no queriendo morir abrasado, el hombre tenía que alcanzar la cima antes del mediodía, encontrar el emplazamiento exacto del tesoro y descender, raudo y veloz, la peligrosa montaña. Si lograba su cometido, se convertiría en uno de los hombres más poderosos de la Ínsula, y Sancho, el rey, le nombraría conde, o incluso marqués. Pero primero debía hallar el viejo tesoro.


Hizo un alto en el camino. El sudor le empapaba el rostro y le recorría todo el cuerpo. Se desvistió la camisa para colocársela en la cabeza y se refrescó racionalmente con el agua tibia de la cantimplora. No debía agotar sus provisiones de agua. Los manantiales y ríos que nacían en aquellas abrasadoras montañas manaban agua hirviendo.


Continuó avanzando por la montaña, sumido en el más completo bochorno, y una hora después llegó a la desolada cima. Una sonrisa se esbozó, codiciosa, en su rostro. Calculó la posición exacta del tesoro según el mapa y clavó la pala en la tierra. Comenzó a excavar en las entrañas de aquel enorme monstruo terráqueo.


Pero a pesar de su entusiasmo, los minutos transcurrieron y el tesoro seguía sin aparecer. Continuó cavando hondo y profundo mientras el terrífico sol se acercaba a su punto culminante.


El hombre, ensimismado en su quehacer, se ató una cuerda alrededor de la cintura y lió el otro extremo en una roca cercana. Asegurándose de esta forma que podría salir sin problemas del agujero, prosiguió excavando un metro tras otro.


Entonces, luego de haber abierto un túnel de seis metros de profundidad, la pala chocó contra un sonido metálico.


Lo había encontrado.


Era una caja de acero.


No le costó mucho abrirla gracias a que las bisagras estaban oxidadas. Lo que vio le iluminó el rostro. Oro y más oro. Cientos de kilos de oro. Lanzó un grito de triunfo. Era rico. Lo había conseguido.


Con el tesoro bajo el brazo, trepó por la cuerda. Pero cuando su mano alcanzó la superficie exterior, profirió un alarido de sufrimiento. El fuego del sol le había calcinado los dedos. Se desplomó en el fondo del agujero con la mano abrasada. Mientras tanto, el tesoro, y lo que contenía, cayeron sobre él.


Lo que luego le sucedió al hombre honrado ya lo sabéis.



Iraultza Askerria


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