Lentamente, deslizaste tus dedos áureos por mi piel bronceada y corriste conmigo en las playas cuyas esquinas virginales sólo tú conocías. Lentamente, me abrazaste y me amaste y me susurraste “Eureka”, haciéndome creer que era para ti una nueva fiebre del oro. Tú eras un estado dorado y yo aquel hombre por el que habías esperado tanto, California.
Lentamente desperté. Lentamente abrí los ojos. No fui el único que cayó en tus brazos. Otros muchos te alababan y te amaban y decían de ti lo mismo que decía yo. Tan solo éramos uno más en la larga lista de vagabundos que habían pisado tus tierras, California.
Lentamente te odié y lentamente tomé la resolución de eludirte. Me extravié en los desiertos y dormí en el Valle de la Muerte, donde sólo los más estúpidos o valientes osaban a entrar. Allí, en la soledad de esa cuenca, me diste muerte, California.
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