La oficina olía a periódico viejo, café insípido y rancio aburrimiento. La luz del techo estaba en una constante guerra con los rayos que irrumpían por las ventanas, guerreando en una brutal batalla repleta de explosiones y destellos. El ruido estridente de los teléfonos, de las chirriantes impresoras y de los ordenadores funcionando a toda máquina obstaculizaban los gritos de jefes y coordinadores.
Entre tanta discordia, el señor Alonso discurría mentalmente cómo excusar la multa por exceso de velocidad que le habían impuesto hacía unos días, en vez de dedicarse a la monótona tarea de contabilizar las facturas que reposaban sobre su mesa. Pero, después de siete años gestionando las finanzas de aquella empresa que le ofrecía trabajo, se había dado cuenta de que le traía sin cuidado la economía de la misma, y que los problemas que tuviera él con hacienda resultaban mucho más importantes.
Un repentino e-mail interrumpió el hilo de sus pensamientos. Se lo había enviado un amigable compañero, famoso por difundir chistes, fotos graciosas y todo tipo de estupideces digitales durante las horas laborales. En esta ocasión, se trataba del enlace a un medio digital, famoso en el municipio. Se trataba del tablón de anuncios de empleo, entre los cuales, llamaban la atención las letras mayúsculas de la siguiente noticia publicitaria:
Se busca hombre o mujer para asesino en serie. Entre 30 y 40 años. Se ruega seriedad y secretismo.
En cualquier punto de la vida, Alonso se habría tomado el anuncio como una chanza, una broma de mal gusto o un mero malentendido. Pero en aquel momento de hastío e indiferencia, rodeado de estúpidos parlanchines de oficina de dudosa profesionalidad y acalorado por el ruido y la incomodidad de la sala, le parecía que aquello podía significar un nuevo horizonte para su vida. Quizá, no le vendría mal cambiar de trabajo.
Con esta noción, anotó el número de teléfono publicitado y salió de la oficina para llamar con la mayor confidencialidad posible.
Sonó el timbre del móvil y al otro lado una voz oscura, grave, fría:
—¿Dígame?
—Buenas tardes —respondió Alonso—. Estaba interesado en el anuncio sobre asesinos en serie que usted ha publicado en el periódico. Me gustaría empezar cuanto antes.
—¡Oh, fantástico! Agradezco sus ganas y decisión. Si le parece podemos empezar esta misma tarde.
—Me parece bien.
—Sea así: una limusina negra le recogerá en la recepción del Hotel Reina Anastasia. A las ocho. ¿De acuerdo?
—Ahí estaré. Muchas gracias.
La voz colgó sin ni siquiera despedirse, pero Alonso no reparó en ello. Su mente divagaba en un mundo de nuevas posibilidades que se abría ante él.
Por el tono de voz de su conferenciante, supuso que se había entrevistado con el líder de una organización clandestina. Su timbre grave y firme revelaba con fidelidad un carácter inclemente, calculador y dominante. Aquello iba en serio, y Alonso no pudo evitar una sonrisa de satisfacción.
Volvió a la oficina para malgastar las últimas horas de su trabajo, pensando más en su nuevo empleo como asesino que en sus tareas habituales. Divagó sobre el carácter de sus futuras víctimas: jóvenes, ancianos, hombres, mujeres, ricos o pobres; y si sentiría o no placer al arrancarles la vida. Nunca había sido muy afectivo ni sensible; le gustaban los toros y la caza, y los seres humanos, en el fondo, también eran animales. Con esta premisa, no le sería muy difícil darles muerte.
Asimismo, imaginó sus procedimientos de ejecución: estrangulamiento, cuchillo y pistola resultaban los más idóneos. El primero le parecía asequible, puesto que disponía de unos brazos fuertes y una constitución robusta, además de paciencia, y en caso necesario, frialdad. El arma blanca no le parecía tan tentadora, por razones obvias de higiene: no quería mancharse el traje. Pero definitivamente la pistola era el método más fiable, rápido y eficaz.
En esto estaba, cuando el reloj dio las siete de la tarde. Abandonó la oficina apresuradamente y se sumergió en la asfixiante atmósfera de la ciudad. Las personas iban al retortero: algunas de compras, otras hacia sus casas; pero siempre a una velocidad que resultaba tan contagiosa como insalubre.
Alonso se tomó aquella muestra de estrés como un aliciente para su nueva vida. Caminó con parsimonia por las calles, con tranquilidad y sosiego, sintiendo desapego del ajetreo cotidiano de la gente y riéndose de la misma.
Con este carácter tan poco sensitivo, alcanzó el porche del hotel en el que le habían citado. Espero con paciencia sin siquiera mirar su reloj, con el rostro serio e impertérrito, como un buen asesino en serie.
Al poco, llegó una limusina negra con los cristales tintados. El chófer se apeó del vehículo para abrirle la puerta de atrás, y Alonso entró en el interior. Inmediatamente, el conductor reanudó el trayecto.
Los asientos estaban tapizados en cuero y el vehículo olía a lujo y ornato. El chófer iba ataviado con un esmoquin y una gorra de piel. Parecía hombre serio y no supo cómo tutearlo.
—¿A dónde nos dirigimos? —preguntó Alonso con firmeza.
El conductor tardó en responder. Primero, observó a su huésped por el espejo del retrovisor.
—A la casa del señor.
Luego, volvió a reinar el silencio, y en esta ocasión, Alonso no supo ni quiso interrumpirlo.
Acogió aquello como una prueba para consolidar su carácter homicida. Los asesinos debían ser inclementes, silenciosos, poco simpáticos y menos habladores. No debían de dudar a la hora de matar y mucho menos preguntar sobre la identidad de la víctima.
Por lo tanto, utilizó el mutismo del chófer para apuntalar su nueva personalidad solitaria y reservada; con tanta eficiencia que alcanzaron el destino en un silencio sepulcral.
Tras atravesar la verja de seguridad del muro, el coche se detuve frente a una mansión ajardinada, de dos pisos, varios balcones y artística fachada. El líder de la mafia había construido un magnífico palacio tras años de criminalidad.
El chófer se apeó nuevamente del coche para abrir la puerta de Alonso. Éste se bajó del vehículo para encontrarse frente a una enorme escalinata de piedra. En la cima, aguardaba un mayordomo de profundas arrugas, con las manos a la espalda y la mirada expectante. Supo Alonso que esperaba que subiera.
Mientras la limusina desaparecía de la calzada, el oficinista ascendió los peldaños resplandecientes por la esmerada limpieza. Arriba, se entrevistó con el mencionado criado.
—Buenas tardes —saludó el mayordomo—. ¿Usted debe ser…?
—Alonso.
—Encantado, Alonso. Sígame por favor, el señor le aguardará en el recibidor de su alcoba.
Cruzaron la entrada de la mansión, una puerta de roble empotrada entre arquivoltas y columnatas, llegaron a un hall cubierto por una alfombra roja y siguieron la estela de la misma por unas amplias escaleras.
Ya en el primer piso, el mayordomo guió a su huésped por una galería engalanada de pinturas paisajísticas, retratos medievales y armaduras cruzadas; hasta alcanzar una inmensa puerta al final del corredor.
Aquella entrada rezumaba misterio, oscuridad, vacilación y miedo. La madera estaba cerrada como una caja de Pandora, como un secreto mortal, como el párpado entornado del basilisco o de la Górgona. La mera opción de abrir la puerta causó en Alonso una intensa zozobra.
Pero la fantasía se disipó cuando el mayordomo la abrió y se internó dentro.
—Sígame, por favor.
Alonso se adentró en el recinto tras el criado.
Se trataba de una salita cuadrada, con varios sofás dispuestos alrededor de una mesa de cristal, anchas ventanas cubiertas de pálidas cortinas y una araña radiante colgando del techo. La luminosidad de la estancia originaba una extraña atmósfera de paz y misericordia.
—El señor le visitará de un momento a otro —informó el mayordomo, volviéndose hacia la entrada—. No le moleste hasta entonces.
Y tras la amenazante advertencia, desapareció por donde había llegado, cerrando la puerta.
El antiguo oficinista se quedó solo en la salita; y le pareció que toda la luminosidad asimilada en un principio desaparecía con la marcha del mayordomo. Mientras observaba el resto de la estancia, la sensación no dejaba de aumentar. Se percató de que un torbellino de oscuridad surgía de una de las paredes. En mitad de ésta, se elevaba una omnipresente puerta, justamente enfrentada a la puerta de salida. Estaba cerrada, pero un rayo de fuego egresaba por sus resquicios.
Pero Alonso, a pesar de tanta duda y aprensión, se mantuvo en sus cabales, queriendo dar una imagen segura y osada ante el que sería su nuevo jefe. Seguro que sería mejor que los que había tenido hasta entonces; y seguro también, que la remuneración sería más elevada.
Se dirigió al centro del salón y se sentó en un tresillo de cuero, frente a las ventanas de la mansión. Con la idea de viajes en yate rodeado de prostitutas de lujo, velocidades de vértigo a bordo de Ferraris increíbles y palacios con yacuzzi, piscina y pista de tenis, Alonso se ensimismó en sus más íntimas aspiraciones.
No obstante, la alegría quedó dispersada cuando la puerta interior se abrió, en plena oscuridad. Una figura ataviada de traje, con sombrero alto, perilla negra y ojos brunos surgió de entre las tinieblas. Se trataba de un hombre de mediana edad, guapo y galán, de cuerpo esbelto y un rostro emperifollado por años de excesos y dominación; pero oscuro como el terror.
Cuando habló, le identificó claramente como la voz al otro lado del teléfono móvil.
—Usted debe de ser el interlocutor de la llamada de esta mañana —supuso el anfitrión—. ¿Me equivoco?
—En absoluto. Mi nombre es Alonso.
—Muy bien, Alonso. Usted diríjase a mí, simplemente, como señor.
El anfitrión amagó una sonrisa de complicidad mientras clavaba los ojos en su huésped. Alonso se disponía a estudiar los rasgos curtidos del rostro del señor cuando éste se volvió hacia un mueble bar, dándole la espalda.
—¿Qué desea tomar? ¿Brandy, ron? ¿Algún refresco?
—Nada, gracias. En realidad estoy bastante emocionado y me gustaría empezar cuanto antes.
El señor, asombrado, se volvió a su invitado sin esconder su desconcierto. Sus ojos negros y profundos, custodios de misteriosos secretos, parecieron dudar durante un ínfimo instante.
—Oh, como usted quiera —aceptó mientras se escanciaba dos dedos de whisky. A continuación, se dirigió al sofá con la copa en mano, para sentarse en frente de Alonso—. Pero antes me gustaría realizarle unas preguntas.
—Claro, estoy preparado para cualquier entrevista.
—Muy bien —añadió el señor. Bebió un pequeño sorbo de whisky mientras escrutaba a su huésped por encima del vaso—. Lo primero, ¿por qué tanto intereses en el anuncio?
—Verá usted —comenzó Alonso, recostando la espalda en el sofá para sentirse más cómodo y relajado—, estoy hastiado de mi trabajo actual, de la hipoteca y de la gente corriente. Me siento esclavo de un mundo al que odio.
—Entiendo, todos los que han pasado por mis manos han manifestado el mismo hartazgo y la misma frustración, pero todo ellos acudían a mí con el rostro triste y desamparado. Usted, sin embargo, parece feliz.
—Soy optimista ante las novedades que me pueda traer la nueva vida que me ofrece.
—Oh, entiendo —respondió el señor, asintiendo con la cabeza, convencido—. Es usted católico.
—No, en absoluto. Soy ateo declarado.
—Entonces, ¿a qué se refiere con “las novedades de su nueva vida”?
Alonso miró a su interlocutor con una mueca de perplejidad. Le parecía bastante fácil de asimilar el sentido de sus palabras.
—Mire usted. Cuando comience a servir a sus intereses, bien sean justos o injustos, eso no lo juzgaré yo, perderé cualquier afinidad con mi vida actual, romperé los contactos con mi familia y mi vida cambiará radicalmente al convertirme en un criminal misterioso, en un asesino en serie. Mi nueva profesión me traerá nuevas novedades, nuevos puntos de vista, abrirá nuevos horizontes en mi vida. A esto me refería, señor.
El anfitrión no respondió, se mantuvo inmóvil en un profundo silencio. En ningún momento dejó de contemplar a Alonso, con sus ojos oscuros repletos de enigmas que imbuyeron en el oficinista una intensa vacilación. Luego, el señor consumió el whisky, dejó el recipiente sobre la mesa y comenzó a acariciarse la perilla, meditabundo.
Sus pupilas seguían dominantemente clavadas en las del oficinista:
—Alonso, creo que ha habido un malentendido.
—¿Qué quiere usted decir? —inquirió el oficinista, moviéndose en el sofá. Su nerviosismo era patente. La portentosa seguridad de su anfitrión le relegaban a un mundo de duda y recelo.
Había algo maligno en sus ojos.
El señor no dijo nada al principio. Se metió las manos en los bolsillos de la americana, se recostó tranquilamente en el sofá y luego dijo:
—Has interpretado mal el anuncio del periódico.
Un gemido se escapó de la garganta de Alonso:
—¿Qué insinúa?
—Que yo soy el asesino en serie.
La sentencia cayó como un mazo sobre Alonso. Fue incapaz de reaccionar ante semejante veredicto, como el reo condenado incapaz de rebatir los argumentos del juez.
—Me explicaré —agregó el señor—: llevo años asesinando a personas por puro placer. Últimamente, encuentro a mis víctimas anunciándome en diarios locales, pero nunca me ha sucedido este malentendido. Hablaré con mi redactor para que revise el anuncio, y evitar este error tan desagradable; especialmente, para ti.
Alonso no respondió, había perdido la confianza en sí mismo, y aquel hombre vestido de traje y con el rostro consumido por la egolatría, le aterraba íntimamente. Por primera vez en semanas, se percató de que quería vivir: sentir la brisa en la cara, escuchar los gritos de su jefe, las rabietas de su vecina menopáusica, la antipatía del repartidor de periódicos y la insulsez y futilidad de su propia existencia.
Tenía que escapar de allí.
No lo dudó: se levantó apresuradamente del sofá y corrió hacia la entrada del salón.
Fue un gravísimo error.
Se escuchó un disparo, y al momento, Alonso se derrumbó en el suelo con una bala incrustada en la pierna. El señor se había incorporado del sofá y le observa amenazadoramente con una pistola, mientras el oficinista se retorcía de dolor.
—Aún así, tampoco vamos a perder el tiempo, ¿verdad? —preguntó simbólicamente el anfitrión, sin esperar respuesta—. Ya que estás tan harto de la vida, no rechazarás la oportunidad de complacer mis manías.
El señor se inclinó delante de Alonso, quien se agarraba la rodilla ensangrentada mientras maldecía a Dios y a las prostitutas. Pero cuando vio el arma sobrevolar su frente, se cayó.
—Bueno, Alonso, tú eliges: pistola, cuchillo o estrangulamiento.
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